Testimonio de un preso en Granada: «Al cambiar de nombre me pasarán a la cárcel de hombres y me violarán, pero lo prefiero a esta humillación»

Antonio es el primer hombre transexual que pasa por la casa 'Abrazar' de Alfa. / FOTO Y VÍDEO: SARAI BAUSÁN GARCÍA

La casa Abrazar para mujeres privadas de libertad ha acogido por primera vez a un transexual | Un preso en pleno proceso de hormonación y cambio de sexo cuenta las dificultades que las personas de su condición sexual encuentra entre rejas

Sarai Bausán García
SARAI BAUSÁN GARCÍAGranada

Durante su primer día en la calle, todo le sorprendía. Niños, árboles, coches. Hasta las campanas de las iglesias. Como un niño pequeño que vuelve del colegio observando todo por la ventanilla del coche, Antonio miraba cada una de las estampas, que para cualquiera son cotidianas, como si fueran las imágenes más hermosas y exóticas del mundo. Es lo que ocurre tras llevar once años sin ver nada más que los barrotes de la cárcel.

Después de dos años en los que las peticiones para salir de permiso al exterior le eran denegados una y otra vez, y con las fuerzas cada vez más mermadas, consiguió el ansiado «sí». No tenía a donde ir, recursos para costearse ningún alojamiento ni familia que le acogiera. Pero en la casa de 'Abrazar', de la Asociación Alfa, encontró la solución que tanto necesitaba.

Desde su inicio, las voluntarias de 'Abrazar', un proyecto para acoger a presas que no tienen lugar al que ir en sus permisos carcelarios, únicamente acogen a mujeres para disfrutar de sus permisos penitenciarios. Pero el de Antonio es un caso especial. Ese no es su nombre real. Y tampoco era su nombre de nacimiento. Nació con nombre de mujer, condición con la que no se sentía identificado. «He tenido que soportar muchas palizas, que mi madre me echase de casa y me dijera que no me quería ver por sentirme un niño. ¿Qué debía hacer, seguir siendo una niña cuando eso no era yo?», relata.

Sin derechos

A pesar de que había tomado algunos tratamientos de forma esporádica con anterioridad, no fue hasta su ingreso en prisión cuando empezó a hormonarse de forma continua y con un seguimiento. «Es muy duro cómo vivimos las personas como yo en la cárcel. Nos sentimos aislados y nos niegan los derechos que tenemos como personas y como transexuales. Nos tratan como si no fuéramos nada, nos denigran y nos humillan», afirma.

A eso se suma, tal y como él mismo explica, el hecho de que no cuentan con las revisiones en hospitales que necesitarían ni el seguimiento continuo que deberían tener. «He tenido que llamar en más de una ocasión a un familiar para decirle que llevo más de dos años sin ir a un médico y tomándome el tratamiento, y que me puedo estar quedando sin grasa en el hígado por lo fuertes que son estas medicinas. Es indignante», asevera.

Antonio ya tendría que estar operado, pues hace ya más de diez años que empezó el tratamiento. Pero se la 'jugaron', según explica él. «No hacen más que atrasarlo y decirme que no. Además, cuando ya tenían que operarme, me cambiaron de cárcel para no tenerlo que hacer y en los informes, cambiaron la fecha de cuándo empecé a hormonarme para que no contase el tiempo. Ahora estoy en lista de espera de nuevo deseando que llegue al fin mi momento», asegura.

No quiere que se desvele ningún dato de su identidad que pueda hacerle reconocible. Es fuerte y está acostumbrado a la lucha, pero siente miedo. El temor que lleva alimentando desde pequeño se ha acrecentado por lo que vive por parte de compañeras, internas y funcionarios de prisiones en la cárcel. «La gente como yo no ve la luz en la cárcel. Intentas ser fuerte y que, ante todo, no te vean llorar, pero que te llamen Virginia, que te llamen María, que te llamen de ella, cuando tú te sientes un Jorge, un Pablo, es duro, te dan ganas de acabar con todo y perder de vista todo este sufrimiento», comenta.

A pesar de todo, Antonio se arma de valor y se atreve a contar alguna de las malas experiencias vividas en la penitenciaría: «Ha habido una funcionaria que ha llegado a decirme delante de todas mis compañeras 'yo me lo llevaría a un módulo de hombres para que supiera lo que es un verdadero hombre', y otra que me llama por el nombre de mujer para que 'no te olvides de dónde estás metida y de lo que eres'».

Cambio de nombre

La principal lucha que tiene desde hace años es poder cambiar su nombre en los registros de la cárcel –en los que aún está inscrito con el nombre de pila– por uno de varón. Aún no lo ha conseguido a pesar de que lleva años pidiéndolo y de que hay otros compañeros en su situación lo han logrado.

Ahora se encuentra en un módulo de mujeres, pero si cambia de nombre, con total probabilidad tendría que ir a uno de hombre. «Sé que si voy a un modulo de hombres me pueden lastimar, me pueden violar y hacer mucho daño, pero lo pienso y me da igual porque ya me estoy violando yo a mí mismo por cómo me están llamando», explica dolido.

Nueva vida

De todos modos, ya tiene pensado la posible solución: un nombre mixto que se pueda usar tanto para hombres como para mujeres. Así, podría acabar con esa humillación y mantenerse en el módulo de mujeres. Desde pequeño, ha pasado por tantas cosas negativas que se sorprende de haber sobrevivido. «Para el ambiente en el que me he criado, bastante bien estoy», indica. En demasiadas ocasiones ha pensado en acabar con todo. Y lo ha intentado. Se ha tirado al tren, ha tomado lejía, pastillas, de todo. Hasta en una ocasión se fue a una casa abandonada con una bombona de butano y un puñado de mecheros. «Cuando iba a hacerlo, no funcionaba ninguno», recuerda . Pero estos cuatro días de permiso le han cambiado. No sabía que había gente que le iba a tender la mano, que le iba a levantar, que no le iba a señalar.

«Ángeles»

«Son mis ángeles», cuenta mirando con cariño a las voluntarias de Abrazar. «Ellas me miran con ternura, me escuchan, no me juzgan. Me hacen sentir como persona, que nunca lo he sentido. Esto es algo que he querido desde pequeño, el llegar a una casa y que me dieran un beso y un abrazo y no me dijeran nada malo», añade. Betty y el resto de voluntarias de Abrazar han sido sus hermanas, sus madres, sus amigas. «Esto nos da mucho más a nosotras que a ellos. Nos ayuda a ver la vida de otra forma, a fortalecernos y enriquecernos. Y a ver cómo se produce un gran cambio en ellos», relata Betty. Antonio ya está de vuelta en prisión. Pero no es el mismo que salió de allí. Su fortaleza ha crecido. Tiene algo por lo que luchar. Ahora alguien le espera fuera. Ya no está solo. Nunca más lo estará. Ha encontrado a sus ángeles.

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