Los guardianes del monte

Los guardianes del monte
FOTOS: JORGE PASTOR

Unos ven la tele, otros juegan al dominó... todos están atentos a la emisora. El Infoca no duerme; la chispa puede saltar en cualquier momento. Así transcurre una noche de guardia en el Cedefo de Sierra Nevada

Jorge Pastor
JORGE PASTORGranada

Alas nueve y media, mientras llega el retén de guardia, sólo se oyen las chicharras en el Centro de Defensa Forestal de Sierra Nevada. En Tablones, en pleno corazón del Valle del Guadalfeo, ya es casi de noche. Titilan las luces de Órgiva y Cáñar, como titilan ya Marte, Júpiter y Venus. Ha sido una tarde tranquila en esta base del Infoca. Práctica aérea a las siete y media de la tarde y terrestre, con camiones y mangueras, una hora después. Tan sólo un aviso que pintaba regular en Albuñuelas y que, afortunadamente, solo quedó en falsa alarma media hora después. «No es nada», comenta Luis, el emisorista, después de recibir la llamada del primero de los agentes de Medio Ambiente que llegó a la zona. El grupo de especialistas que ya se desplazaba hacia Albuñuelas, consciente de que su jornal se puede alargar tanto como dure una emergencia, tomó el camino de vuelta.

Mientras tanto Zarco y su compañero Jesús, los dos conductores, uno con veintisiete años de experiencia en el Infoca y el otro con apenas un par de meses, cenan junto al hangar donde pernoctan los dos camiones del Cedefo, una nodriza con capacidad para 11.000 litros de agua, y un vehículo más ligero, de 4.000 litros, para atacar los fuegos desde cerca. Faca y salchichón en mano, atentos siempre a la emisora, hablan sobre lo divino y lo humano. Sobre la zorra que los visita todas las noches -aquella noche también-, sobre el verano tardío y sobre el cambio climático. «De seguir así no paramos en todo el año», bromea Zarco. También hay tiempo para recordar el pasado. Zarco estuvo el año pasado en Portugal. Allí vivió el peligro en primera persona. Como en 1998, cuando el incendio de Molvízar. «Los compañeros nos daban por muertos». «Nos adentramos cerca del Nacimiento de Ítrabo, había mucho humo y, de repente, el viento cambió de dirección; tomé la decisión de echar hacia atrás en vez de seguir adelante; las llamas entraban por las ventanas; la suerte nos acompañó», relata Zarco.

Los bomberos forestales están acostumbrados a convivir con el riesgo. Pero también saben que, desgraciadamente, de héroes están llenos los cementerios. «Estamos formados permanentemente para que, llegado el momento, todo el mundo sepa qué tiene que hacer», explica Rafael Canales, uno de los dos técnicos de operaciones del Cedefo de Sierra Nevada, recién llegado después de tomar un bocata en Tablones. «Todos nos sabemos de memoria el protocolo de observación, anclaje, comunicación, vía de escape y lugar seguro, pero todos sabemos también perfectamente que aquí no caben las individualidades, sino el trabajo en equipo», agrega. «Las siete personas que conforman los grupos de especialistas tienen que actuar siempre como una unidad», concluye Rafael.

Hace un rato que llegó al Cedefo de Sierra Nevada el retén de Capileira. Entran a las diez de la noche y salen a las cinco. Siete horas a la expectativa. Hoy les toca tranquilidad. Otros días, no. La chispa puede saltar en cualquier momento. Por eso viven pegados al walkie. Necesitan un par minutos para embutirse en los equipos de protección, montarse en el cuatro por cuatro y salir raudos hacia el monte. Hay que llegar rápido. Puede ser la diferencia entre un conato y un incendio devastador. Mientras tanto, relax. Unos se divierten en la sala de televisión. Otros juegan una partida de dominó debajo del enorme pino carrasco que hay a la entrada del Cedefo. Otros chatean con sus novias, sus mujeres o sus amigos. Hay una cobertura casi perfecta en toda la explanada del Cedefo.

Antonio Castillo, 60 años en la talega y 26 en el Infoca, es jefe del retén de Capileira. «Lo normal en los servicios nocturnos es completar alguna ruta», dice. De Capileira a Hortichuelas, por ejemplo. Antonio tiene dos cosas muy claras. La compenetración, «para lo cual es importante que todos nos llevemos bien, que haya un buen ambiente». Y también un perfecto conocimiento de la zona y de sus condiciones meteorológicas. «Yo siempre tengo localizada a mi gente», refiere Antonio Castillo, quien también suma unas cuantas intervenciones de esas que dejan marca. Como en aquel carril de la Almijara, donde llegaron a quemarse las gomas. O más recientemente en Vélez de Benaudalla. «Hay cosas que no se olvidan». Experiencias indelebles que también son enseñanzas que te pueden salvar la vida. «Hay que saber dosificarse las fuerzas y no ponerse nervioso», resume.

Es Antonio, es Zarco, es Rafael... son los 683 efectivos del Infoca desplegados por toda la provincia de Granada. Los que muchas noches no duermen.

 

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