El dueño de una vivienda de Salobreña, tras 7 meses de impagos: «No quiero el dinero, solo recuperar mi casa»

Francisco y Cristi sostienen la pancarta delante de la puerta de su casa, junto a varios vecinos que los apoyan./JAVIER MARTÍN
Francisco y Cristi sostienen la pancarta delante de la puerta de su casa, junto a varios vecinos que los apoyan. / JAVIER MARTÍN

Francisco y su hija piden a sus inquilinos que se vayan de su vivienda que alquilaron para poder irse a otra más accesible

Rebeca Alcántara
REBECA ALCÁNTARAMotril

Cuando hace dos años Purificación Peñalver sufrió un ictus que redujo su movilidad su familia se dio cuenta de que necesitaban una vivienda más accesible. Francisco Alabarce, su esposo, no dudó en poner a la venta su casa de toda la vida para buscar otra en la que su mujer estuviera más cómoda. Sin embargo, la venta se hizo imposible (aún cuelga una cartel de Se Vende en la fachada) y optaron por ponerla en alquiler para, a su vez, marcharse ellos, el matrimonio y sus tres hijos, a otro piso también de alquiler, pero con menos escaleras. Lo que no imaginaban estos vecinos de Salobreña es que siete meses después se verían en la puerta de la que sigue siendo su casa, con una pancarta, pidiendo a sus inquilinos que se marchen. Cristina Peñalver, una de las hijas de este matrimonio a la que la suerte no le ha sonreído, asegura que sólo les pagaron los 300 euros de la fianza y 50 euros más. Ni un solo recibo de arrendamiento en siete meses. Lo han llevado a los juzgados, pero son conscientes de que este tipo de casos tardan demasiado en resolverse.

«A mi ya me da igual el dinero, sólo quiero que se vayan de la casa», afirma Francisco Peñalver, desesperado. En su casa sólo entran dos ayudas sociales, la que recibe él como parado de más de 55 años, y otra de dependencia. A la enfermedad de su esposa, hay que sumarle las dificultades para sacar adelante a un hijo que padece dos síndromes y tiene un 90% de discapacidad reconocida, según afirman. Están desesperados y desde hace una semana, Francisco y su hija se pasan las tardes sujetando una pancarta frente a la que fue su casa, ahora 'ocupada' por otros. Pagan a duras penas el alquiler de la vivienda en la que residen. Y no saben qué hacer para que los inquilinos que hay en su inmueble se marchen.

«Vamos a estar aquí hasta que consigamos que se vayan», asegura Cristinta resignada. «Hemos intentado hablar con ellos, les hemos mandado varios escritos reclamando que hicieran frente a los recibos y en diciembre denunciamos el caso. Pero no quieren irse», señala. Es más, la joven dice que aunque el contrato cumple en octubre (era de un año), los inquilinos les han «amenazado» con quedarse más tiempo.

Desde las cuatro de la tarde, luzca el sol o haga frío, padre e hija se colocan con una pancarta escrita a mano en la que se puede leer: «Por causa vuestra, con tres hijos, uno de ellos enfermo, y mi mujer también, me voy a ver en la calle». Allí están hasta el final del día. Junto a ellos varios vecinos les muestran su apoyo. «Para eso estamos, no es justo lo que les está ocurriendo», aseguran algunos de ellos.

Cristina dice que no conocían a las personas a las que les alquilaron la vivienda, aunque señala que después han sabido que llevan años viviendo en el pueblo. «Nos han dicho que no es la primera vez que hacen algo similar», lamenta. Insiste en que los recursos de su familia son limitados. Estarían dispuestos a llegar a un entendimiento con sus inquilinos, pero lamenta que por el momento no ha sido posible y que tienen miedo de que al final sean ellos los que se queden en la calle, aún teniendo una casa.

Es más, lejos de marcharse, el martes los arrendatarios de esta vivienda colgaron su propia pancarta en la casa, en la que aseguraban que el inmueble se encuentra en muy malas condiciones y que además los quieren echar. Tanto Cristina como Francisco se muestran impotentes e indignados. «La casa estaba en perfecto estado, si hay algo más lo habrán estropeado ellos», señala la joven.

Padre e hija insisten en lo complicado de la situación. No sólo es que es que no les paguen el alquiler, es con los recursos limitados que ellos tienen les resulta muy complicado hacer frente al pago de la otra casa que tuvieron que arrendar.

Francisco también teme que esta situación pueda ser negativa para la salud, ya débil, de su esposa. «Todo esto no es bueno para ella. De verdad que yo ya no quiero que me paguen nada, sólo que nos devuelvan nuestra casa», indica. La familia seguiría sin poder vivir en esa vivienda, pero al menos podría disponer de ella para venderla y tener liquidez para continuar haciendo frente al otro arrendamiento o adquirir un nuevo inmueble que fuese más cómodo tanto para la mujer como para el hijo con discapacidad.

«Vamos a seguir aquí hasta que se marche», reiteran ambos, cansados e incrédulos mientras miran como la casa en la que han pasado la mayor parte de su vida está ahora cerrada a cal y canto para ellos, a pesar de ser sus dueños.

Con el cartel de 'Se Vende' colgado, la vivienda se ha convertido en una pesadilla para esta familia. Primero fueron unas escaleras imposibles y ahora unos habitantes que ni les pagan ni se quieren marchar.