Los Rufino, la familia que pasó 84 años encerrada en casa tras el asesinato de una hija

José Antonio López, Antoñito, en el sofá donde falleció la adolescente asesinada.

Este clan de Pedro Martínez permaneció 84 años sin salir de casa después de que asesinaran a su hija

ÁNGELES PEÑALVERGRANADA

Bernarda Alba -el personaje lorquiano- impuso a sus hijas ocho años de luto tras la muerte de su segundo marido. Las recluyó y les prohibió salir de casa. Aquella represión desembocó en tragedia. «Y no quiero llantos. La muerte hay que mirarla cara a cara. ¡Silencio! (...) ¡A callar he dicho! (...) Las lágrimas cuando estés sola. ¡Nos hundiremos todas en un mar de luto!...». Así termina la obra teatral.

La familia de los Rufinos - apodados así por herencia familiar y residentes en el pueblo granadino de Pedro Martínez- asistieron al asesinato de su hija mayor dentro de su propia casa y ni los padres ni los cinco hijos restantes volvieron a hacer vida social. Apenas salieron en los 84 años siguientes al crimen, cuando la muerte alcanzó al último miembro del clan: Pepita, la hija menor, fallecida en 1988 y enterrada también en un panteón familiar donde no figura nombre alguno por deseo expreso de los Rufinos. «Decidieron morir en vida», apostilla José Antonio López Mesa, que hoy tiene 72 años y que asistió durante una década a las dos últimas hermanas vivas.

Él fue bien recibido en aquella hermética casa y retrata a Casilda y a Pepica -las dos últimas supervivientes- como seres agradecidos. Eran, sin duda, una estirpe extravagante y devastada por un suceso. «Eligieron vivir como si no existieran. Pepica me dijo una vez: 'Un Antonio nos quitó la vida -en referencia al asesino de su hermana mayor- y otro Antonio nos la ha dado a las últimas de la familia'», señala el exfuncionario municipal sentado encima del mismo sofá donde se desangró la adolescente hace más de un siglo y heredado por él hace 20 años. Ese sofá que se menciona en los romances de la comarca preside el salón de la coqueta casa de pueblo de Antonio, atestada de recuerdos.

«Conmigo fueron amables y estaban agradecidas de que les ayudara cuando se quedaron solas y ancianas» José Antonio López | Único vecino que entró en la casa

«Ella estuvo aquí tendida desde el 18 al 20 de mayo de 1904, cuando murió con las mismas ropas que tenía en el acuchillamiento. No quiso que ningún hombre viera su cuerpo ensangrentado. Después la vistieron de blanco al amortajarla...». López Mesa, principal heredero de la memoria y de los enseres de los Rufinos junto a otros escasos vecinos que también ayudaron a las enclaustradas, es conocido por sus paisanos como Antoñito.

Andando por las calles del pequeño Pedro Martínez se ve Sierra Nevada al fondo y azota el frescor de la nieve mientras la mayoría de casas se intuyen abandonadas o vacías. La población antes era de 5.000 personas y ahora no llegan a 1.200. Muchos habitantes son gitanos y casi todos conocen la historia de los Rufinos, aunque sea por haber oído los romances en alguna fiesta. Incluso corrió por la comarca la leyenda de que en la pared de la casa había una mancha de sangre de la joven, que volvía a salir pese a pintar la pared.

«Me atrevería a decir que los Rufinos han sido de las mejores gentes que ha habido en Pedro Martínez» Juan Rodríguez Titos | Historiador

Aquellos hechos que tuvieron en vilo durante décadas a toda una comarca siguen vivos. «Yo les quiero poner una placa porque dejaron lo poco que tenían a algunas personas del pueblo y porque a pesar de que les robaron en la guerra, jamás denunciaron o se quejaron de nadie. Siempre guardaron silencio», apostilla José Antonio López. Según él, Casilda y Pepica tuvieron presente hasta el momento de expirar lo que ocurrió en su casa aquel 18 mayo de 1904. El suceso fue recogido también por el historiador Juan Rodríguez Titos en 'Pedro Martínez, Campo y Cielo'. Aquel día, María Francisca, de 16 años, la primogénita, fue mortalmente apuñalada delante de todos sus hermanos. En ese momento comenzó la estéril existencia de la familia, dispuesta a enclaustrarse por precepto parental.

