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La filosofía, el arte de la concordia

Desde una visión filosófica, todos somos interdependientes. Lo contrario, nos hace individualistas e insolidarios

JUAN SANTAELLAGRANADA

La filosofía ha sido una de las materias más despreciadas en los sistemas educativos últimos. Emilio Lledó, en su obra reciente, 'Sobre la educación', reflexiona sobre la enseñanza y la filosofía. Para él, el asignaturismo, hacer exámenes continuamente, es la muerte de la cultura. «Lo importante es el conocimiento profundo de los textos –literarios, históricos, científicos o filosóficos–, gracias a los cuales se enseña a los niños la libertad». Lledó considera que la Lomce arrinconó la filosofía. Grave error que esta materia, de carácter crítico y formativo, se haya reducido drásticamente: «Es un crimen pedagógico, un crimen cultural contra el desarrollo mental del país».

La filosofía nació en Grecia como una forma de cultura: una manera de relacionarse la gente en la calle, partiendo de la igualdad básica de todos. La filosofía no era una moda, ni un envoltorio artificial ideado por filósofos, sino que formaba parte de las entrañas de aquel pueblo, de su visión del mundo y de su concepción del hombre.

Había, sin embargo, un error de apreciación importante entre ellos: distinguían entre el espacio público, el ágora, donde los hombres pensaban y discutían sobre política o filosofía; y la vida privada, el oikos, la casa, lugar de estancia de mujeres, viejos y niños, donde no se reflexionaba. Hoy, gracias al empuje de mujeres y jubilados, se ha acabado con esa separación, pues igual se piensa y se debate en familia que en el ámbito público.

Frente al individualismo reinante, donde nadie se siente responsable del otro, la filosofía entiende que todos somos interdependientes. Lo contrario, nos deshumaniza y nos hace insolidarios. Podemos y debemos ser libres, pero sin renunciar a la solidaridad. Las transformaciones sociales, políticas o ideológicas sólo son posibles cuando los colectivos toman conciencia de que otro mundo más equitativo es posible, y luchan para conseguirlo.

La filosofía tiene, por tanto, una incidencia muy importante en la cultura de un pueblo, en su forma de concebir el mundo y de actuar. Pero, desgraciadamente, la cultura que tenemos hoy es meramente consumista: actos culturales que nos distraen, sin inquietarnos, producto más del pensamiento neoliberal que de una visión comprometida del mundo. Hay que lograr que la cultura se convierta en una forma de vivir creando, proponiendo, e incidiendo en la vida personal y colectiva. Decía Antón Chejov que culto es aquel cuya sabiduría lo enaltece pero no lo ensoberbece. Para ser culto, decía él, es necesario respetar al ser humano, siendo amables y educados, y dispuestos a ayudar siempre al otro; tener compasión y simpatía por extranjeros, mendigos y menesterosos; ser sinceros y temer a la mentira como al fuego; no tener vanidad ni superficialidad… Frente a ello, hoy la cultura que prevalece es la cultura del individualismo, la indiferencia, el consumo, el disfrute y la voracidad.

Marina Garcés, profesora de Filosofía de la Universidad de Zaragoza y autora reciente del libro 'Filosofía inacabada', entiende que la cultura convertida en un menú es indigestión, hay que cultivarla desde abajo, desde la educación, y ha de ser transformadora. El libro que más le impresionó para hacer de la cultura el centro de la vida es 'El tratado de la servidumbre voluntaria', de Étienne de la Boétie, del siglo XVI, que planteaba cuestiones de calado, entre ellas, una vital para cambiar su ciudad, Burdeos, y hoy básica para la transformación de nuestra sociedad: ¿Por qué nos maltratamos tanto si lo más natural es confraternizar con los demás, queriéndonos, sin dominarnos ni someternos?

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