A los ángeles

El caos reina en la autovía de Granada tras el choque de siete vehículos y entonces, entre las lágrimas, este momento. No esperemos a que sea tarde para reconocer su trabajo

A los ángeles
PEPE MARÍN
JOSÉ E. CABRERO

Reconozco los rizos del niño. La carretera, también. Creo que llevo toda la vida pasando por aquí, en coche. Al principio mis padres nos llevaban al pueblo y me mareaba siempre. Ahora soy yo el que llevo a los niños con los abuelos. Y, en el fondo, me sigo mareando. Como los rizos del niño, en un bucle perfecto que me lleva adelante y atrás todo el tiempo. Pero la foto me ha paralizado. No creo que sea cualquier foto. Es una foto que merece verse lentamente, en primera, como el padre que estudia, una y otra vez, la primera foto que tomó con su móvil en el paritorio.

Uno de mis maestros en el periódico me enseñó que «las desgracias son muy fotogénicas». Desde entonces, hace ya unos años, me vienen a la cabeza sus palabras cada vez que hay un suceso. Esta semana, sin ir más lejos, la familia de José Manuel Arcos, el guardia civil asesinado en Granada, me rompió en mil pedazos. A quién no. Pero en las fotos también veo entereza. Veo honra. Veo el dolor y veo un impulso invisible que les hace mirar hacia arriba, con orgullo, como si dijeran «no habrá nadie mejor».

Un día más tarde, siete vehículos chocan en la autovía. Siete heridos. Las imágenes de los coches, reducidos como folios desechados en una papelera, son mareantes. Hay ropa esparcida por la carretera, capós partidos, víctimas desconcertadas, médicos atendiendo a pacientes en el suelo, restos de una bici e, incluso, una nube negra que parece acompañar la tragedia. Y entonces aparece la foto: un guardia civil sostiene en sus brazos a un niño. Tiene media sonrisa cómplice y los ojos, que no se ven, aguantan las lágrimas. A su lado, un bombero apaga los miedos del zagal con una bondad contagiosa.

Fotogénica, ya lo creo. Y maravillosa. Las dos manos uniéndose en los rizos del niño, como si fueran un fresco de la Capilla Sixtina. Creando un punto de luz, un punto de fuga, al que agarrarse con fuerza. Porque saber que ellos están siempre da paz. Todas esas personas que nacieron con la vocación de ayudar y servir a los demás. Esas personas que, en el peor de los momentos, ofrecen la mano y el alma.

Estos días he escuchado que el reconocimiento a José Manuel Arcos está siendo excesivo. Y una mierda -perdón-. Nos estamos quedando cortos. Deberíamos reconocerles todos los días, antes de que no lo puedan escuchar.

Qué mareo. Esos rizos, esa cabeza, son iguales que los de mi hijo. Gracias.

(Y por si no quedaba claro, mi ovación para Pepe, el fotógrafo)

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos