Granada es la tercera provincia con más habitantes mayores de 65 años

Pepa López, en uno de los bancos en el exterior del centro de día Alcázar./RAMÓN L. PÉREZ
Pepa López, en uno de los bancos en el exterior del centro de día Alcázar. / RAMÓN L. PÉREZ

El territorio cuenta con 162.235 habitantes mayores de 65 años. De ellos, unos 43.000 residen en viviendas unipersonales. En solitario. Una situación que no se limita a los pueblos

JAVIER MORALES y JUANJO CEREROGRANADA

La charla con Pepa López arranca con una carcajada. «¿Cuántos años me echas?», dice. Por espíritu, podría pasar por una adolescente, pero esta granadina tiene 92 años, «cumplidos», recalca, antes de añadir que ya está «viviendo los 93». Es uno de los 162.428 vecinos granadinos con más de 65 años que hacen de la provincia la tercera más envejecida de Andalucía. Reside en la capital, donde casi una de cada cuatro personas supera la edad de jubilación. Tan sólo Cádiz capital, donde la crisis ha provocado una salida masiva de jóvenes en la última década, está por encima de Granada en cuanto a porcentaje de ancianos en relación al total de la población. Muchos de ellos hacen frente a la soledad. Hay quien elige la vejez solitaria; otros no tienen otra opción. Ambos forman parte de un grupo demográfico que no deja de crecer.

Es difícil precisar la cifra de ancianos granadinos que residen en viviendas unipersonales. El Instituto Nacional de Estadística, en su Encuesta Continua de Hogares, sólo ofrece estimaciones por comunidades autónomas. En Andalucía, a lo largo de los últimos cinco años casi 25.000 personas han pasado a engrosar la casilla de mayores de 65 años que viven solos. De los 280.900 hogares que se contabilizaban en 2013 se llegó a 305.200 en 2017.

72 a 82
Los granadinos que nacen en 2018 tienen una esperanza de vida diez años superior a la de sus padres.
24.300
Dependientes utilizan el sistema de teleasistencia de la Junta en la provincia de Granada.
6.090
Son las plazas concertadas disponibles en centros de día y residencias de la provincia.

Detrás de las estadísticas hay dos factores. Por un lado, el incremento en la esperanza de vida, que en Granada ha pasado de los 72,6 años de media en 1975 a los 82,17 de 2017. Por otro, la autonomía de las personas mayores.

Pepa aún guarda fuerza para calentar un vaso de leche en el microondas o hacerse una cena «ligera». Para todo lo demás, cuenta con la ayuda de sus hijos y de los trabajadores del centro de día Alcázar. En una de sus salas atiende al periódico IDEAL. Basta un par de preguntas para que se explaye en un relato que pasa por su infancia alpujarreña, su época como trabajadora en una casa de Granada y su situación actual.

«En Narila se trabajaba de sol a sol», rememora. Iban al campo junto a su padre al amanecer, «porque era una vida muy mala, que no es como ahora, que todo está de sobra». Eran doce hermanos y cada bocado de comida era un regalo. Recuerda que no iban a las fuentes agrias de la Alpujarra porque este agua «abría más el apetito».

«En la unidad de día se crean lazos muy fuertes»

En la provincia hay 78 centros de día para mayores, algunos de ellos especializados en el tratamiento de dolencias como el párkinson.

Temblores, dificultad al empezar a andar, lentitud en los movimientos, pérdida de fuerza, depresión... Son los síntomas de la enfermedad de Parkinson, la segunda enfermedad neurodegenerativa con más prevalencia, después del alzhéimer. Se estima que afecta a 150.000 españoles. Es la patología que padece Alison Bryson, la enfermedad que motivó su contacto con la asociación Párkinson Granada.

Cada día, Alison participa en las actividades del centro de día de esta asociación, donde ofrecen fisioterapia, logopedia, estimulación cognitiva o atención social, entre otras actividades y servicios como el de transporte. Así lo explica Macarena Toral, trabajadora social, una de las 19 personas que integran la plantilla de un centro en el que «se crean lazos muy fuertes». Como relata Toral, muchos de los enfermos de párkinson sienten vergüenza a la hora de relacionarse 'en la calle', a causa de los temblores o las dificultades para hablar. «Es raro que en el entorno de estas personas haya gente que también tenga párkinson», afirma.

