«Cuando los atracadores me vieron saltar la valla se quedaron blancos»

Vicente frustró el robo de su bar al hacer frente él solo a cuatro ladrones armados

Vicente sujeta un palo mientras lo mira su mujer. / Ramón L. Pérez
SERGIO GONZÁLEZ HUESO

Vicente viste hoy una camiseta negra. Lleva un cordón de plata al cuello y cada vez que dice algo mueve mucho las manos. Es un tío nervioso. En medio de una conversación en la que le salen las palabras a borbotones se pone de espaldas y es entonces cuando se puede ver que la camiseta que lleva no es lisa, que en ella hay estampada una sencilla sentencia: «Paciencia por favor, porque los camareros no vuelan».

¿Seguro? La verosimilitud de tal afirmación la pondrían hoy en duda todas aquellas personas que vieron cómo él mismo saltó una valla como si fuera un 'ranger' para salir detrás de los cuatro individuos que osaron intentar atracar su bar. El que regenta junto a su mujer, el negocio con el que paga las facturas o da de comer a sus hijos con mucho esfuerzo. El suficiente como «para tener que aguantar que cuatro niñatos vengan un día a robarme lo poco que gano», dice. Y claro, no lo permitió.

El intento de robo

Todo sucedió rapídisimo. Eran las 1.30 horas del miércoles 14. Vicente y Alicia se disponían cerrar el bar tras una larga jornada de trabajo. Él fregaba dentro mientras ella lo hacía fuera, en la terraza, donde en una mesa estaban sus hijos esperando a que acabaran. Todo normal hasta que la mujer vio cómo se acercaban por la acera cuatro personas en dos motos que circulaban a ralentí.

Y de repente: «Se bajaron dos con cascos y pasamontañas y al instante me di cuenta de que venían a robar». Alicia salió volando en dirección a la puerta del bar, pero no le dio tiempo. En seguida estaba contra una pared y encañonada. «Lo que recuerdo es que me apuntaban con una pistola negra que brillaba mucho», dice. Mientras el de la pistola le pedía a voces que se estuviera quieta, algo que no necesitaba pues ella se quedó petrificada del susto, otro con una navaja cogió su lugar. Entonces se dirigió a su objetivo: la caja registradora. El problema que se encontró por el camino tiene nombre propio: Vicente.

Este vecino lleva varios días sorprendido. No entiende cómo se han atrevido a entrarle a robar. En el Distrito Norte hay pocos que no lo conozcan a él o a su familia, que es enorme. «Yo me crié en el callejón de la muerte», explica. Reconoce haber tenido una juventud algo revuelta. Y es por eso por lo que puede pegarse un ratito hablando de cómo diferenciar una pistola real de otra falsa. «Se equivocaron de persona», le dice un vecino justo en el momento en el que explica cuando entró en acción.

«Yo estaba fregando dentro y de repente vi un tío con la cara tapada que estaba intentando entrar en el bar», explica este granadino, que lejos de asustarse por lo que se le venía encima se dejó llevar por un impulso:«Le pegué una patada a la puerta para que no pasara». A partir de ahí Vicente y el atracador comenzaron una disputa con la puerta en medio:

-«¡Pero que es un atraco!»

- «¡Que no, que aquí no entras!»

Tras unos segundos frenéticos de conversación surrealista y riña, Vicente pensó en sus hijos, que a esas alturas estaban gritando atemorizados fuera, y empujó con todas sus fuerzas la puerta hasta que la pudo cerrar dejando fuera al 'malo'.

Algunos camareros sí vuelan

Lo que vino después fue fruto de la ira de Vicente: «No veía nada, solo bultos». Tras cerrar, el vecino salió corriendo por la otra puerta en busca de los atracadores. Cogió una silla de la terraza y saltó con ella el pequeño cercado que separa su bar de un parquecito. Aterrizó frente a los motoristas y la reacción que tuvieron fue la de huir: «Cuando me vieron se quedaron blancos». Que se fueran le permitió recuperar la visión en colores y reparar en que su mujer estaba bien.«¿Dónde estabas?», le preguntó aAlicia, que tras ver a sus hijos allí se puso a temblar de los nervios.

«No hay derecho a que nos veamos así en el barrio», señala una semana después, más tranquilo, un Vicente que empieza a enumerar los robos que ha habido recientemente en Parque Nueva Granada. El bar de enfrente o la heladería corrieron peor suerte. Alicia lamenta que no haya más vigilancia a pesar de que estos episodios se repiten casi a diario. Se siente desprotegida. «Te invito a lo que quieras si ves a un policía», añade Vicente, que no se arrepiente de lo que hizo aunque últimamente está inquieto cuando cae la noche. Solo quiere que los cojan y así dejar de sufrir cada vez que escucha pasar una motocicleta.