«Nos encerró en una nave, se llevó los DNI y no nos pagó nada»

David sentado en el portal de un edificio prefiere no mostrar el rostro para evitar represalias./
David sentado en el portal de un edificio prefiere no mostrar el rostro para evitar represalias.

Un universitario relata las condiciones de esclavitud vividas junto a un amigo cuando fueron reclutados para recoger almendras

JOSÉ RAMÓN VILLALBA

David tiene 26 años. En este curso finaliza sus estudios universitarios de Derecho y Ciencias Políticas, los cuales va superando año tras año con una nota media de notable. No sólo estudia. También trabaja, cuando puede, para conseguir ingresos económicos que le permitan costear su vida en Granada. Él viene de Valencia. En ese afán por sobrevivir, llamó semanas atrás a un particular anunciado en la web de 'Milanuncios', quien ofrecía trabajo recogiendo almendras en la comarca del Poniente.

«A mí me llega la beca en el mes de enero y necesitaba algo de dinero para aguantar hasta entonces. Por esa razón decidimos probar suerte con este trabajo, un amigo y yo». Los dos universitarios contactaron por teléfono con el individuo, que no les habló de dinero, pero sí de alojamiento. «Hombre, esto no es un hotel pero tendréis lo básico para alojaros», les espetó el capataz. Dicho y hecho.

«Llegamos sobre las cinco de la tarde al pueblo y preguntando fuimos a dar con la nave donde nos esperaba este hombre». La primera sorpresa fue el aviso del capataz: «Nos dijo que si queríamos comer, no fuéramos al pueblo, que era muy caro. Le teníamos que dar el dinero a un primo suyo y él nos traería la comida. Para ducharnos, él nos llevaría a los baños de Alhama una vez por semana y para hacer nuestras necesidades teníamos el campo». Esa fue la tarjeta de bienvenida. «En ningún momento nos dijo lo que íbamos a ganar».

La primera orden fue la de ponerse a limpiar la nave. «Empezamos a quitar cosas, a barrer, a preparar las mallas para coger almendras al día siguiente. Y para colmo nos dijo que nos teníamos que hacer de un palo para varear las almendras, él no nos lo iba a facilitar», señala la víctima de este tipo de explotación laboral.

Una vez terminada la faena de esa primera tarde, el capataz - «un hombre mayor del municipio de Arenas del Rey»-, les dio nuevas instrucciones. «Necesito vuestros documentos de identidad para llevarlos a la gestoría, antes de irme y cerrar la nave. Si escucháis algún ruido manteneos en silencio y cuando vayamos a recoger almendras mañana permaneced siempre en silencio sin hablar con nadie y menos con la Guardia Civil. Si tenéis que orinar lo hacéis en un cubo', nos dijo». El capataz se marchó, cerró la nave con llave y a partir de ese momento los dos amigos comenzaron a hablar sobre qué estaba ocurriendo. «Pasamos la noche encima de dos colchonetas sucias, compartiendo espacio con los animales que allí tenía y sin ventilación alguna». El capataz les dijo que vendría sobre las ocho de la mañana para empezar a recoger almendras.

Aguantaron la noche

Aguantaron esa noche, pero a primera hora, pasadas las seis de la mañana comenzaron a llamar a sus padres. «La madre de mi amigo contactó con la esposa del capataz para que fuera a abrirnos la nave y esta le dijo que ya iba, pero viendo que no venía decidimos llamar al servicio de emergencias del 112, quien mandó a los Bomberos y a la Guardia Civil hasta la nave. Antes les habíamos enviado la ubicación a través del móvil». Los agentes del instituto armado pasaron por la casa del capataz para recoger la documentación y las llaves. «Nos abrieron, les contamos lo que había y les dijimos que queríamos denunciar. Nos dijeron que lo hiciéramos en Granada y no allí. También vimos cómo en todo momento querían quitarle gravedad a lo ocurrido», narra David.

De allí se fueron sin cobrar ni un euro y sin ver al capataz. «Nos costó dinero pasar por esta experiencia tan mala. Para mí ha sido la peor prueba psicológica que he pasado en toda mi vida. Nos encerró en la nave, se llevó los DNI y no nos pagó nada. Con los nervios y con las ganas de salir de allí, me dejé olvidadas las lentillas, un cepillo eléctrico para limpiar los dientes y otros útiles de aseo». David y su amigo, antes de volver a Granada decidieron informarse en el pueblo de quién era el capataz que los contrató: «Nos dijeron que solía dedicarse a coger a indigentes o personas muy necesitadas para trabajar y después no les pagaba».

Los dos denunciantes están a la espera de ser llamados a declarar en sede judicial. «Si ya de por sí es duro tener que trabajar para poder pagarte los estudios, pasar por estas condiciones de esclavitud es ya lo último. No se lo deseo a nadie». David sigue buscando un trabajo eventual.