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Después de la tempestad...

La propuesta socialista de que gobierne la lista más votada carece de asidero. Tampoco tiene recorrido su condena a acuerdos con 'la extrema derecha', dado que el PSOE-A estaba dispuesto a gobernar con la extrema izquierda

MANUEL MONTEROGARNADA

Frente a lo que anunciaban las encuestas y nos equivocamos algunos articulistas -mea culpa- las elecciones del domingo han convulsionado Andalucía y la política nacional. Estalló la tempestad y tardará en llegar la calma.

Resulta inimaginable que no haya relevo en la Junta: los electorados del PP, Ciudadanos y Vox les pasarían factura si desaprovechasen la oportunidad de llevar a cabo la alternancia, que siempre sanea la vida pública, por eliminar vicios y evitar la laxitud que confiere la eternidad: en política cuatro décadas lo son.

La propuesta socialista de que gobierne la lista más votada carece de asidero, pues el gobierno de Pedro Sánchez contraviene el principio. Tampoco tiene recorrido su condena a acuerdos con «la extrema derecha», dado que el PSOE andaluz estaba dispuesto a gobernar con la extrema izquierda, y que esta y grupos anticonstitucionales eligieron presidente a Sánchez cuando la moción de censura.

No se entiende esa doble vara de medir, según la cual la extrema izquierda y el nacionalismo independentista representan la democracia y se reserva el recelo al otro lado. Aun así, resulta preocupante la emergencia de una contestación al sistema por la derecha, que se suma a la que realizan desde la izquierda y los nacionalismos. A perro flaco...

El PSOE no ha hecho un amago de autocrítica. Se ha limitado a despotricar de Vox -y por tanto de sus votantes, lo último que debe hacerse- y a lamentar la abstención, como si sólo fuesen responsabilidades ajenas. Durante la noche electoral, en los corros socialistas corría la especie de que 'los pedristas' habían contribuido al batacazo, sugiriendo que en sus dominios la abstención había sido mayor -«los que no han ido a votar»-. Suenan a las insidias de la catástrofe, pero confirman que las aguas bajaban revueltas.

Así, la travesía del desierto le será particularmente dura al socialismo andaluz. La inmensa mayoría de sus miembros se afilió cuando ya presidía la Junta y no han conocido las hieles de la oposición, carecer de apoyos institucionales y subvencionales. Ahora han entrado en un universo paralelo, en el que las luces no se ven al final del túnel, sino detrás de un agujero negro capaz de desanimar al militante más fiero.

Agravarán su tránsito por la oposición si persisten en la interpretación que han lanzado, la que insiste en la maldad de Vox, sin caer en la cuenta de que alguna responsabilidad les corresponde en su emergencia. Muchos de los antiguos votantes de PSOE/Podemos se quedaron en casa, indicio de que los pseudoizquierdismos actuales no les convencían. Además, resulta inverosímil que en Andalucía haya 400.000 energúmenos fascistoides dispuestos a aprovechar su oportunidad, tal y como parece sugerirse. Más bien se diría que, entre otras fallas, han fracasado las evanescencias de las políticas actuales sobre Cataluña y la unidad de España.

Parte de la política actual de la izquierda se ha basado en la consigna «que viene la derecha». Quizás ha señalado así a quién había que votar, el populismo que les dolería más. La autodenominada izquierda progresista ha conseguido despertar a la derecha radical.

¿Seguirán la política de repetir «hay que parar al fascismo», en vez de renovarse? Le podrá valer a Podemos, al que le gusta sentirse en 1936, pero para el PSOE sería mortal de necesidad.

 

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