Beethoven entre abanicos

Javier Negrín, anoche, interpretando una de la sonatas de Beethoven./
Javier Negrín, anoche, interpretando una de la sonatas de Beethoven.

El Corral se llenó de espectadores para escuchar tres de las sonatas del compositor

ANDRÉS MOLINARIGRANADA

Satisface ver el viejo fondak nazarí totalmente lleno, y con cola previa ante su puerta, para escuchar el piano de Beethoven en una tarde tórrida en la que se agradecía la espesura de los programas de mano, en papel no en contenido, para poder abanicarse un poco, los que no disponíamos de esa herramienta ahora tan necesaria. Este año el Festival ha desdeñado otras teclas, como el órgano, para abrumarnos con el instrumento negro charolado, cantarín de las 32 sonatas que escribiera para este teclado uno de los mayores compositores de la historia. Esperemos que en años sucesivos se haga lo mismo con los cuartetos u otra música de cámara, también ausente en el Festival de este año.

Pero volvamos al Corral. En su empedrado patio, muy caldeado por el ardiente y sahariano día de San Pedro, escuchamos un Beethoven acompañado por una necesaria danza de abanicos. Un Beethoven sincero, académico y bien timbrado, interpretado con solercia y escenificado con unos aspavientos que no le vienen mal al compositor alemán, interpretado con sabiduría pero sin soberbia por el pianista Javier Negrín, en un corral acorralado por el calor, sin más refugio que el pañuelo blanco para secarse el sudor, pero en nada arredrado, dispuesto a representar cada pasaje con sus manos que saltan ágiles catapultadas del teclado, tras golpearlo en el allegro o acariciarlo en el adagio.

Una perla más en este collar vespertino que unirá las 32 sonatas de Beethoven a lo largo de las tres semanas de Festival.

Tres joyas del piano

Tres sonatas en la noche calurosa pero muy cercana y popular. La número 5, en do menor, todavía arrastrando algo de barroco, escrita por un Beethoven aún joven y oyente, aún con añoranza de pianoforte, por eso los pies de Javier se mantuvieron acertadamente discretos, casi taimados, con el pedal. Ligeramente violento con las manos en algún pasaje y con una mínima equivocación, que en nada merma la mucha valía de este gran pianista. Para terminar la tarde, casi ya de noche, la sonata número 30: un Beethoven ya maduro, pleno, casi sinfónico, ahora en tono mayor, con instantes de gran belleza y extremada sensibilidad sabiamente expuestos por Negrín y desarrollados sin presunciones. Ecos de intimidad y de pasión que sólo el sordo de Bonn supo expresar con el teclado blanquinegro.

Y en medio la Pastoral. Una joya, también tono mayor, describiendo un paseo por el campo, por todos los campos de la imaginación desde la salida en allegro, pasando por el juego del rondó, para terminar en un allegro que deja el mejor sabor de boca.

El pianista, en un rasgo de cercanía comentó la idoneidad del Corral para interpretar y escuchar esta Pastoral, bajo el manto estampado de la parra, junto a la solidez metafórica de las pilastras y con los vencejos en su último vuelo del caluroso día, antes de que el crepúsculo ennegrezca su cielo y lo convierta en un gran piano hecho noche.