Pero en el centro de día o las actividades organizadas por la asociación, que cuenta con casi 400 socios, los miedos quedan de lado. No sólo tratan la enfermedad, sino que ofrecen un espacio de encuentro para socializar, que no se limita a los mayores sino a la gente joven que también padece la dolencia.

«Sienten una conexión». Nacen amistades, grupos que siguen en contacto una vez que cruzan las puertas de este espacio y tratan de involucrar a las familias. Hasta el punto de que cuando se van de vacaciones «echan de menos» lo que algunos llaman «el 'cole'».

La situación de Alyson podría considerarse excepcional entre los usuarios del centro de día. Según la trabajadora social, son minoría los ancianos que acuden al espacio y viven solos. Las familias suelen motivar a los enfermos para que acudan a puntos asistenciales. Quienes viven en soledad, en ocasiones, no tienen los medios suficientes para localizar este tipo de centros.

Al gestionado por la asociación Párkinson Granada -que dispone de plazas concertadas con la Junta de Andalucía- no sólo van personas afectadas por la enfermedad. Ofrece 44 plazas entre privadas y concertadas. El precio de la media jornada, sin algunos servicios como el de transporte, es de 350 euros al mes. Los socios abonan una cuota de diez euros mensuales, en la que tampoco están incluidos algunos servicios.

Trabajar y trabajar -al margen de algún paseo furtivo- era el grueso de la vida rural. Pero a los 18 años se trasladó a la capital, donde conoció al que fue su marido hasta hace 15 años, cuando enviudó.

Ella ha querido seguir en su casa. «Es donde yo estoy bien. Mientras me pueda ir a la cama, o al servicio, y calentarme un vaso de leche estoy mejor aquí», insiste. Las alusiones a sus cuatro hijos durante la conversación son continuas. Narra sus vacaciones, la ocupación de cada uno de ellos y cuenta que 'su' Rafa va cada noche a acostarla. «Es muy apañado, va y hasta me destapa la cama. Yo tengo costumbre de santiguarme cuando voy a acostarme y él se agacha para que se lo haga también».

La única pega a su independencia es que vive en un quinto: «Lo malo es cuando se estropea el ascensor y me tengo que quedar en la calle hasta que funciona. ¿Quién es capaz de subir a un quinto?». Vuelve a reír a carcajadas.

Es usuaria del servicio de teleasistencia. El sistema ofrecido por la Junta de Andalucía gestionó a lo largo de 2017 un total de 5,5 millones de llamadas. El 58% fueron comunicaciones con ancianos que sólo querían conversar un rato. Pepa recibe llamadas, por ejemplo, en su cumpleaños: «Le digo, 'señorita, ¿sabe usted lo que me pasa? Que me levanto con ganas de cantar'. ¡Y me dice que eso es buenísimo!»

En Granada hay 24.300 beneficiarios del sistema de teleasistencia. Aunque para la mayor parte de los que lo solicitan -entre mayores y discapacitados- es gratuito, otros tienen que pagar una tasa de 10,80 euros mensuales, según la web de la Junta de Andalucía. Pero la demora de los trámites para acceder a las ayudas por dependencia siguen siendo la piedra en el camino para miles de familias granadinas. El tiempo medio de espera, según datos de 2017, se situaba en nueve meses.

El centro de día Camino de Ronda, gestionado por la ONG Párkinson Granada, dispone de plazas privadas y concertadas con la administración autonómica. En total, la Junta ofrece en la provincia 6.090 plazas en este tipo de centros y residencias de estancia completa. Alison Bryson, de 75 años, es una de las usuarias de este centro.

El reloj de pared quiebra los silencios en los que esta anciana enferma de párkinson detiene la conversación para beber agua. La botella azul, un vaso, los sudokus y la tablet son sus acompañantes en la mayor parte del día. Vive sola, aunque recibe la visita diaria de una cuidadora y hace planes con sus amigos.

Decoran su hogar los cuadros pintados por ella misma cuando la enfermedad todavía no le había imposibilitado la práctica de una de sus pasiones. Trabajaba en una tienda de antigüedades cuando la crisis económica en Gran Bretaña fue para ella una invitación a aprovechar la 'ola' del turismo en España y buscar trabajo aquí. No obstante, la mayor parte de su tiempo lo ha dedicado a enseñar inglés. Hasta 2011 fue profesora del Centro de Lenguas Modernas de la Universidad de Granada.

