El letrado afortunado

El jurista granadino, en su despacho de Santa Cruz de Tenerife. /IDEAL
El jurista granadino, en su despacho de Santa Cruz de Tenerife. / IDEAL

Perfil de Víctor Medina Fernández-Aceytuno, exdecano del Colegio de Abogados de Tenerife | El Consejo General de la Abogacía ha reconocido a este jurista granadino afincado en las Canarias con la máxima distinción de la institución

Yenalia Huertas
YENALIA HUERTASGRANADA

Que te reconozcan en tu ámbito laboral es un honor, pero si además es a instancia de tus propios compañeros es para sentirse afortunado, como el letrado granadino afincado en las Canarias Víctor Medina Fernández-Aceytuno, que fue decano del Colegio de Abogados de Tenerife durante diez años -de 2006 a 2016- y acaba de recibir la máxima distinción del Consejo General de la Abogacía Española.

Fue el pasado 1 de junio cuando, a propuesta del Consejo Canario Colegios de Abogados, se impuso a este letrado la Gran Cruz al Mérito al Servicio de la Abogacía, una distinción que dicen que le ha llenado de satisfacción, pues lo considera un reconocimiento a su equipo siendo decano y a quienes le han apoyado: familia y compañeros tanto de despacho como de aventura colegial.

Aunque el viaje de la vida le llevó a anclar en las islas afortunadas, este jurista de conversación amena y trato exquisito presume cada vez que tiene ocasión de su ciudad de origen, a la que vuelve como mínimo una vez al año para reunirse con sus amigos de toda la vida en un lugar llamado Aguas Blancas, donde desde hace 37 años comparten, durante un fin de semana en agosto, vivencias, risas y partidas de póker. Es una de las citas marcadas en rojo en su calendario personal.

Tras una década trabajando de forma desinteresada por sus compañeros -el puesto de decano no está retribuido pese al esfuerzo y dedicación que conlleva- , Víctor regresó de lleno a su despacho jurídico, al que acude cada día para defender a sus clientes y dedicar horas y horas -y más horas- a una profesión que , según dicen, no recomendaría porque la considera ingrata. Ingrata porque cuando un letrado gana un pleito al poco tiempo se le ha olvidado, pero cuando lo pierde, la desazón le acompaña durante días. Además, son muchas las jornadas en las que hay que llevarse el trabajo a casa y luego está la esclavitud de los plazos.

Sus más íntimos aseguran que es madridista hasta la médula y que si tuviera que responder a la pregunta de '¿a quién no defendería nunca?' contestaría sin titubear -y casi sin pensar- «al Barcelona». Su deontología se lo impediría, cuentan, porque es consciente de que «no lo haría bien».

Con la toga puesta, frente a un estrado, prefiere defender los asuntos en los que sabe positivamente que no lleva razón, porque desde un punto de vista profesional siempre ha pensado que es mucho más satisfactorio.

La constancia y la perseverancia se cuelan entre sus virtudes. De él, quienes le conocen bien, resaltan que es, sobre todo y ante todo, «trabajador», un término tan simple como acertado para definirle. Está convencido de que no existe otra fórmula para desempeñar bien una ocupación que echarle horas, pues las posibilidades de ganar el pleito se incrementan si uno se olvida del reloj. Es algo directamente proporcional.

Sus padres -él de Ronda y ella de Melilla- vivían en Las Palmas de Gran Canaria. Habían tenido nueve hijos -Víctor venía de camino- y decidieron mudarse a Granada por el prestigio de su universidad. Para ubicar su hogar en la ciudad de la Alhambra, donde no tenían a nadie, lo vendieron todo y se compraron un piso de 90 metros cuadrados en la calle Pedro Antonio de Alarcón. El sacrificio que hicieron por ellos fue de tal magnitud, que a Víctor y sus hermanos no les quedó otra opción que no fuera estudiar. Todos tienen carrera: cinco hicieron Derecho y los demás se decantaron por la rama médica (tres son médicos y dos, ATS). Víctor tiene tres hijos que han seguido sus pasos; todos han estudiado Derecho y, claro está, todos son del Real Madrid.

De Granada, le gusta todo: su olor, su color, sus rincones, sus tapas... Por eso vuelve siempre. Lo que no le agrada demasiado es el frío, probablemente porque ya se ha acostumbrado a las envidiables temperaturas de las Islas Canarias. Las eligió para vivir porque le llamó su hermano Paco, que tiene un despacho allí. Allí estaban entonces 'las habichuelas' y allí siguen estando. Cuando deja su Tenerife vital y coge el avión con destino a la Península, aparte de a su Granada natal, suele acudir a Jaén, donde tiene una casa, y a Málaga, donde está uno de sus hijos. Esta última ciudad le atrae especialmente, por su clima, por su halo cultural, por su economía pujante...

En su anecdotario judicial, dicen que hay un caso que suele recordar por el esfuerzo que le supuso: el de un señor que estuvo en una prisión franquista y que litigó para conseguir una indemnización. Para percibirla -un millón de las antiguas pesetas- tenía que haber pasado tres años encarcelado. Víctor calculó los días y tuvo que hacer un verdadero trabajo de ingeniería para lograr demostrar que estuvo recluido lo exigido: sumó hasta los días en los que permaneció detenido. Al final convenció al juez y la viuda de aquel señor recibió el dinero.

Aunque parezca mentira, después de 32 años de ejercicio, este jurista especializado en lo contencioso administrativo sigue poniéndose nervioso cuando se sube al estrado; lo pasa fatal por lo visto en los juicios. Posiblemente por su enorme sentido de la responsabilidad. Y eso que lleva muchos ganados, incluido el que hacen de él sus compañeros.

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