Hermanos de zapatillas de Loja a Salobreña

Francisco Lopera levanta el brazo en señal de victoria a su llegada a Salobreña donde le esperaban amigos y familiares. /Javier Martín
Francisco Lopera levanta el brazo en señal de victoria a su llegada a Salobreña donde le esperaban amigos y familiares. / Javier Martín

José Antonio y Francisco Lopera consiguen correr durante 24 horas. Terminaron su hazaña en la Costa con una paella para recaudar fondos contra el cáncer, la enfermedad que se llevó a sus padres

Laura Ubago
LAURA UBAGOMotril

«Mira cómo me llaman». Francisco Lopera, 46 años y dos chispas claras por ojos, se da la vuelta y se señala la espalda como los grandes futbolistas. En su camiseta pone 'El loco' y debajo hay una foto antigua de un matrimonio achuchándose y dándose un beso apretado en la cara. Son sus padres y los padres también de José Antonio. Y ellos son hermanos de sangre y de zapatillas y ayer eran, los locos corredores de las 24 horas y las piernas a punto de estallar.

José Antonio y Francisco vieron a sus padres morir de cáncer. Él falta hace seis años y ella solo uno. Por eso decidieron correr, salir corriendo de lo malo y recordarles con una hazaña épica que terminó con la cerveza corriendo de alegría.

Los hermanos Lopera llegaron ayer a Salobreña desde Loja a pie. Fueron 23 horas y media, cerca de 24, y 140 kilómetros de trayecto y casi todo el rato corriendo. Ya lo habían ensayado pero no contaban con la dureza del frío de la noche y con que sus músculos se iban a contraer y a complicar esta aventura deportiva y de corazón.

Porque todo lo han hecho con el corazón y por sus padres. Acompañados por otro hermano –mellizo de uno de ellos– y por la gente con la que salen a correr por el Azud de Vélez, ayer al mediodía, ya le iban viendo la luz a la locura de 'El loco' y de su hermano mayor (60 años), jubilado, que vive en un pueblo de Sevilla y que allí corre vinculado a una asociación (Afoprodei) que promueve el deporte inclusivo. Aunque Francisco quiera hacerse 'El loco', son gente que pone el alma en cada zancada. Pasadas la una de la tarde, la entrada de Salobreña era un hervidero para recibir a estos hermanos que habían salido de Loja el viernes a la una de la tarde.

Estaban felices, radiantes y no cabía ni un alma en el bar en el que lo celebraban. De hecho, la felicidad se expandía por la acera y se estaba creando hasta atasco por los conductores que se paraban a felicitar a los corredores.

Francisco derrochaba alegría y tickets. Invitaba a los amigos a cerveza y a paella y lo recaudado irá destinado a la Asociación Española Contra el Cáncer de Salobreña para que ayude a los enfermos como lo fueron sus padres.

Ayuda de la asociación

«Cuando aparece el cáncer una parte muy importante la hace la familia pero también la asociación desde donde viene mucha ayuda», dijo este salobreñero que trabaja de camarero en 'El surtidor' de Vélez de Benaudalla.

A Francisco Lopera le llovían ayer las fotos con los fans. «Ha sido duro pero ha merecido la pena... creo que el año que viene descansaremos», apuntó con cara de agotamiento tras esta carrera que ha durado todo un día. El año pasado la hicieron la inversa: de Salobreña a Loja y, contra todo pronóstico, ha sido más dura la bajada a la Costa... o es que de la dureza del año anterior ya no se acuerdan.

Durante el trayecto han hecho paradas cortas para hidratarse, para comer, para descansar un poco pero calculan que han corrido durante 21 horas. Ahí es nada. Por sus padres, pegados a la camiseta y al corazón, bombeando por ellos. Debajo de la foto se lee: «os queremos» y ayer, más que nunca, estaban presentes allí en la meta y en el bar, donde todo eran felicitaciones. «¡Creo que no es de oro!», bromeaba Francisco refiriéndose a una medalla que le colgaron en el pecho al llegar. «Es que me gustan mucho las bromas», expresaba ayer con la frescura del que ha pasado la noche corriendo y ha logrado su objetivo.

Cuando llegan los sentimientos a Francisco se le van cortando las palabras y le brillan los ojos bajo la luz intensa de Salobreña. La camiseta tiene otra foto por delante: se trata de Emilio Cervilla, un conocido hostelero salobreñero que falleció hace poco, muy joven, y que era el alma de la gastronomía del municipio. En las mallas lleva el nombre de su restaurante, porque le patrocinaba, y junto al corazón, la foto de este fenómeno que también ha dejado huella en el más joven de los corredores Lopera.

Y una confesión: «A mí madre no le hacía mucha gracia que corriésemos... decía que nos poníamos flaquitos». Cosas de madre. Y ahora estará mirando a sus hijos desde lo alto, velándoles en esta pasada noche de carrera y orgullosa de haberlos visto llegar a la meta. En una carrera que ellos mismos se han inventado, por sus padres, por su recuerdo, porque ya no están, pero están... en Loja y en Salobreña y por el camino.

 

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