Entre el mar y la ciudad, una carretera

El 15 de agosto es uno de los días más singulares y contradictorios del año. Un día festivo en la semana más festiva del año. Un día de vacaciones en el mes vacacional por excelencia. Un día que, para la gente que está en la playa, comienza con una pregunta: ¿Habrá meduas hoy?

Entre el mar y la ciudad, una carretera
JESÚS LENSGRANADA

El día 15 de agosto, las playas se la juegan. En un día tan señalado, tienen que estar a la altura. Y este verano, más amenazantes que el Poniente, las olas, las mareas, los tiburones o la resaca; son las medusas. Por eso, las autoridades competentes deberían exigir un emoticono para ellas en los móviles. Al menos, en verano. Un emoticono que rule por el güasap, advirtiendo a la gente de que no se moleste en bajar al rebalaje y busque plan alternativo o, si no hay gelatina flotante y picajosa a la vista, como ayer miércoles, encorajinándola a enarbolar la sombrilla y lanzarse a coger sitio en primera línea de playa.

Directos desde Castril, trazamos una diagonal seguida de una línea recta para empezar del Día de la Virgen en la playa. Y amaneció calmo y tranquilo. El Mediterráneo viene disfrutando de varios días de un suave levante, por lo que el agua está buena. Muy buena. Caliente, a decir de los más exagerados. Mi hermano y yo madrugamos -relativamente- y comenzamos la jornada con un suave trote que, de La Chucha, nos eleva por encima del Cabo Sacratif para llegar a la Joya. Son las 10.30 de la mañana y en el parking de la playa nudista apenas hay un coche.

Abajo, un tipo que ha pasado la noche en una tienda de campaña tiene echadas dos cañas de pescar. Esperemos que su desayuno no dependa del éxito de sus capturas, que no hay el menor movimiento en los sedales. Al fondo, tres mujeres. Parecen estar haciendo yoga. Pero no. En realidad, solo se están estirando mientras cambian de postura para seguir charlando animadamente.

Mientras trepamos de vuelta por las interminables escaleras -a la playa de la Joya se baja y se sube a través de una pasarela tan espectacular como larga y sufrida- nos cruzamos con una nutrida chavalada perfectamente pertrechada para pasar un laaaaaaargo día de playa sin que les falte de nada: más vale no olvidarse el móvil en el coche, que volver es toda una excursión.

Aunque tampoco pasa nada por dejarse el smartphone en casa. En días como hoy, por no haber, no hay actividad ni en el Facebook, que cosechar un Me Gusta es casi tan complicado como estirar la toalla sin meterte en coto ajeno de playa.

A eso de las 12, cojo la bici para ir a Calahonda, a ver qué tal. Me acuerdo de que no he desayunado y paso por el Embarcadero, pero ya no tienen tostadas a esas horas. Veo que sacan una ensaladilla rusa junto a un tercio de Alhambra Especial helado y siento una enorme tentación, pero no cedo y pido café, que el día es largo. A esas horas, la playa ya está llena. De hecho, en el Camping Don Cactus ya había un buen follón de coches, entre los que entran, los que salen y los que quieren aparcar frente a la playa.

Paro en el chiringuito Entremares, que tiene barca para asar espetos a la brasa, tanto de sardinas como de pulpo. Quiero reservar mesa para comer, pero resulta una misión tan imposible como las Tom Cruise: o estamos allí a la británica hora de las dos de la tarde... o vamos a la aventura, a esperar que se levanten unos para que nos sentemos los demás, que hoy se prevé un lleno de bandera. Y es que, parafraseando el célebre dicho de los toreros para este día tan singular, si el 15 de agosto no lo petas, ni eres chiringuito ni eres ná...

Me quedo con las ganas de espetos. Ni vamos a estar allí a las dos ni puedo ir a la aventura, que a las cuatro y media sale mi autobús de vuelta a Granada. Un ALSA semivacío: viene tan poca gente que cada pasajero disfruta de dos plazas. De esa manera, la banda sonora es el nunca suficientemente ponderado... silencio.

En Motril, en el que se percibe una vidilla propia de 15 de agosto, se suben dos señoras tras dejar sendos maletones en el portaequipajes. Vienen morenas. Y con sombrero. ¿Au revoir a las vacaciones? Otra chica se despide de su pareja haciendo el símbolo del corazón con las manos, a través del cristal. ¡Eso es emoción! En cuanto arranca el bus, la muchacha se lanza sobre el móvil e, imagino, seguirá mandándole emoticonos rojos para demostrarle que la distancia no se interpondrá entre ellos.

Nos toca hacer la ruta de los pueblos, pero da igual. Allá por donde atravesamos, el paisaje es el mismo: vacío. Como si hubiera caído una bomba de neutrones, de las que terminan con cualquier rastro de vida, pero respetan edificios, carreteras, calles y objetos inanimados.

En la Estación de Autobuses de Granada tampoco es que haya excesivo jaleo para ser el día que es. Con decirles que no hay ni una persona haciendo cola en las taquillas...

Es media tarde y no hace excesivo calor. Espero al 5, para ir al Zaidín, pero llega antes el Metro. Paso de seguir (des)esperando y me subo en uno de los vagones centrales. Lo mismo que antes: asientos para todos los viajeros y, fuera, la nada. El vacío existencial. Apenas se ve a un alma por las calles. Algún descarriao, a lo más.

¿Recuerdan ustedes esa cerveza que no me tomé esta mañana? Pues me cobré cumplida venganza por la noche, en la terraza del Nuevo Kaoba, ese bar de ahí abajo que es casi una prolongación de casa. Ese bar de toda la vida que, en los últimos meses, se ha convertido en el puerto donde echar el ancla entre correría y correría. Fue una birra expectante, a la espera de que los vampiros se hicieran visibles tras la puesta de sol.

¿Y mañana? Mañana volvemos al norte, a seguir los pasos de Indiana Jones y convertirnos en arqueólogos por un día...

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