«Huéscar es perfecta para veranear; en verano se crece»

María Ángeles Maturana, exjugadora de la selección española de voleibol, pasaba las vacaciones en su pueblo, donde disfrutaba de los baños en Fuencaliente, el olor a pan recién hecho de la panadería de su abuelo y los cumpleaños conjuntos de su pandilla

«Huéscar es perfecta para veranear; en verano se crece»
Yenalia Huertas
YENALIA HUERTASGranada

A la exjugadora de la selección española de voleibol Mª Ángeles Maturana Rodríguez -ella acostumbra a escribir María con abreviatura- el verano le sabe a Huéscar, su pueblo, donde nació hace 47 años. Al sumergirse en sus recuerdos lo hace a la vez en las aguas de Fuencaliente, un manantial natural localizado en las afueras del municipio, en la salida hacia la Puebla de Don Fadrique. Se trata de una gran balsa que se ha acondicionado como piscina de verano y que brindó a Maturana ratos inolvidables antes de que ella los brindara al deporte provincial, andaluz, nacional e internacional. Porque aquella niña oscense enamorada de sus raíces se convirtió en la adolescencia en una auténtica figura del voleibol, hasta que una lesión en el hombro la retiró a los 30 años.

En la selección española estuvo cinco años, que recuerda como los mejores de su vida. Lo transmite, de hecho, cuando dice orgullosa que vivió, de la mano de Aurelio Ureña, la época dorada del voleibol en Granada. «Se consiguieron muchos éxitos: quedamos muy bien clasificadas en ligas, en copas de la Reina, nos clasificamos también para la liga europea...», rememora con orgullo.

Siendo una deportista de primer nivel, acabó magisterio de Educación Física y aunque empezó Fisioterapia no llegó a terminar. Ahora trabaja en su pueblo y tiene dos niñas a la que les gusta practicar el deporte que enseña su madre, pues Mª Ángeles dejó las competiciones y las concentraciones, pero nunca ha llegado de separarse del balón. Actualmente, es técnico deportivo del Ayuntamiento de Huéscar y da clases de gimnasia de mantenimiento y también para mayores. Aparte, lleva la exitosa escuela de voleibol del pueblo.

Antes de ser jugadora y siéndolo, los periodos estivales siempre han estado ligados a su tierra. «Hablando de infancia y de adolescencia, mis veranos siempre han sido aquí, porque Huéscar es perfecta para veranear. Todos los familiares de la gente de aquí vienen y Huéscar en verano se crece. Hay mucho ambiente, la temperatura es buenísima y el entorno que tenemos es muy bonito», describe con ese tono que uno emplea cuando sabe que lo que dice es verdad.

«No hace falta irse fuera para disfrutar el verano y los míos han sido en Huéscar. Y cuando me he tenido que ir fuera porque he estado estudiando o jugando, mis veranos eran venirme con mi familia a mi pueblo, porque yo soy muy de aquí, me gusta mucho esto y soy muy familiar», recalca con un acento que da fe de su origen granadino. En esos meses de sol y manantial «cargaba las pilas» y, aunque iba a la playa cuando encartaba y ha hecho viajes «como todo el muno», su destino vacacional predilecto siempre ha sido la tierra que le vio nacer y crecer como persona y como deportista.

Maturana explica orgullosa que uno de los lugares favoritos de aquellos maravillosos años era Fuencaliente: «Es un nacimiento natural donde todo el mundo de Huéscar ha aprendido a nadar; no es una piscina ni tiene cloro y hay peces... pero los peces, en fin, no molestan en absoluto». Este lugar, considerado una de las mejores piscinas naturales que existen en España, era y sigue siendo punto de reunión de amigos y familias para merendar, refrescarse y, en definitiva, acumular ratos felices.

Sierra de la Sagra

En Huéscar está además, como destaca Maturana, la Sierra de la Sagra, a cuyos pies se encuentra la ermita de las patronas del pueblo. Se accede por una carretera y la gente aprovecha «para irse de campo» a alguna de las zonas acondicionadas que existen allí. «Es muy típico», señala Maturana. Ella, de adolescente, solía acudir con sus amigas para hacer migas.

De sus amistades de aquellas tardes de hace más de tres décadas, pronuncia casi sin pensar un nombre: «Sonia Lozano, que ha sido y es mi amiga del alma, porque empezamos desde chiquitillas en el colegio y compartimos piso durante la carrera». También cita a su amiga «Isa», con la que se solía juntar después de comer. Desafiaban al termómetro y salían a la calle, a veces para «jugar a los cromos» y otras para ir juntas a Fuencaliente. Luego estaba su grupo de amigos de la clase, con el que celebró cumpleaños memorables. Hacían fiestas conjuntas porque muchos de ellos cumplían en agosto. «¡Era la fiesta bomba del verano!», exclama.

El olor de los rosales del parque de Huéscar, el aroma a naturaleza impregna las estampas del pasado que Maturana atesora en su memoria. También el del pan recién hecho de la panadería de la familia de su madre, que estaba en el centro del pueblo. Su hermana se ligó mucho al negocio, a la casa de su tío Julián, y ella a veces se quedaba allí. Maturana era muy chica, pero aún recuerda a todos trabajando de noche «y escuchar a las cinco de la mañana la amasadora dando vueltas », detalla con cierta nostalgia, la misma que aflora cuando evoca las visitas que hacía «casi todos los domingos» a una tía suya, hermana de su padre, que vivía en la Puebla de don Fadrique. «Nos montábamos en un seiscientos de los de antes para ir a ver a la familia y volver». Si se le pregunta Mª Ángeles con qué foto de aquellos veranos maravillosos se quedaría, tarda unos segundos en contestar: «¡Qué difícil! ¿Solo una? ¡Si antes teníamos todo un carrete!». En realidad, confiesa que se quedaría con las que tiene grabadas en su mente y en su corazón de sus padres con ella, porque los amigos los sigue teniendo. Quien siembra, recoge.