Arcos, el 'maestro'

José Manuel, durante unas vacaciones con su mujer y sus dos hijos. En la galería, el funeral en la Catedral al agente./IDEAL | PEPE MARÍN
José Manuel, durante unas vacaciones con su mujer y sus dos hijos. En la galería, el funeral en la Catedral al agente. / IDEAL | PEPE MARÍN

Todos los nuevos agentes querían salir a patrullar con José Manuel, un hombre con tres pilares: su familia, su trabajo y el deporte

Yenalia Huertas
YENALIA HUERTASGranada

Lo conoció en su barrio: el Zaidín. Por aquel entonces 'Jose', como ella lo llama, tenía unas melenas «que 'pa' qué». Al verlo con aquellos pelos, pensó en un primer momento «que era del Polígono». Al evocar aquella época, al recordar al joven Arcos, Raquel Pérez, su mujer, deja que las lágrimas humedezcan una triste sonrisa.

La viuda del guardia civil muerto por el disparo de un delincuente el pasado lunes en Huétor Vega recibe a IDEAL sentada en el sofá de su acogedor salón. El encuentro transcurre en torno a una mesa donde hay una vela apagada. Raquel se tapa con las enagüillas para proseguir. Vence al frío con la calidez de sus palabras y su dulzura. Explica que la llama del amor no se encendió de forma inmediata. Fue después, un día, debajo de su casa, en una heladería. Ella vivía entonces en la calle Pintor Manuel Maldonado de la capital, por la zona del campo de fútbol. Bajó a la calle y lo vio allí, y se preguntó quién era aquel muchacho. No lo reconoció. El joven Arcos se había cortado el pelo, estaba «morenillo» del verano y Raquel lo miró ya con otros ojos: con los del corazón. Un amigo los presentó y su historia juntos empezó a rodar.

Él tenía 20 o 21 años y ella 18. Se llevaban dos años y seis meses. El destino se alió con la pasión para que ya Raquel y José Manuel unieran para siempre sus caminos: ella se quedó enseguida embarazada de su hijo José Antonio, un joven espigado de rostro noble que tiene ahora 25 años. Su otra hija, Lucía, nacería tres años después en Tarragona con la misma luz que su padre tenía en la mirada y la misma fuerza interior.

Como no tuvieron luna de miel, en septiembre se fueron de crucero por sus bodas de plata

La barriga de Raquel, hija de guardia civil, empezó a crecer cuando sólo contaba con 19 años y José Manuel aún dibujaba el boceto de su vida. Él había estudiado en el instituto Juan XXIII y empezó un módulo en los Salesianos. Un día el padre de Raquel apareció con dos documentos; eran dos solicitudes para presentarse a la Guardia Civil. Una era para un sobrino y la otra se la quedó José Manuel. «Se preparó solo, no fue a ninguna academia, aprobó, entró y a raíz de ahí, toda su vida la ha dedicado a su trabajo. Y siempre juntos, nunca me he separado de él», resume su viuda.

El dolor en forma de silencio rompe en ese momento su narración, pero Raquel se recompone en unos segundos para continuar hilvanando la vida de 'Jose', hijo de un trabajador de la ONCE y una ama de casa, y hermano de dos hermanas. El agente Arcos con 23 años ya tenía los trazos de su vida definidos. Salió de la academia de Baeza (Jaén), juró bandera y sus días empezaron a girar en torno a tres ejes: su familia, su trabajo y el deporte.

Su primer cuartel fue el de La Calahorra. Allí pasó su año de «eventual» (de prácticas). Después lo mandaron a Tarragona, donde la familia residió nueve años. El siguiente destino fue Jérez del Marquesado. Allí permanecieron seis años antes de llegar a La Zubia. Donde estuvo dejó huella. Todos querían patrullar con él y los nuevos guardias civiles lo llamaban «maestro». 25 años después de ponerse el tricornio por primera vez no había perdido la ilusión por acudir cada día a su trabajo. Sentía la Guardia Civil como si llevara sus valores en las venas. «Le encantaba su profesión».

Arcos había visto el peligro de cerca varias veces. Un día de servicio, estando en Tarragona, un ciudadano magrebí le sacó una navaja. Él la esquivó ágilmente. En otra ocasión, intervino para impedir que un muchacho se quitara la vida en un tren. Pero sin duda, una de las actuaciones más relevantes que protagonizó fue localizar a una niña perdida en el monte. Estaba ya destinado en Jérez del Marquesado y se recorrió toda la sierra hasta que dio con ella. La encontró él y siempre que lo rememoraba decía «que se lo había dicho su padre». Su progenitor ya estaba en el cielo, junto a 'Fernandillo', un guardia civil asesinado por ETA al que consideraba su segundo hijo.

