Esperando el asombro

Tokio recoge el testigo olímpico /
Tokio recoge el testigo olímpico

La lluvia luminosa de meteoritos sobre el cielo de Tokio, que se verá a cien kilómetros de distancia, será el plato fuerte de la ceremonia inaugural, prevista para el 24 de julio de 2020

JON AGIRIANOrío de janeiro

Ahora que los Juegos de Río acaban de convertirse en pasado, se hace obligado lanzar una mirada al frente, es decir, a Tokio 2020. Lo cierto es que nada hay más apropiado que hablar del futuro cuando se trata de escribir sobre la capital japonesa, cuyos Juegos son ya una promesa de futurismo e innovación tecnológica. "Serán una gran oportunidad para que Japón asombre al mundo", declaró recientemente Hidetoshi Fujisawa, director de comunicación del comité organizador. Son palabras que despiertan una curiosidad inmediata. ¿En que consistirá el asombro?, nos preguntamos sin querer.

MÁS INFORMACIÓN

No ha sido asombroso, realmente, elegir a Doraemon como mascota. A uno le parece que ese gato cósmico sin orejas y con miedo a los ratones que regresa del futuro para ayudar a su tatarabuelo Nobita será un vestigio del pasado dentro de cuatro años, un personaje desgastado y antañón, como si Suiza albergara unos Juegos y se decantara por Heidi. Poco más o menos. Pero quizá su elección se deba a que los japoneses han querido hacer una concesión al clasicismo entre las muchas sorpresas y novedades de ultimísima generación que nos prometen.

Unas pocas ya han trascendido. La que más impacto ha tenido es la lluvia luminosa de meteoritos -en realidad, unas partículas que se lanzarán sobre el cielo de Tokio desde un satélite y se verán a cien kilómetros de distancia- que será el plato fuerte de la ceremonia inaugural, prevista para el 24 de julio de 2020. La empresa Sky Canvas lanzará en 2017 el primer satélite para probar esta nueva tecnología, pero ya ha adelantado que las partículas se desplazarán a una velocidad de 8 kilómetros por segundo y que, al ser más lentas que las estrellas fugaces, el espectáculo visual será mayor. Menos fugaz, nunca mejor dicho. En fin, que hay que empezar a olvidarse de los tradicionales fuegos artificiales. En Pekín llegaron a su cénit.

Hay otras promesas que ya flotan en el ambiente olímpico y comenzaron a trascender desde el momento mismo en que se puso a trabajar el comité organizador de Tokio 2020, en enero de 2014, cuatro meses después de que la capital japonesa fuera elegida para tomar el relevo de Río de Janeiro. Se habla, por ejemplo, de un nuevo tren-bala que convertirá los desplazamientos en un suspiro, de robots recepcionistas en algunos hoteles, de un sistema de traducción automático en los móviles, e incluso de taxis sin conductor para recorrer las calles de Tokio de la manera más segura, puntual y rápida posible.

El cronista tiende a pensar que los japoneses son capaces de cualquier cosa relacionada con el futuro, de manera que, con cuatro años de antelación, ya se prepara mentalmente para no salir de su asombro en el caso de que tenga que desplazarse a la capital nipona. Seguro que serán unos Juegos impresionantes y que los atletas japoneses tendrán una actuación estelar. De hecho, ya han empezado a preparar la maquinaria, como se demostró, sin ir más lejos, con su sorprendente medalla de plata en los relevos 4x100, quedando por delante de Estados Unidos.

El cronista, sin embargo, es de por sí contradictorio, y, ahora que Río 2016 ya es historia, se le plantea una gran duda cuando piensa en todo lo que está por venir en Tokio, en los meteoritos luminosos entrando en la atmósfera, en los trenes supersónicos, en los móviles con vida propia y, sobre todo, en los robots recepcionistas y los taxis sin conductor. La gran duda de si, después de todo, acabará echando de menos a los brasileños y, cuando llegue ese futuro tan asombroso, llegará a recordarles con un pellizco de nostalgia por su humanidad. Incluso a sus taxistas y conductores.