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La gran transformación

Estas chapuzas suelen suceder cuando se contrata a un becario o a un propio para el trabajo que alguien firma y el mercenario se la juega

MANUEL MONTEROGRANADA

Esto es un sinvivir. Cien días de Gobierno y ya han caído dos ministros. Desde el primer momento se intuía que sería un Gobierno excepcional -sostenerse con sólo 86 diputados da en prodigio-, pero está superando las expectativas más delirantes: vamos de emoción en emoción.

Y la Universidad Rey Juan Carlos se ha convertido en una trituradora. Para sus clientes más queridos ha jugado un doble papel. Primero, les haría ilusión extraordinaria conseguir títulos como por ensalmo. Tanta dicha se paga y les va costando la carrera.

Apasiona imaginarse la historia de los másteres del PP desde la perspectiva de la ya exministra. Cuando la trituradora URJC se puso en marcha para Cifuentes y demás, ¿llegaría a percatarse que lo suyo iba en el mismo paquete? ¿O se sentiría distinta, por lo de la superioridad moral de la izquierda? Quizás procuró no pensar en ello, para espantar a los fantasmas. O le entraría un sudor frío.

Exclamaba indignada, «no todos somos iguales». Del énfasis y la seguridad se desprende que creía que saldría de rositas -como si quien ha sacado un máster vidrioso en la URJC pudiese escapar a su destino-. ¿Cómo es posible? ¿Y lo del plagio burdo de internet? No será así, pero estas chapuzas suelen suceder cuando se contrata a un becario o a un propio para el trabajo que alguien firma y el mercenario se la juega.

Este último sobresalto completa una imagen pintoresca. Pocos días antes, el presidente proponía sentar las bases para «la gran transformación» que necesitamos para 2030. A este ritmo, para esa fecha caerían 42 ministros.

Lo llamativo es el contraste entre la precariedad del tránsito del Gobierno por el mundo y tal propósito grandioso, la diferencia entre la realidad y el imaginario del político. Sánchez debe de verse como el gran dirigente transformaespañas. La realidad da en mezquina: metedura de pata y rectificación (sea inmigración, ventas a Arabia, apoyo al juez, precio del gasóleo, etcétera). El destino patrio se juega en esta pelea titánica entre la fantasía presidencial y la realidad.

Es verdad que no gustan los gobiernos altaneros, que no dan su brazo a torcer. Pero si la rectificación se convierte en la norma, al ciudadano le entra la impresión de que no sabe lo que se trae entre manos. Vamos, que este Gobierno realiza lo mejor para España tras probar sucesivamente todas las demás alternativas.

Una coyuntura tan arisca como la que vivimos -fragmentación política, hidra catalana, crispación- exigiría algún liderazgo que mereciera tal nombre. Con lo que hay, puede la impresión de que sobrevivimos de milagro. Sólo nos queda confiar en la suerte del presidente que, debe reconocerse, la tiene a raudales, con esa habilidad funambulista de flotar sobre la crisis de partido, la pérdida de votos y la carencia de un proyecto.

Lo de la gran transformación es de traca. ¿De verdad queremos tamaño cambio? Pues no está en el ambiente. Ni siquiera lo habían sugerido los programas socialistas, y eso que tienen tendencia a la fábula. El votante tiene aspiraciones más modestas: que salgamos de esta, que se liquiden las corruptelas, que se acabe la titulitis apócrifa, que mejore la educación, la sanidad, etcétera. No una gran transformación, sino enderezar el rumbo.

Y, mientras, el tiempo preelectoral va avanzando.

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