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El disfraz como diversión

Por alguna razón desconocida, en estos tiempos se asocia la fiesta con el disfraz. Si no vas disfrazado parece que no se te pone el cuerpo festivo o que eres incapaz de pasarlo bien

MANUEL MONTERO
MANUEL MONTERO

Por lo que se ve, un disfraz nos hace sentirnos auténticos y en plenitud. Es la pose preferida para las explosiones lúdicas. En los últimos tiempos se ha generalizado la costumbre. Cualquier fiesta que se precie viene festejada por cientos o miles de personas disfrazadas. Llega San Fermín y en las imágenes de Pamplona salen tropecientos mil sujetos vestidos de blanco con su pañuelo rojo. Tal indumentaria es ya lo habitual y el rarito es el que va 'de calle'.

En las fiestas en las que no existe una identificación tan caracterizada se improvisa y el resultado es el de cantidad de individuos con el mismo pañuelo, otros tantos vestidos de andaluces o de pescadores, o de lo que sea. O se encargan sudaderas festivas, camisetas repetitivas, todo lo que valga para demostrar que uno está en la fiesta, o va a ella o de ella viene. Ves a uno en la estación vestido de sanferminero -con el blanco ya turbio- y su cara de satisfacción proclama a los cuatro vientos «sí, de allí vengo», modestia aparte.

Por alguna razón desconocida, en estos tiempos se asocia la fiesta con el disfraz. Si no vas disfrazado parece que no se te pone el cuerpo festivo o que eres incapaz de pasarlo bien. Lo dicho vale para cualquier encuentro lúdico. Se estrena una película de Harry Potter o de la Guerra de las Galaxias y el auténtico aficionado acude vestido para la ocasión, de personaje de la película. Cualquier ocasión merece un buen disfraz, es decir, acudir distintos, lúdicos y como uniformados.

Los disfraces festivos de hoy en día buscan identificar al sujeto con la fiesta y quizás difuminar la individualidad remarcando la plena integración con el grupo: es el grupo el que se lo pasa bien, nosotros sólo sumamos. Como los futbolistas, cuya máxima aspiración es ayudar al equipo, según declaran. Todo se pega.

Asombra la popularidad del disfraz, del vestirse adecuado a la ocasión. En los campos de fútbol se impone que el hincha vista la camiseta del equipo. Es la forma de vivir intensa, vitalmente el partido: casi todo el campo con el mismo uniforme, sintiendo (y luciendo) los colores.

Quizás las crecientes pasiones que suscita la Semana Santa tengan que ver con la posibilidad del disfraz integral que ofrece, y de todas formas los capirotes y trajes talares adquieren un toque cada vez más sofisticado. Hay «ferias-cofrade» donde se ofrecen las últimas novedades del género. Ve uno a los romeros del Rocío, que van entallados al efecto, y le entran las dudas de si es paseo religioso o pasarela de pimpollos. La fe encopetada más fácilmente entra.

Se multiplican las ocasiones de lucir el palmito retocado, no sólo en los moros y cristianos, que cada vez hacen más furor, o en los sanisidros madrileños, en los que hasta los mandos se visten de chulapones, pues piensan que así caen bien. En Pontevedra les da ahora por vestir de templarios, en cantidad de sitios salen medievales -o de la pasión si es viernes santo- y en Zaragoza van de baturros: lo importante es disfrazarse. De lo que sea, pero disfrazarse. Una despedida de soltero sin novio envuelto en un preservativo gigante, y los colegas con camisetas cutres o peor, no sería lo mismo.

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