Dylan a pesar de los pesares

Dylan a pesar de los pesares

Más de 5.000 granadinos disfrutaron de un concierto que giró en torno a los últimos discos del artista y que evitó la mayor parte de los grandes éxitos de su discografía

PABLO RODRÍGUEZ

La de ayer fue la constatación de que el mito de Dylan está por encima de todo. El artista congregó a más de 5.000 granadinos en el Palacio de los Deportes en un concierto tibio, que giró en torno a los últimos discos y que apenas paró en las canciones más recordadas de su dilatada discografía.

Con más de tres cuartas partes del pabellón vendidas, granadinos aguardando cola desde primera hora de la mañana, un gran número de periodistas pendientes de sus pasos y una organización -la de Musiserv- sobresaliente y entregada, el ídolo alcanzó Granada subido en una ola de expectación. Rozando las ocho de la tarde las puertas se abrieron y el público entró en tromba a ocupar los asientos. El mito ya demostraba desde el primer momento la altura de su leyenda. ¿Qué estrella es capaz hoy en día de congregar en un mismo espacio a abuelos, padres e hijos? Allí estaban aguardando a Dylan, tomando fotografías de cualquier elemento que posteriormente apoyara la historia. "Sí, yo estuve en el concierto de Dylan, ¿ves?".

Mientras el pabellón se llenaba, Soleá Morente y Los Evangelistas hicieron posible el sueño de todo mitómano granadino: reunir a dos gigantes como Dylan y Morente. La banda teloneó al de Minnesota interpretando algunos de los temas del disco-homenaje al cantaor, versiones de canciones como 'Estrella' o Yo, poeta decadente' que sonaron profundísimas y rotundas. Hubo también momento para sorpresas como 'La ciudad de los gitanos' o 'Nochecita de San Juan', dos de las obras que Soleá Morente ha presentado recientemente y que estarán en su próximo disco.

Tras Los Evangelistas y un receso de 30 minutos en el que los operarios liberaron el escenario, Bob Dylan se subió a las tablas granadinos. Una ovación calurosísima le saludó como respuesta. Sin decir nada a nadie, la banda arreció y el artista rompió con dos temazos como 'Things have changed' y 'She belongs to me'. Esta primera parte del concierto mostró la parte más rockera y con más swing de Dylan. Hubo joyitas como 'Duquesne Whistle', una de esas pocas gemas de los últimos tiempos, o como 'Tangled up in blue', un clásico que el público solo reconoció en los estribillos. Dylan, oculto tras una medialuna de micrófonos que le salvaban de las prohibidas fotografías, hacía resonar esa voz árida tan personal que el tiempo y los duros juegos de su juventud le han dejado.

Pero el tiempo no pasa en balde. El mito hizo un receso de 20 minutos, una pausa que tuvo mucho de 'coitus interruptus' pero que resulta lógico si entendemos que Robert Zimmermann, el hombre que se esconde tras el gigante, tiene ya 74 años. Esa deceleración y un repertorio aún más volcado en los últimos díscos del artista terminó por llevarse el concierto por delante. Aunque en la pista la cosa fluía algo más, en las gradas afloraron conversaciones, se iluminaban las pantallas de los móviles y el calor arreciaba. Dylan afrontó el final resguardado en el piano hasta que se alzó para regresar a dos de sus clásicos, 'Blowin' in the wind' y 'Love sick'.

Sí, no era el Dylan de antaño, pero arañaba el alma de la misma manera. Es la magia de las leyendas, capaces de embaucar incluso en un concierto normal, por encima del bien y del mal. A pesar de los pesares, Dylan seguirá siendo Dylan. Se ha ganado por derecho la inmortalidad.