La ermita de Navidad

Está situada en el extremo oriental del puente de Tablate, en la antigua/JUAN ENRIQUE GÓMEZ Y MERCHE S. CALLE
Está situada en el extremo oriental del puente de Tablate, en la antigua / JUAN ENRIQUE GÓMEZ Y MERCHE S. CALLE

Cuando los nacidos en la Alpujarra y la Contraviesa volvían desde la ciudad a sus pequeños pueblos para pasar la Nochebuena en familia, contemplar su imagen al iniciar el paso del puente era un signo inequívoco de que se iniciaban los días de Pascua

JUAN ENRIQUE GÓMEZ y MERCHE S. CALLEGRANADA

Permanece colgada sobre el abismo de un barranco sin fin, al extremo de un viejo puente, como una atalaya desde donde contemplar el vuelo de los vencejos y prestar atención al rumor del agua que se desploma entre los tajos. De paredes blancas de cal y un pequeño campanario vacío sobre tejas rojas, una ermita pequeña, como siempre fueron los templos de advocación mariana al borde de los caminos, conocida como de las Angustias, con una imagen de la patrona de Granada en su interior, dentro de un humilde altar, hasta donde las gentes de estas tierras y otras llegadas de los lugares más lejanos, acuden a pedir la intersección de la que llaman 'Señora' ante situaciones difíciles, o que simplemente su espíritu les acompañe en los avatares de la existencia.

La ermita de la Virgen de las Angustias, allá en el extremo oriental del puente de Tablate, el que construyeron en el siglo XIX para sustituir las vías de diligencias y muy cerca del puente nazarí, que abría las puertas del territorio de moriscos, trasciende su papel de consuelo y esperanza para sus fieles y es ya un símbolo arraigado en el acervo social de los habitantes del Valle de Lecrín, la Alpujarra, y de todos aquellos que transitaron las viejas carreteras de curvas tortuosas -la clásica N-323 camino de la Costa-, antes de ser sustituidas por vías rápidas, cómodas e impersonales. Siempre fue el cruce de caminos, el punto del no retorno, de la tristeza de dejar las raíces, o de iniciar el recorrido de una nueva vida, porque en la visión de la ermita desde los viejos coches, o el autobús de Alsina, iba intrínseca la imagen del cambio de territorio y de paisaje. Era el punto del viaje en el que unos transitaban hacia las altas tierras de la Alpujarra y la Contraviesa, y otros descendían hacia el Valle y, más allá, los desfiladeros del Guadalfeo que abrían el camino del mar.

En los últimos días del año, cuando los nacidos en la Alpujarra y la Contraviesa volvían desde la ciudad, en ocasiones lejana, a sus pequeños pueblos para pasar la Nochebuena en familia, contemplar la imagen de la ermita al iniciar el paso del puente, donde los coches reducían su marcha en señal de respeto y reconocimiento a su influjo protector, era un signo inequívoco de que se iniciaban los días de Pascua. Sabían que al otro lado del puente, camino de Lanjarón, se abría un espacio mágico, de música de trovos y olor a almendras. Para aquellos viajeros, la ermita es, todavía, la puerta de la Navidad.

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