Un clan devastado

Juan Miguel Delgado, natural de Pedro Martínez, de clase media-baja, se había casado unos años antes con Agustina Corral, hacendada joven de un pueblo cercano. Del matrimonio nacieron María Francisca, Ramón, Casilda, Encarnación, José y Josefa Feliciana. Vivían bien. A la labranza de las tierras añadían los beneficios de una tienda de ultramarinos. Era una familia alegre. Con lujos que -según Juan Rodríguez Titos- poca gente podía tener. Por ejemplo, Francisca, la asesinada, tenía un precioso acordeón... Eso alimentaba la envidia de algunos vecinos.

Un día de fiesta, María Francisca fue al baile. Y estando con algunos jóvenes de las familias adineradas del pueblo, uno de ellos tiró el sombrero a la vera de la muchacha para bailar con ella. María Francisca hizo caso omiso. No recogió el sombrero. Aquella indiferencia fue interpretada como un desprecio por los jóvenes, aguijoneados por el ambiente de animadversión hacia los acaudalados Delgado Coral.

Según el historiador, los 'despechados' involucraron en el caso de honor a un pobre desgraciado, Antonio, quien asumió como propio el agravio del baile. «Urdieron un plan para que aquel infeliz mantuviera relaciones íntimas con la muchacha de forma que, en expresión de la época, quedara perdida y sin posibilidades, por tanto, de poder casarse jamás».

Una tarde, la madre, Agustina, se fue a lavar y dejó a sus hijos en casa. Avisado el desgraciado Antonio, este irrumpió en la casa y directamente pasó a forzar a María Francisca para abusar de ella, pero la fiera oposición de la muchacha y de todos sus hermanos impidió el ultraje sexual. Ante tal contrariedad, el atacante sacó un estilete y lo clavó repetidas veces en las partes íntimas de la joven.

Huido el criminal, los mismos chiquillos tendieron a su hermana -a la espera de sus padres- en el sofá. «Las consecuencias familiares que aquel hecho provocó nunca fueron comprendidas por sus vecinos. Muy extraño fue, es verdad, el comportamiento de todos los miembros del clan, día a día, durante los muchos años que habrían de transcurrir aún hasta la muerte de cada uno de ellos. Cierto es que se enterraron en vida, como también lo es que se negaron a la más mínima relación matrimonial», sostiene Rodríguez Titos.

«Mientras vivieron los padres, nadie salía de casa, a no ser el padre para las faenas agrícolas o algún otro para asistir a misa. Los niños aprendieron con maestros a domicilio. Al morir el padre, José se encargó de dirigir la casa y el ganado, que llevaba a ferias. Ramón, más retraído, llevó la agricultura y pasaba los días en el campo. Al morir la madre, Encarnación dirigió la casa y la hacienda. Casilda no salía nunca, como mucho a misa de alba. Se limitaba a las lecturas religiosas, a cuidar el jardín, a bordar y a sufrir. La benjamina de la casa, Josefa -llamada Pepica-, de fuerte carácter y buen corazón, asumió con el tiempo las riendas del extraño hogar. Una época fue a bailes y tuvo novio, pero terminó por enclaustrarse y proteger a ultranza a sus hermanos. Ninguno se casó. Todos iban enlutados», resume Antonio.

Vidas, hogar y hacienda fueron degenerando paulatinamente. La absoluta indiferencia hacia todo y hacia todos los llevó a un estado deplorable. La salud y la higiene les traían sin cuidado. Por las cuadras y corrales, entre la basura, andaban los objetos de más valor y hasta el dinero se mezclaba con el estiércol.

«Fueron generosos. Les robaron oro en la guerra y ni protestaron. No les importaba nada. Sólo sentían cariño por los animales. Cabras, ovejas, mulos y asnos convivían con ellos, compartiendo sus miserias y muriendo con ellos... Sobrecoge saber que la hosca Pepica preparó y puso una especie de cojín debajo de la cabeza de un mulo blanco que, de viejo, ya no podía tenerse en pie», evoca Antonio.

Los últimos años, cuando ya sólo quedaban las ancianas y desvalidas Casilda y Pepa, Antonio y un par de vecinos más les ayudaron, día a día, comprando los escasos alimentos que tomaban. Sólo de la mano de Antonio comía Casilda, postrada en la cama, porque en él vio a la única persona que pretendía ayudarles, respetando su forma de ser y de actuar. «Me solía decir: 'Más daño hace una mala lengua que las manos de un verdugo, un verdugo mata a un hombre y una mala lengua, al mundo'», evoca Antonio.

El día 23 de febrero de 1988 murió Casilda -«era rubia y de ojos azules»- y a los tres meses, Pepa, quien, convencida de que su misión de protección familiar ya había concluido, dejó de comer.