«Le habían propuesto para muchas medallas y nunca se la dieron», revela Raquel. Su rostro se torna serio y cambia el tono de su voz, porque cree -y así quiere que se sepa- que la distinción que recibió su marido a título póstumo debió llegar antes, en vida, porque se lo merecía. «Ha tenido que pasar esto para que le den una; lo veo injusto». También quiere pedirle algo al ministro del Interior que cuide a los hombres de verde y les procure todo lo que les hace falta para estar protegidos a la hora de vestir el uniforme y salir a la calle para velar por la seguridad del ciudadano.

Arcos y Raquel eran conscientes de que su profesión le hacía estar continuamente expuesto. El domingo de su último servicio, como siempre que se marchaba a trabajar, Raquel le repitió, sin saber que sería la última vez, la frase con la que acostumbraba a despedirle: «Jose, ten cuidado». Sobre las cinco de la mañana sonó el teléfono. Antes de descolgar supo que algo había pasado. Pese a todo, no ha dejado que el rencor se apodere de ella. Espera que la justicia actúe, simplemente, y que la persona que lo ha matado reciba el castigo que merezca.

Amigos

No hay manos para contar los amigos que José Manuel hizo antes de llegar al puesto de La Zubia, antes de regresar a su barrio para ubicar su hogar. Ya en Granada, instaló a su familia en un piso que un día fue de su abuela y que con mucho esfuerzo compró y reformó. «Era un padre diez; ha vivido para sus hijos, para que no les faltara nunca de nada, para su bienestar, para su formación y ha estado siempre encima de ellos», señala orgullosa Raquel. Germán, Palomares, Rubio, 'Foronda', José Javier, Juanjo, Ortega, María Ángeles, Ana Belén... son sólo algunos nombres propios de esa amistad que cultivaba sin esfuerzo.

El ciclismo llenaba las horas en las que Arcos no estaba trabajando o con su familia. Su hija incluso llegó a estar celosa de su bicicleta. Fundó, junto a su amigo del alma, Germán García, la peña de los 'Riders'. También estaba en otras, como 'Cien son pocos' o 'Barranco hondo', y a veces salía con los veteranos. Le gustaba irse con ellos. Se subía a la bici cada vez que podía; no era un aficionado de fin de semana. «Y cuando sabía que tenía que hacer una carrera, no paraba». Era fuerte: las tres operaciones de tobillo que tuvo no le frenaron en sus retos sobre dos ruedas. Llegó a fotografiarse en el Tourmalet, donde suben los grandes, como él era.

José Manuel y Raquel contrajeron matrimonio justo antes de que él se fuera a la academia. Se casaron el 4 de septiembre de 1993 y él ingresó tres días después. No pudieron disfrutar de una luna de miel, no tuvieron viaje de novios. Por eso, el pasado mes de septiembre, con motivo de sus bodas de plata, 'Jose' y 'Raquelilla' -o 'nena' o 'chete', como él la llamaba cariñosamente-, se fueron de crucero por el Mediterráneo.

Ya en el barco, ella promovió una sorpresa en el comedor para celebrar públicamente su 25 aniversario. Tras la comida, los camareros irrumpieron en la mesa con una tarta tan generosa como la sonrisa con la que él la recibió. La tripulación les cantó «aniversario feliz» y uno de los comensales se encargó de grabar aquella escena. Raquel la conserva como oro en paño en su móvil. Su cara se ilumina mientras lo muestra a la periodista y observa el beso de película en el que se fundieron los dos al final.

El ocio familiar era un no parar. Desde que los niños eran chicos, los cuatro iban juntos a todas partes. José Manuel jugaba al fútbol en Tarragona y Raquel y los niños siempre iban a verlo. Luego José Antonio siguió sus pasos con el balón y la familia tampoco se perdía sus partidos. El fútbol era el otro deporte preferido del agente, que podía presumir también de ser «un buen pelotero», según su amigo Palomares. Forofo del Barcelona, como sus hijos y su padre, vivía intensamente cada encuentro. Su progenitor murió hace diez años y una de las últimas carreras que completó fue por la lucha contra el cáncer, la enfermedad que se lo llevó. La terminó pese a tener placas de pus en la garganta y fiebre. «Reto conseguido», comunicó al llegar a meta a Raquel, que nunca dudó de que lo haría.

El relato de la mujer se quiebra al enlazar el pasado con el presente: «Empezamos muy jóvenes y muy joven me ha dejado y muy joven se ha ido él». Al pronunciar esta frase, la ausencia de Arcos invade la estancia y tiembla el alma de Raquel, que saca fuerzas para completar este recorrido de sus vivencias junto a él para que esta sea la semblanza más bonita del mundo, para que se conserve en la hemeroteca para siempre y para que en un futuro todos sepan a través de estas líneas quién fue Arcos, 'Jose' o 'José Manuel', ese guardia civil con chispa, valiente, solidario y servicial, que todo lo hacía con ilusión y con maestría.

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