«El MIR lo acabé en 2018 con 60 años; es un 'lifting', te rejuvenece»

La doctora Gómez-Caminero, en su lugar de trabajo./PEPE MARÍN
La doctora Gómez-Caminero, en su lugar de trabajo. / PEPE MARÍN

Tres décadas después de terminar la carrera, desempolvó el título y se sometió a una severa dieta de once horas diarias de estudio durante meses para ejercer la Medicina

Carlos Morán
CARLOS MORÁN

Seguro que hay otros galenos con la misma vocación por la Medicina que María Victoria Gómez-Caminero Martín-Peñasco (Valdepeñas, Ciudad Real, 1957), pero es imposible que haya alguno que tenga más. Tras estudiar la carrera en Granada allá por los años 80 del siglo pasado, aparcó el título para dedicarse a la construcción... de una familia numerosa: tiene cuatro hijas. Fue una elección «libre». Tres décadas después, jaleada por esa misma familia, desempolvó el diploma y se dispuso a hacer el MIR a una edad en que la mayoría de las personas empiezan a acariciar la idea de jubilarse. Como estaba «desentrenada», se autoimpuso una dieta de once horas diarias de estudio que se prologó durante unos 20 meses y logró el objetivo: ser médica interna residente. Sus compañeros eran veinteañeros, pero la brecha generacional nunca fue un problema. Al contrario. La integración fue absoluta: «Me invitaban a los cumpleaños, a los barriles...».

Maruja, que es como la conoce todo el mundo, acabó la residencia con 60 años y ahora trabaja como médico de urgencias en el Hospital del PTS. Diríase que quien inventó el refrán «nunca es tarde si la dicha es buena» estaba pensando en ella.

–¿Cuántos años pasaron desde que se licenció en Medicina hasta que decidió hacer el MIR y ejercer?

–Casi treinta años. El MIR lo acabé el año pasado con 60 años. El examen lo aprobé en 2014.

–¿ Y por qué esa 'elipsis'?

–Porque el que iba a ser mi marido se licenció en Derecho y sacó las oposiciones de secretario judicial en cinco meses y con un numerazo. Teníamos 24 años y nos planteamos casarnos. Entonces no era como ahora, que las parejas se van a vivir juntas. Y nos casamos. Yo terminé la carrera ya casada. Y si yo me ponía a ejercer, pues nos hubiéramos tenido que separar por sus destinos como secretario judicial (luego superó la oposición para acceder a la carrera judicial y hoy es magistrado). Y elegí que no me separaba de mi marido, que iba ir con él a donde fuera. Fue una elección libre. Me acuerdo que un 8 de marzo una reportera me preguntó que por qué no trabajaba. Le dije que yo sí trabajaba, pero que había elegido libremente tener un señor que trabajase para pagarme mis caprichos. Siempre me molestó mucho que me dijeran que no trabajaba por no estar ejerciendo la medicina, porque en casa te hartas de trabajar. No está reconocido, pero se trabaja... No te aburres.

–Antes de retomar la medicina, trabajó como docente en Cruz Roja, ¿fue un acicate para desempolvar el título?

–La docencia era algo que no había barajado nunca, pero me metí en Cruz Roja y había cosas tangencialmente relacionados con la sanidad, pero que sí tenían que ver con lo que a mí me gustaba. Daba cursos de primeros auxilios. Aquello me motivó y mi hija mayor y mi marido me jaleaban para que hiciera el MIR. Así que cuando acabó el contrato con Cruz Roja, fuimos dando un paseo hasta el Colegio de Médicos, nos informamos, recogimos el temario para el examen del MIR sobre la marcha y empecé a estudiar al día siguiente.

–¿Siempre estuvo convencida de que acabaría trabajando de médico o perdió la esperanza en algún momento?

