Balas y balones

Balas y balones

Alejandro Villanueva, el español hijo de una motrileña que ha debutado en la liga profesional de fútbol americano, es un militar condecorado por su valor en Afganistán

CARLOS BENITO

A falta de diez días para cumplir los 27, Alejandro Villanueva ha acumulado ya una biografía asombrosa, de esas que a los demás nos hacen preguntarnos en qué diablos hemos invertido nuestro tiempo. Esta semana ha hecho realidad un sueño largamente acariciado, que él ha perseguido con una fe inquebrantable, inmune a los tibios consejos de la lógica: el jueves, debutó en la Liga Nacional de Fútbol Americano (NFL) como jugador de los Pittsburgh Steelers. Para cualquier otro, esa hora de la verdad ante 70.000 espectadores habría supuesto un momento de emociones casi insoportables, pero Alejandro Villanueva ha pasado por experiencias que le permiten relativizar la tensión y el fragor de su deporte, incluso a ese nivel: «Hay cosas más importantes en la vida», le quitaba importancia al asunto minutos antes del partido, en una entrevista con la emisora Onda Cero.

Los campos de juego resultan triviales en comparación con los campos de batalla, y Alejandro, el primer español que ha llegado a la NFL en más de ochenta años, tiene muy fresco el recuerdo de sus tres misiones en Afganistán: de ellas volvió condecorado, con una Estrella de Bronce que reconoce su bravura, pero también con las inevitables cicatrices en el ánimo y con una pulsera en la que figura el nombre de Jesse Dietrich, un compañero de armas caído en combate. En realidad, solo se conocen detalles de su primera estancia en el país asiático, que duró un año, en calidad de teniente de la Primera División de Montaña, ya que tiene prohibido divulgar información sobre los otros ocho meses que pasó allí como parte de los Rangers. La población local de Kandahar apodó el Gigante a aquel coloso de 2,08 metros; sus hombres se referían a él, simplemente, como V, de Villanueva, aunque también habría podido ser de valor o de victoria.

La singular historia de Alejandro arranca en la base aeronaval de Meridian, en Misisipi, donde nació este hijo de bilbaíno y motrileña: su padre, oficial de la Armada, estaba trabajando entonces para la OTAN. La familia regresó a España cuando el niño tenía 4 años y, una vez aquí, llevó la vida itinerante que marcan los destinos militares, con etapas en El Puerto de Santa María, Cádiz, Zaragoza y Canarias. En determinado momento, el Estudiantes estuvo interesado en las posibilidades de Alejandro como jugador de baloncesto, pero los deportes que marcaron su infancia fueron la natación y el rugby, toda una tradición familiar: un tío, Marco Martín, jugó en la selección, y ahora es su propio hermano Iñaki el que forma parte del combinado nacional. Era adolescente cuando la familia cambió de nuevo de país, esta vez a Bélgica, y él se vio obligado a abandonar el rugby y abrazar el fútbol americano que se practicaba en su colegio, un centro dependiente del departamento estadounidense de Defensa. Ni siquiera se sabía las reglas, así que al principio protagonizó serias meteduras de pata por puro desconocimiento.

Más datos

Tradición militar

El padre de Alejandro, Ignacio Villanueva, es capitán de navío y jefe de la Flotilla de Aeronaves de la Armada española. El propio Alejandro fue ascendido a capitán del Ejército de Estados Unidos en abril del año pasado. Los dos hermanos de su esposa, Maddy, también son militares.

Relación con España

Alejandro mantiene una estrecha relación con El Puerto de Santa María (Cádiz), donde residen sus padres, y con Motril (Granada), de donde procede su madre. «A mí me gusta mucho más Motril que Nueva York», declaró hace cinco años a este periódico.

Los primeros

Los dos españoles que han jugado anteriormente en la NFL son los hermanos Jess y Kelly Rodríguez, nacidos en Avilés (Asturias) e hijos de una familia que emigró. Jess formó parte de los Buffalo Bisons en 1929;Kelly jugó con los Minneapolis Red Jackets y los Frankford Yellow Jackets en 1930.

