Leyendas de nuestro festival

Ataúlfo Argenta y la Orquesta Nacional de España durante el concierto ofrecido en el Palacio de Carlos V dentro de la programación del Festival Internacional de Música y Danza de 1957./
Ataúlfo Argenta y la Orquesta Nacional de España durante el concierto ofrecido en el Palacio de Carlos V dentro de la programación del Festival Internacional de Música y Danza de 1957.

Por el recinto alhambreño han pasado todas las estrellas de la música y la danza

TITO ORTIZ

El gran Padial, socio de Juventudes Musicales de Granada, melómano distinguido y mejor fotógrafo, presumía y con razón, de haber conseguido una foto histórica, tanto por el motivo de la misma, como por su belleza. Había logrado captar con su cámara a Arturo Rubinstein sentado al piano, nada más y nada menos que en el patio de Los Arrayanes. Un vez más, Rubinstein volvía a Granada, aquella ciudad en la que tanto departió con Lorca y Falla, en las tertulias del café Alameda, 'El Rinconcillo'. Fue el año en que Massiel ganó el festival de Eurovisión, hecho éste que sacó un poco a España del ostracismo al que nos tenían sometidos muchos países debido a nuestra falta de democracia y libertad. El genio del piano a nivel mundial vino a Granada, a nuestro festival, y conmovió a una ciudad cuya afición musical acreditada desde el siglo XIX lo tenía por el dios del teclado. Pero ese mismo año iban a ocurrir otras cosas con carácter de acontecimiento en la programación. Los jardines del Generalife recibirían a los dos máximos exponentes de la danza. La presencia de los genios Margot Fonteyn y Rudolf Nureyev hicieron de la edición de 1968 ocasión irrepetible, cuando el Mayo francés ocupaba todavía las principales páginas de la prensa internacional. También fue el año de la primera vista al festival de un director aclamado internacionalmente: Zubin Mehta.

Ataúlfo Argenta y Segovia

El festival granadino, nacido al rebufo de los míticos conciertos que por el Corpus se celebraron en el siglo diecinueve, había tenido hasta ésta ocasión el recuerdo vivo y permanente de muchos y buenos intérpretes, pero en lugar de honor estaba el gran director de orquesta cántabro Ataúlfo Argenta, cuyo paso por el festival en las primeras ediciones había dejado un sello indeleble que no pudo borrar su prematura muerte. Antonio el 'Bailarín' protagonizaría en más de una ocasión la presencia de la Danza Española y del flamenco, con resultados del máximo nivel, como correspondía a una figura reconocida a nivel mundial por su arte. Lo mismo que ocurrió cuando el linarense, tantas veces afincado en Granada, Andrés Segovia, decidió participar en el festival que él había visto nacer desde sus inicios y poner su guitarra a la altura del monumento acogedor, donde él con Lorca, Falla y otros amigos habían organizado el primer concurso de cante jondo de toda la historia. Jovencísima, la soprano Teresa Verganza hizo sus primeras apariciones aquí. Montserrat Caballé, o Yessye Norman. Lorin Maazzel inauguró en Granada la madurez de su batuta, aclamada después por los grandes públicos internacionales, y Rafael Frühbeck de Burgos nos demostró que un director español puede estar a la altura de los grandes mitos de todos los tiempos.

Karajan y su filarmónica

A un festival internacional como el nuestro, cuya historia estaba jalonada por todas las estrellas de la música y la danza, solo le faltaba la joya de la corona, y eso fue posible en 1973. Su presencia en la Alhambra puso al festival en el mapa mundial, y la ciudad entera lo vivió con carácter de gran acontecimiento. Meses antes, grandes pancartas, afiches y carteles anunciaban la presencia del gran músico del imperio austrohúngaro que convulsionó para la historia nuestro festival con la interpretación el primer día de la sexta y quinta de Beethoven. Al concierto siguiente asistió la entonces Princesa de España, Sofía, que siguiendo la tradición granadina, después del concierto, degustó un chocolate con churros en la plaza de Bibarrambla. La visita de Karajan a nuestra ciudad está escrita con letras de oro en la historia de un festival cobijado en un marco incomparable, imposible de encontrar en el globo terráqueo. Granada respiró con alivio, pues no eran pocos los temores que antes de su visita se habían difundido, tales como que si escuchaba una tos o el menor ruido Karajan interrumpiría de inmediato el concierto, dándolo por concluido y abandonando el Palacio de Carlos V. Durante las tres noches que el divo de la batuta estuvo en el escenario, yo no escuché ni la respiración del millar de personas asistentes. Ni mucho menos, observé llegar tarde a nadie, cosa que en otras ocasiones los ujieres permitían la entrada de los rezagados a los asientos, en la pausa entre movimientos. El tres de julio, el día de su último concierto, me licencié de la mili. Su música esa noche, me supo a gloria.