«Yo alucino»

La elección de Luis Salvador como alcalde de Granada causó estupor, nadie logró nunca tanto con tan poco: solo cuatro concejales

Luis Salvador, en el momento de la toma de posición del cargo./RAMÓN L. PÉREZ
Luis Salvador, en el momento de la toma de posición del cargo. / RAMÓN L. PÉREZ
Carlos Morán
CARLOS MORÁNGranada

Quien afirmó que todo es posible en Granada no hablaba por hablar. Nunca nadie había conseguido tanto con tan poco en la reciente historia de la política municipal de la capital: Luis Miguel Salvador García es el alcalde de Granada pese a formar parte de un grupo de solo cuatro concejales. Ahí queda eso.

Como siempre ocurre en estos casos, hubo pitonisos expertos en predecir el pasado que aseguraron que ellos ya lo sabían, pero la impresión general era de sorpresa y estupor en la Casa Consistorial. Ni el socialista Francisco Cuenca ni el popular Sebastián Pérez: el óscar fue para el ciudadano Salvador.

El desenlace fue tan raro que la gente abandonó el Ayuntamiento de Granada con esa cara que se queda después de ver una película de arte y ensayo muy recomendada por los críticos, pero que el común de los mortales es incapaz de entender.

«Yo alucino», decía una joven mientras atendía al discurso del nuevo alcalde –que tuvo el demérito de ser un pelín largo y el mérito de ser improvisado– en una de las 'teles' instaladas en el patio municipal.

«¿Pero este es el que ha ganado?», preguntaba otro vecino con gesto de pasmo. No, no había ganado. Quedó el tercero en las elecciones, pero fue el que sumó. El PP y Vox le dieron su respaldo. Las razones que llevaron a esos dos partidos a adoptar tal decisión, a tenor de lo que se comentaba en los mentideros de la villa, daría para un novelón de capa y espada, traiciones y venganzas, desamor y pasiones desatadas. Si alguna vez se llegan a conocer todos los entresijos de la 'operación Salvador', seguramente no será para tanto, pero daría el pego como miniserie de tres o cuatro capítulos.

El público dejó las dependencias municipales con ese rostro que se le pone a los que montan en una atracción de feria muy vertiginosa y, en lugar de admitir que se han mareado, intentan caminar sin hacer eses al regresar a tierra. Para que luego digan que la política es aburrida.

Y ese estado de ánimo incluía a los propios concejales, lo cual induce a sospechar que algunos de ellos no se terminaban de creer lo que acababan de hacer.

A mayor abundamiento, en las sillas reservadas para los familiares de los electos había personas que no tenían ni idea del desenlace de la trama, lo que demuestra que los implicados supieron mantener el secreto. Y es cosa digna de resaltar porque en la política, más pronto que tarde, todo se filtra.

Otro hecho curioso fue que la derrota, que lo normal es que sean solitarias, de Francisco Cuenca, cuya candidatura fue la más votada el pasado 26 de mayo, estuvo bastante más concurrida que la victoria de Salvador. Varias decenas de compañeros de partido, familiares y amigos le brindaron una calurosa despedida al grito de: «¡Alcalde, alcalde!» Yel ya exregidor repartió abrazos y besos por doquier.

En cambio, la salida de su sucesor fue más tranquila. Como Cuenca, dio y recibió cariño de sus seguidores, pero no eran demasiados. Cs, todo hay que decirlo, es un partido más pequeño que el PSOE.

Salvador, que fue durante años representante socialista, también recibió algún abucheo. «Esto es un fraude», se lamentaba un anciano. Turbado por el mosqueo, presumiblemente olvidó que todo es posible en Granada.