Cuenta, horas antes de someterse a una intervención contra las cataratas que padece, que ve casi cada día a sus amigos y mantiene el contacto con la familia, que reside Reino Unido, por videollamada a través de la tablet. Por lo demás, su rutina comienza a las siete de la madrugada, cuanto se despierta -asegura que duerme muy bien- desayuna y, los días que puede, se da una ducha. Luego va a la asociación del Párkinson, donde lleva «cinco o seis años».

Asegura no sentir la soledad, gracias a la compañía de sus amigas y su cuidadora. De hecho recrimina -en tono de broma- que ha tenido que cancelar una cita para atender a IDEAL... Pero es consciente de que la enfermedad y la vejez terminarán por obligarla a pagar a una persona para que pase todo el día con ella. Entre los cuadros a los que dedicaba sus horas y voluminosas estanterías repletas de libros, Alison camina con paso lento. «Andar es muy difícil. Las cosas son así, es lo que hay», se resigna.

Casos como el de estas dos ancianas de la capital se multiplican en las zonas rurales de la provincia. En municipios como Gor, Ferreira o Lobras, casi cuatro de cada diez vecinos superan los 65 años. Los jóvenes 'emigran' a la capital o a otras provincias ante la falta de recursos. Además, el crecimiento vegetativo (nacimientos menos defunciones) se cuenta en negativo.

Esto se traduce en una involución de la pirámide poblacional que pone en jaque la subsistencia de los municipios más pequeños. Si ahora el grueso de la población de Granada se concentra entre los 40 y los 49 años, en 2033 -según estimaciones del Instituto Nacional de Estadística (INE)- lo hará entre los 50 y los 59 años. La soledad ha llegado para quedarse.

Música y gimnasia para escapar de la monotonía

Involucrar a los mayores en las actividades diarias se traduce en calidad de vida en las edades más avanzadas.

Que no se sientan una 'carga' es el objetivo. En las edades más avanzadas, explica Cristina Moreno, directora y trabajadora del centro de geriátrico de estancia diurna Alcázar, «el caso de que vivan solos es difícil, porque casi todos están con sus hijos o tienen cuidadores internos». Y muchos de los ancianos dependientes terminan por hundirse en la falsa creencia de que 'dan trabajo' a la gente que les rodea, sin aportar nada.

En los centros de día trabajan para esquivar esta idea. Lo hacen involucrando a los ancianos en el día a día con actividades para todos los gustos. «Aquí se estimula constantemente, con actividades diarias y otras puntuales, por ejemplo en Navidad o Semana Santa. Ellos mismos proponen lo que quieren hacer, porque si se aburren no tienen sentido las actividades que realizan. Se intenta que vivan en el centro y colaboren en las dinámicas».

La jornada en Alcázar -que dispone de dos espacios, en Ronda y Juventud- comienza a las ocho de la mañana. Lo primero es desayunar. Una vez que termina el desayuno pasan a las terapias individualizadas, en función de lo que cada uno de los ancianos necesita: lenguaje, psicomotricidad, estimulación... El fisioterapeuta se encarga de las actividades funcionales, motoras o de prevención de lesiones.

A media mañana llega la hora del paseo, y de un tentempié que centran en la hidratación, especialmente en las semanas en las que aprieta el calor. Después es el turno de las actividades grupales y la media hora de 'gerontogimnasia', deporte pasivo en el que los mayores, sentados, activan el cuerpo durante unos minutos.

Comen, siguen con actividades de terapia como manualidades, musicoterapia y arteterapia. Y luego llega el tiempo para el relax, entre las tres y media y las cuatro de la tarde.

En torno a las cinco de la tarde, los ancianos -hay usuarios desde los 72 a los 92 años- regresan a casa. La mayoría, a través del servicio de transporte adaptado. «Sale una muchacha para recogerme y luego llevarme. Y cuando estoy en casa ya se van. Me tienen muy bien», dice Pepa López.

Ella recibe la visita de sus hijos. Para otros, la salida del centro de día es el inicio de una tarde en soledad, de una noche de insomnio que se hace interminable. Cuentan las horas para volver al centro de día.

 

Fotos

Vídeos