–Soy una mujer de cortos plazos. No me planteo las cosas a un futuro muy largo. Pero cuando iba al hospital porque estaba ingresado mi padre, yo me decía: 'Algún día tengo que trabajar aquí'. Era una cosa que me ilusionaba. No es que tuviera un empeño loco, pero jamás lo descarté. Así que cuando surgió la oportunidad, la cogí. Y pude hacerlo gracias a la cooperación de mi marido. Fue fundamental. Si no, no hubiera podido sacar tiempo para once horas diarias de estudio. Estaba muy desentrenada y había técnicas de diagnóstico con las que no estaba familiarizada... Si no llega a ser por la ayuda de mi marido, con cuatro hijas en la casa y mi suegra que vivía con nosotros, hubiese sido imposible.

«Nunca miraron la edad que tenía. Me invitaban a los cumpleaños, a los barriles...»

–¡Once horas diarias de estudio!

–A ver, yo era el Maracena Club de Fútbol y estaba jugando con el Barça en la 'Champions'. Los chavales con los que competía eran los mejores de cada clase, las mejores notas... Así que tenía que echar toda la carne en el asador.

–¿Durante cuánto tiempo estuvo sometida a esa dieta espartana de estudio?

–El primer año me quedé cerca de la nota, pero gracias a Dios no la saqué: hubiera sido algo temerario, porque tenía que reciclarlo todo. Y al siguiente año ya sí saqué la nota para hacer el MIR sin problemas.

–¿Cuál era la edad media de sus compañeros de MIR?

–Veinticuatro años, veinticinco... Algunos eran más jóvenes que mis hijas mayores.

–¿Y qué tal llevó esa brecha generacional?

–¡Genial! No te puedes figurar lo bien que me acogieron y me trataron. Nunca miraron la edad que tenía. Me invitaban a los cumpleaños, a los barriles...

–¿También a los barriles?

–Sí, sí, sí... Contaban conmigo. Lo que pasa es que yo iba, me tomaba una cerveza o dos y me volvía a casa. Siempre he sido una persona muy sociable y muy abierta. Igual al principio estuve un poco..., no sé, pero fue solo durante un par de semanas.

–¿Sigue viendo a sus compañeros de MIR?

–Sí, tenemos grupos de Whatsapp y luego he coincidido con ellos en las rotaciones por las especialidades.

–¿Qué aprendió de ellos?

–Infinidad de cosas. Te pueden enseñar todo: ganas, frescura, empuje... Una maravilla, es como un 'lifting'. Te rejuvenece. Estuve rodeada de muy buena gente.

–¿Y qué les enseñó usted?

–Creo que lo único que les enseñé es que ellos podían, que tenían la fuerza y podían hacerlo. Si yo fui capaz, ellos podían.

«Yo era el Maracena Club de Fútbol y estaba jugando con el Barça en la 'Champions'. Los chavales con los que competía eran los mejores de cada clase, las mejores notas... Así que tenía que echar toda la carne en el asador»

–Y para acabar de arreglarlo, ha terminado ejerciendo en las urgencias de Hospital del PTS, ¿no había una especialidad más sosegada?

–Yo elegí Medicina de Familia porque me gusta mucho la gente, me gusta tratar con la gente. Soy un animal social. Y la Medicina de Familia te permite un contacto muy directo con las personas. Pero tenía que plantearme irme fuera de Granada para poder ejercer la Medicina de Familia, porque esta ciudad es un dulce y no todos podemos trabajar aquí. Yo elegí entonces las urgencias en el hospital. Es una especialidad que requiere mucha actividad. Tienes que ver a muchos pacientes, pero agobiarse no sirve de nada. Hay que regularse.

–¿Qué es lo más bonito que le ha ocurrido hasta ahora?

–Una vez, a primera hora de la tarde, llegó una señora muy arreglada y me empezó a contar que su hijo le quitaba el dinero, que si tal, que si cual... Y se empeñó en que se venía a mi casa. Me decía: 'Doctora, la espero fuera y me lleva con usted', ja, ja, ja. Fue curioso... Y muchas veces hay gente que está pasándola mal y te piden permiso para darte un beso. Es bonito.