Llora como una mujer lo que no supiste defender como un hombre

'La salida de la familia de Boabdil de La Alhambra', pintada en 1880 por Manuel Gómez-Moreno./IDEAL
'La salida de la familia de Boabdil de La Alhambra', pintada en 1880 por Manuel Gómez-Moreno. / IDEAL

La historia ha sido muy injusta con la figura de Aixa, la madre de Boabdil, y su influencia en los acontecimientos del siglo XV

TITO ORTIZ

Que la historia la escriban siempre los vencedores y que, además, estos sean hombres, en un lenguaje coloquial podríamos decir que con inusitada frecuencia nos encontramos con personajes históricos de una importancia extraordinaria ninguneados, que de haber sido hombres hubieran merecido mejor trato en los libros de texto. Pero es que de haber sido mujeres las historiadoras, también habrían logrado, y con justicia, superior tratamiento en lo que se deja escrito para los siglos venideros. Tal es el caso, desde mi punto de vista, de Aisha bint Muhammad ibn al-Ahmar, madre del último rey musulmán, El Chico, de Granada. La Honesta, La Honrada, como así la llamaban los suyos, fue una mujer de rompe y rasga que no dudó desde muy joven en utilizar sus dotes seductoras en alguna ocasión y su extraordinaria inteligencia, muy superior a la de los hombres que la rodeaban, para cambiar el curso de los acontecimientos históricos y que estos fueran por donde ella indicaba. Y todo pese a permanecer en un segundo plano a veces por decisión propia y, en otras, por la sordina aplicada de los hombres a sus capitales decisiones con el fin de restar importancia a lo conseguido por ella.

Llora como una mujer...

No es cuestión baladí que la esposa del rey granadino Muley Hacén, del que se dice está enterrado aún en nuestra Sierra Nevada, tuviera un palacio en el Albaicín a su nombre, hecho nada habitual para la época en la que las esposas, por muy reinas que fueran, permanecían en un cuarto plano cerquita del harén y sin dar ruido. En el corazón del Albaicín, la casa de Fátima, Fátima La Honrada, junto a la mezquita mayor del barrio, fue todo un símbolo de tal fuerza en la población que otra mujer de armas tomar, la Reina Isabel la Católica, ordenó al día siguiente de entrar en Granada que todos los jardines de la finca y sus espacios de recreo fuesen demolidos para alzar el convento de Santa Isabel la Real con el fin de ir haciendo desaparecer el gran peso histórico de la figura de Aixa en el mundo musulmán y cristiano.

Ese peso pronto se encarga de resaltar para la posteridad una anécdota que, de no ser cierta, conociendo a Aixa bien podría serlo, y es la de recriminar a su vencido hijo, cuando camino del exilio marchaban de Granada para no volver, mirar hacia Granada llorando y escuchar de los labios de su propia madre, y con toda la hiel del mundo: Llora como una mujer, lo que no has sabido defender como un hombre. Algo que en ese momento debió animar mucho a Boabdil, al comprobar que habiendo perdido todo en la vida, quien se lo recordaba era la que le había dado el ser y la murga durante toda su vida.

Una albaicinera de raza...

La enemiga primera de Isabel de Solís, y la más audaz intrigante en palacio, una mujer con los arrestos necesarios para cambiar el curso de la historia, y que no dudó en anular a todo ser viviente que se opusiera a sus intenciones. La que no hubiera abandonado la Alhambra hasta derramar la última gota de sangre de todos los suyos, porque la suya siempre supo ponerla a buen recaudo. De hecho, acompañó al exilio en Fez a su hijo haciendo ver de manera patente a quienes les acompañaban y les acogieron en su destino que ella y solo ella era la verdadera damnificada y principal perdedora de Al-Ándalus. Aixa, reina de Granada, que como finca de recreo y divertimento poseía el Alcázar Genil con más de cinco veces la extensión que hoy conocemos y sin estación de metro, -ahí queda eso-, es el personaje más interesante del siglo XV de nuestra tierra. Despreciado por los historiadores oficiales, por ser mujer lo primero, y vencida lo segundo, nos permite encajar todas las piezas de un puzle que nos ha sido negado históricamente por machismo y soberbia. Una albaicinera asentada en tierra de iberos y romanos, de bereberes, ziríes, con su Alcazaba Cadima, el Arrabal de los Halconeros, los aguerridos, zenetes, los constructores de la Alhambra. Ese Albaicín único en el mundo que ha inspirado a poetas, músicos y pintores el que se atreve a competir en belleza con la Alhambra, colocándose frente a ella, consciente de su valía y de su paternidad, pues desde aquí partían cada amanecer, con el canto del gallo, todos los trabajadores que construyeron el monumento alhambreño y a él retornaban al atardecer, para comprobar embelesados entre violetas y naranjas de horizonte la monumentalidad de su obra imperecedera. El Albaicín de cármenes, arriates y parterres, de pilarillos, aljibes y pilones, de agua cantarina perfumada por jazmines, de botijos a la sombra, de mecedoras al arrullo de los pajarillos, de cantes y coplas espontáneas, en la voz de vecinos y vecinas, castizas y bravías, de moño recogido y claveles en el pelo, como su vecina Aixa sería hoy.