«Empecé a ver con el olfato, pero sobre todo con el corazón»

Bib Rambla, otrora un deleite olfativo por las floristerías./Ramón L. Pérez
Bib Rambla, otrora un deleite olfativo por las floristerías. / Ramón L. Pérez

De la noche a la mañana la vida de María José cambió por completo: se acostó viendo y se levantó sin ver

JORGE PASTORGranada

> Lee la primera parte de este reportaje- Los olores de Granada

La vida de María José se transformó radicalmente de la noche a la mañana. No, no fue ninguna pesadilla. Se acostó viendo y se levantó sin ver. Aquello sucedió cuando tenía cincuenta años y aún mucho por vivir. «Me sentí muy mal, hundida, sin ningún ánimo para salir de mi casa». Abusó de las lentillas. Desde los quince años las llevaba puestas más de dieciséis horas al día, cuando no se recomienda más de ocho. Sus ojos no aguantaron. Se rompieron

Pero todo empezó a cambiar dos años después de aquella noche que nunca olvidará. La operaron de cataratas. Pasó de la oscuridad a recuperar una visión global del siete por ciento. Lo justo para que entrara por su 'ventana' un rayito de luz y otro de esperanza. «Recuerdo que estábamos enfrente de la tele y que mi marido estaba viendo un partido de fútbol para invidentes; entonces yo me pregunté 'por qué ellos sí y yo no'». Y así fue como tomó la que, según ella, fue la decisión más acertada de su vida: acudir a la ONCE. Allí, gracias a rehabilitadores como Araceli o Miguel Ángel, entendió primero que sí, que ella podía. Que podía cocinar, su profesión cuando veía, que gracias al bastón podía andar por la calle con seguridad, e incluso que era capaz de enhebrar una aguja para hacer croché.

También comenzó un proceso para reeducar los sentidos. «Empecé a ver con el tacto, con el olfato... pero sobre todo con el corazón». También se fue dotando poco a poco de una serie de 'ingenios' para normalizar su cotidianidad. Siempre lleva una lupa en el bolsillo. Le permite comprobar el precio de las cosas cuando va a una tienda o la fecha de caducidad de los alimentos en el supermercado. Una voz que sale de su reloj le permite saber en todo momento qué hora es sin necesidad de mirar las manecillas. La misma tecnología sonora del tensiómetro o la báscula. «Me subo y me dice cuanto peso». María José lleva siempre unas gafas provistas de un filtro solar que le permite diferenciar determinados colores -tiene dificultades para distinguir los oscuros y los pasteles- y también los claros y oscuros. Tampoco le falta nunca el sombrero para evitar la incidencia directa al sol. «Tengo unos sesenta, treinta para el verano y treinta para el invierno».