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Un cambio histórico

Las izquierdas se escandalizan por el pacto con Vox, pero resultan incongruentes, una vez que el Gobierno socialista se sostiene con el apoyo de los independentistas y de la extrema izquierda

MANUEL MONTERO

De tanto repetirlo, lo iban desgastando. Los nuevos dueños del cotarro, la derecha vencedora, lo decían una y otra vez: el inminente cambio de la Junta tiene una dimensión histórica. Esta vez no era la retórica vacua del político: tenían razón. No hay otra circunscripción europea en la que haya mandado el mismo partido desde hace 36 años. La alternancia sanea la política y la administración. Eso sí: la novedad será como un cataclismo, por la plena identificación de la autonomía con los socialistas.

Por un momento pareció que los vencedores estaban vendiendo el oso antes de cazarlo. Habían hecho lo más difícil, ganarle las elecciones a PSOE-Podemos, pero les ha costado Dios y ayuda consumar la faena. Si no llegan a ponerse de acuerdo, el fiasco hubiese sido legendario.

Han acabado bien, pero los encargados de negociar el cambio han dado la impresión de estar muy verdes para el trance. Torpeza tras torpeza, se lanzaban advertencias y trazaban líneas rojas. Más que potenciales aliados parecían enemigos en ciernes preparándose para la pelea.

Inicialmente la palma se la llevaba Ciudadanos, siempre deseoso de sopas y sorber, aunque no pueda ser: insinuaba que con Vox ni agua. No se entendía la postura, parecían buscar un milagro metafísico, un gobierno PP-Ciudadanos sin compromiso con Vox, pese a necesitar sus votos. Se habrán quedado contentos: no un pacto a tres bandas sino dos acuerdos bilaterales. Pensarán que así mantienen su condición de alternativa nacional, pero estas cosas no son como empiezan sino como acaban.

La traca final de Vox llevó las negociaciones a otra dimensión. A primera vista, pareció antipolítica en estado puro, con barbaridades programáticas que dejarían de piedra a sus votantes. No le ha salido mal: dejó claro que no negociarían de tapadillo y el acuerdo, bastante rápido, les ha dejado la pátina de pragmáticos.

El PP ha estado más en la línea de liderar, aunque también tiene tendencia a perder las formas, reaccionar a la brava y lanzar diatribas contra sus presuntos cómplices, al margen del gusto de sus barones locales por hablar antes de tiempo, todo sea por salvar su imagen.

Los tres tenores no son para hacer amigos, pero al final han compuesto un peculiar menage à trois, tras demostrarse su mutua repugnancia.

En realidad, tras el resultado de las elecciones nadie dudaba seriamente de que habría Junta con los votos del trío. Resultaba obvio que sus respectivos electorados no los perdonarían si dejaban pasar la oportunidad de la alternancia.

Las izquierdas se escandalizan por el pacto con Vox, pero resultan incongruentes, una vez que el Gobierno socialista se sostiene con el apoyo de los independentistas y de la extrema izquierda. Ojalá se hubiese producido un acuerdo entre los partidos constitucionalistas de no apoyarse nunca en los que no lo son, pero mientras tanto no cabe la doble vara de medir, tú no puedes hacer lo que hago yo.

Los partidos que sostendrán la nueva Junta comparten un problema de difícil solución. Compiten por un electorado parecido y su prosperidad futura depende del fracaso de sus colegas sobrevenidos. No han dado la imagen de ser muy avispados, pero les toca compaginar las necesidades de gobernar seriamente con el ejercicio de la rivalidad. Es difícil, pero para retos de este tipo están los políticos.

 

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