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El color del cristal

Hemos entrado otra dimensión, la posmentira: nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira

MANUEL MONTEROGRANADA

Las declaraciones de la vicepresidenta constituyen un hito intelectual de envergadura. Afirma primero: «El presidente nunca ha dicho que haya un delito de rebelión en Cataluña». Le recuerdan que Pedro Sánchez lo decía en mayo. Entre sorprendida e indignada, asegura que entonces no era presidente de Gobierno. Es toda una revolución conceptual, que diluye el sentido común. ¿Posverdad? Queda superada. Hemos entrado otra dimensión, la posmentira: nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira.

Tal respuesta es de las que hacen época, marcando un antes y un después. Cambia radicalmente la comprensión de los asuntos públicos, la lógica política y el sentido de la responsabilidad. Sugiere un futuro hecho al buen tuntún: la materia con la que se construyen los paraísos.

¿En qué momento se produce la trasmutación mental, para que resulte legítimo decir diego donde dije digo? Nada indica que tal fenómeno se asocie a profundas reflexiones ni a debates políticos de enjundia, de los que no hay huella. Se colige que el momento crítico en el que el cambio de opinión queda bendecido es precisamente el del acceso a la presidencia gubernamental.

Así que ya sabemos: lo que diga un candidato no cuenta si llega al mando. Lo anterior da en concurso de frases para caer bien. No establece ofertas políticas ni compromisos, sólo palabrería de bienqueda. La presidencia es otra cosa. Cabe hacer lo contrario de lo que se dijo sin dar explicaciones. No las necesitamos, el mando es el que sabe. Por eso manda.

Entramos en otra dimensión. Sobran la memoria y las hemerotecas. «La promesa hecha fue una necesidad del pasado; la palabra rota es una necesidad del presente», dice Maquiavelo. Pero esta coincidencia no autoriza a presentar a nuestros gobernantes como maquiavélicos, cualidad que exige alguna sutileza. Lo suyo va más pueril, es una suerte de regresión a un pensamiento plano, donde el independentismo deja de ser lobo feroz y se convierte en patito feo o quienes provocan son los que van a Alsasua a protestar por las agresiones a dos guardias civiles y sus novias y no los agresores.

El color del cristal con que se mira: al parecer, en cuanto llegas al gobierno te dan unas lentes con las que ves el mundo al revés.

La fenomenal aportación de Carmen Calvo tiene consecuencias trascendentales. No es la menor el apuro que pasarán afiliados al PSOE, los que de forma algo ampulosa suelen llamar militancia, forzada ahora a un veletismo que se sostiene bien en una rueda de prensa gubernamental pero que cuesta defender en una reunión de amigos. A no ser que también hayan transmutado, convirtiéndose en unos espejos de hada que reflejan príncipes donde hay ranas.

También cambia la naturaleza del debate político. El Gobierno puede desechar cualquier crítica alegando que desde sus alturas se ven las cosas de distinta forma y que mejor no discutir. Dejan de tener sentido las promesas electorales, pues ha quedado claro que caducan en cuanto se llega al Gobierno, justo en el momento en que pueden llevarse a la práctica. «Sánchez promete cumplir el déficit», asegura el titular y el ciudadano no sabe qué significa.

Sin caer en el cinismo, cabe advertir que se está desvaneciendo el sentido de la responsabilidad.

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