Alejandro, con la doble nacionalidad estadounidense y española, fue admitido después en la academia de West Point, donde, además de recibir su formación militar, se licenció en Ingeniería de Sistemas. Y, por supuesto, jugó al fútbol en los Army Black Knights, el equipo del centro, donde ya empezaron los bruscos cambios de posición que han caracterizado toda su trayectoria deportiva. Podría haber aprovechado la carrerilla para tratar de meterse en la NFL, pero prefirió asumir su responsabilidad militar y servir en el Ejército durante los cinco años de rigor: «No podía ser especial y no cumplir con mi obligación. Sabía que era lo más honorable que podía hacer y jamás me he arrepentido», ha explicado. Así fue como aterrizó en Afganistán, con mando sobre 38 hombres y la tarea de mantener el orden en el conflictivo distrito de Zhari. La fecha que se ha quedado grabada en su memoria es el 25 de agosto de 2011, cuando su unidad fue víctima de una emboscada talibán, en la que fueron alcanzados tres de sus subordinados. Villanueva se ocupó personalmente de trasladarlos a lugar seguro, arriesgando el pellejo bajo el fuego enemigo, pero el soldado Dietrich acabó muriendo a consecuencia de las heridas sufridas.

Al teniente español le concedieron la Estrella de Bronce con V al valor por su heroica acción, un mérito que él prefiere repartir entre todos los miembros de su unidad. «¿Qué iba a hacer, dejarle allí? ¿Voy a quedarme sentado mientras un chico de 18 años pide ayuda a gritos, cuando soy yo el que le ha llevado?», planteó en una entrevista con la cadena ESPN. A Villanueva le han tocado encomiendas delicadas y dramáticas, de las que nadie desearía asumir, como explicar la muerte de un soldado a sus parientes o cargar con las piernas amputadas de un compañero.

Pero también le gusta recordar que fue allí, durante los tiempos muertos de la guerra, donde más disfrutó jugando al fútbol: aquellos partidos en la explanada de aterrizaje de helicópteros se convertían en una fiesta liberadora, que permitía abrir por fin la válvula de las angustias y los temores. Incluso en su noviazgo se repite la mezcla de lo deportivo y lo castrense: Maddy, con quien se casó el pasado noviembre, es hermana de uno de sus compañeros en el Army, el equipo de West Point. Su amigo, ahora cuñado, también resultó herido en Afganistán.

El plus de cada día

Al concluir su tercera misión, Alejandro Villanueva decidió que había llegado la hora de retomar la vieja aspiración de dedicarse al deporte profesional. Después de años de ausencia, desentrenado y sin agente, la suya no era una apuesta con muchas posibilidades de éxito, pero consiguió que los ojeadores de los Philadelphia Eagles se fijasen en él: estuvo entrenando con el equipo, como parte de la línea de defensa, pero no superó la criba final. Por fortuna, fue repescado por los Steelers de Pittsburgh, donde ha vuelto a cambiar de puesto de nuevo le han pasado a funciones ofensivas y ha experimentado una pasmosa metamorfosis física. Ha ganado algo más de cuarenta kilos en un año, hasta situarse en su peso actual de 154, con un corpachón apabullante que más parece un carro de combate.

Ali, que es como suelen abreviar su nombre en Estados Unidos, debutó el jueves contra los New England Patriots de la estrella Tom Brady. Era el kick off, el arranque de la temporada regular, y los Steelers sucumbieron ante los ganadores de la última Super Bowl. El jugador español ya ha dejado claro que, en caso de que su carrera futbolística vaya mal, no tiene ningún problema en retomar el servicio en el Ejército y, si es necesario, regresar a Afganistán, un lugar que de alguna manera ha determinado su forma de entender la vida, tan alejada de la que exhiben otros deportistas malcriados por el éxito y la adulación. «Cuando regresas de tu primer despliegue explicó el año pasado a la NBC, te das cuenta de que cada momento a partir de aquel día es un plus. Es como tener un accidente grave de coche. Después de eso, piensas: De acuerdo, puedo estar agradecido, esto es un tiempo extra en mi vida. Porque todo podría haber acabado aquel día».