El heraldo de Alborán

El arco iris doble se alza desde el mar junto a Punta Negra, en La Rábita. /Juan Enrique Gómez
El arco iris doble se alza desde el mar junto a Punta Negra, en La Rábita. / Juan Enrique Gómez

El sol dibuja un doble arco iris en el horizonte del mar de la esperanza

JUAN ENRIQUE GÓMEZ y MERCHE S. CALLEGRANADA

La luz despierta sobre las misteriosas aguas de Alborán. El alba oculta las sombras mientras el sol lanza su influjo sobre el horizonte de un mar de esperanza y muerte, donde la historia navega en corrientes milenarias convertidas en sendas de descubrimientos, conquistas y éxodos, en caminos de búsqueda de nuevos mundos. El viento moldea la superficie, levanta líneas blancas y quiebra la quietud del horizonte, mientras el sol juega con la luz para crear paisajes singulares, siempre nuevos y desconocidos, imágenes que en circunstancias únicas señalan la puerta al universo de la magia. Es el momento en el que al alba, cuando la luz del amanecer emana desde el Este, rasante e imparable, encuentra una fina lluvia que ha logrado mantenerse en un limbo olvidado entre los vientos, un espacio en el que pequeñísimas gotas de agua flotan como elementos ajenos a la gravedad. Los rayos del sol inciden sobre las minúsculas esferas líquidas que los atrapan, fusionan y los hacen visibles para desvelar la belleza del color primigenio, la base del espectro visible, la transformación de la luz en un infinito gradiente de matices que parten de número mágico, de los siete colores de la Tierra, rojo, naranja, amarillo, verde, cian, azul y violeta, para expandirse sobre el azul del cielo, ascender hacia las estrellas y dibujar un trazo curvo, un arco que muestra el sendero de la vida.

Es solo un instante perceptible para quienes se encuentran entre el sol y la fina masa de agua atrapada entre vientos, en un territorio suspendido en un claro de nubes. Un arco iris es presagio de buenos deseos, de nuevos tiempos, de progreso y paz, es el influjo benefactor del manto de Isis, la diosa egipcia que otorga fecundidad a la naturaleza; el sello multicolor con el que Yavé refrenda su reconciliación con el hombre tras el diluvio, y el puente que Odín traza hacia el paraíso.

La luz se hace magia cuando al liberarse del abrazo del agua y estallar en un haz multicolor, es atrapada de nuevo en otra lluvia de esferas acuosas para volver a desvelar su imagen en un segundo arco imposible, en el que el color se invierte y el rojo es el interior mientras el exterior es para el violeta y dejar constancia de que es un único haz de luz, que solo en extraordinarias circunstancias dibuja las dos columnas que los griegos creían un mensaje de los dioses, el heraldo de Alborán, el presagio de nuevos tiempos, un signo que lo convierta en el mar de la esperanza.

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