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Alimentos

Me gustaría pensar que los que aspiran a gobernarnos están preocupados por el sufrimiento de tantas personas, y que saben cómo atajar el proceso imparable de la creación de pobreza, aunque tengo mis dudas

Mª DOLORES F.-FÍGARES

Mientras los políticos apuraban sus últimas fuerzas de campaña, mientras se celebraba la jornada de reflexión, durante la cual poca gente reflexionó, por lo que hemos visto después, sino que muchos pulsaron resortes ocultos que parecían superados, en todo el país se llevaba a cabo la operación de recogida de alimentos no perecederos, a cargo de miles de voluntarios, reclutados por una organización no gubernamental, el llamado banco de alimentos, una de las muchas que trabajan por paliar los duros efectos de la pobreza y el infortunio de miles de personas que habitan aquí cerca. A veces, las realidades se cruzan, se encuentran en un punto y siguen su curso divergente, que las separa y las lleva a mucha distancia unas de otras.

Aunque el egoísmo o la ceguera mental de mucha gente no lo quiera ver, los que conocen la dolorosa realidad saben que hay en España mucha gente que pasa hambre, así, como suena. En Granada y su provincia se calcula que son cuarenta mil las familias necesitadas, usuarias de los comedores sociales, beneficiarias de las ayudas que proporcionan las asociaciones de acción social, que proliferaron cuando arreciaba la crisis y siguen sintiendo que son necesarias, porque lo comprueban cada día. Que la crisis no se ha terminado lo saben muy bien las personas que se remangan y dedican tiempo a hacer algo para que el sufrimiento y la angustia disminuyan. Lo saben tan bien, que hasta elaboraron una especie de 'lista de la compra' que incluía meriendas y desayunos, alimentos infantiles de todo tipo, legumbres cocidas y conservas de toda clase. Y piden que sean cocidas porque muchas familias tienen dificultades para cocinarlas.

Se comprende que acudieran más de tres mil los voluntarios a echar una mano en la labor de recogida en cuatrocientos supermercados granadinos, grandes superficies, pequeños, comercios... El sistema es eficaz: sale la gente de hacer la compra, con sus carros o cestas cargados de artículos y algunas personas, bastantes, entregan lo que pueden y salen con una sonrisa, pues compartir, ayudar, practicar la generosidad hace bien.

Todos somos conscientes de que estas acciones de beneficencia solidaria no solucionan los problemas de fondo que afectan a nuestra sociedad, en la que las desigualdades son cada vez más llamativas. Pero al menos auxilian a quienes acusan sus efectos más inmediatos, porque esas necesidades existen y es vergonzoso que, al lado de esta realidad, se produzca el escandaloso despilfarro que sueñe acompañar a las fiestas que de navideñas tienen cada vez menos y vienen a ser solo las fiestas del consumo desaforado.

Me gustaría pensar que los que aspiran a gobernarnos están preocupados por el sufrimiento de tantas personas, y que saben cómo atajar el proceso imparable de la creación de pobreza, aunque tengo mis dudas. Que no se enreden en sus filias y fobias y sean capaces de ir a lo que importa que es que seamos todos un poco más felices, especialmente los que lo tienen más difícil.

 

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