Claudio Martínez Mehner pone el punto y final a un gran ciclo de piano

El pianista, en plena actuación/
El pianista, en plena actuación

El intérprete hispano-alemán cerró la serie de recitales 'Beethoven con acento español' en el Corral del Carbón con las sonatas 28 y 29

ANDRÉS MOLINARIGRANADA

Nueve. Han sido nueve. Como las sinfonías del genio. Nueve sesiones en las que se han seguido de forma desordenada, pero armónica, las 23 sonatas de Beethoven. Y para poner punto y final a tan compacto y rotundo ciclo, un pianista completo, como es el hispano-alemán Claudio Martínez Mehner.

Si buena es su música no lo es menos su propia actuación ante el teclado. Tan teatral como exquisito, tan concentrado como expansivo, tan sufriente como festivo. Se inclina una y otra vez sobre el piano como si salmodiase una alabanza por poder tocar las sonatas 28 y 29 del genio de Bonn. Cabeceo casi hasta los nudillos, manos que se levantan poquísimo de la dársena blanquinegra, agilísimo arco del pulgar al meñique, repiqueteo que esquiva el aleteo entomológico para percutir casi con agresividad, algunas veces al borde del exceso, pero conteniéndose para que ese amago de agudos hirientes no llegue a mayores.

Con la número 28 aún algo frío, y eso ya es difícil en un lugar tan caldeado como el Corral del Carbón que parecía tener los trozos negros aún encendidos. Pero pronto armonioso en las fugas interiores, con sabios cruces de manos de los pocos que se permitía Beethoven en sus sonatas. Reflexivo en algunos tiempos y ligeramente enigmático en otros, desarrollando los cuatro tiempos de la sonata según las frases que apunta el autor, que este intérprete comprenderá mejor que otros al haber realizado sus estudios y sus trabajos no lejos de donde Beethoven componía al pianoforte.

Romanticismo

Para la número 29 reservó su mejor artillería. Comenzó como si atacase una 'novena' en pequeño, para luego ir dosificando los muchos enigmas que encierra la partitura, entreverados de ese jugueteo que hace honor al nombre de scherzo, y terminar con todo el romanticismo a flor de piel, sin contenerse un átomo.

Cuando iba cayendo la noche, sin amainar una décima el calor, se cerró la tapa de este piano que durante tres semanas ha sido una gratísima compañía crepuscular, tal vez lo más compacto, granado y valioso este año en el Festival.