El cibercazador, 'cazado'... por una madre

Leire revisa un teléfono móvil./
Leire revisa un teléfono móvil.

Una granadina cuenta cómo contribuyó a la detención del depredador sexual que acosó a su hija y a otras niñas en Internet

CARLOS MORÁN

Como hacía prácticamente a diario, el depredador sexual salió de caza por Internet, pero esta vez se topó con la persona equivocada y acabó entre rejas. Es probable que el tipo hubiera ido envalentonándose a medida que pasaba el tiempo y cada vez se atrevía a más, enseñaba más. Y, aunque nunca bajo la guardia del todo, cometió un error. En una de las fotografías de su cuerpo desnudo que envió a una de sus víctimas, una niña de doce años de Granada, exhibía un objeto personal muy exclusivo, tanto, que fue el hilo del que tiró la Guardia Civil para capturarlo. Mostró demasiado y eso le costó la detención y la cárcel -sigue en prisión provisional a la espera de que se celebre el juicio-.

Pues bien, la persona que ayudó a conseguir la pista decisiva -la imagen que delató al acosador- fue Leire -no es su nombre real-, la madre de la chiquilla afectada. Esta es la historia de lo que esa mujer pensó, sintió e hizo para proteger a su hija y otras chicas de su misma edad que también estaban siendo hostigadas por el 'hombre de los caramelos' de Internet.

Alarma y dos llamadas

Todo empezó un mañana de invierno de 2014. Leire, como hacía habitualmente, estaba revisando los contactos que había establecido la niña a través de la popularísima aplicación whatsapp. «Para mí eso no es espiar ni violar su intimidad, porque es una menor y tengo la obligación de velar por su seguridad. Y también estoy obligada a vigilar que ella no haga nada malo a otras personas. Eso lo tengo muy claro. Por eso controlo el móvil que usa ella, que es mío, y por eso, de vez en cuando, miro a ver qué tiene en los cajones de su habitación», descarta Leire que esas inspecciones supongan una vulneración de los derechos de su hija, sino todo lo contrario.

Los consejos de Leire

Protección e intimidad

Revisar los móviles: «Si nuestros hijos son menores de edad, estamos obligados a protegerlos. Y si para protegerlos hay que revisar los teléfonos móviles que usan -que, por cierto, son nuestros- o registrar sus cajones, pues se hace. Eso no es violar su intimidad. Eso es velar por su seguridad y vigilar para que no sean ellos los que cometan infracciones, que también puede pasar».

¿Cómo reaccionar?

No culpabilizar a los niños: «Si tenemos la mala suerte de que un hijo o una hija se ve involucrada en un tema de estos de acoso, lo último que hay que hacer es culpabilizarlos. Primero, porque no son los culpables, sino las víctimas, y, segundo, porque pueden asustarse y no colaborar en la investigación».

Obtener pruebas

Hay que imprimirlo todo: «En estos casos, es muy importante obtener todas las pruebas que sean posibles. Yo imprimí las conversaciones con las fotografias para evitar el riesgo de que pudieran perderse lo que había en el teléfono móvil».

Denunciar

Contactar con las fuerzas de seguridad: «Parece una obviedad, pero para erradicar el ciberacoso, sea escolar o sexual, hay que denunciar, contactar de inmediato con las fuerzas de seguridad, con la Guardia Civil o la Policía Nacional, porque puede haber otros niños que estén en peligro».

El caso es que Leire estaba a punto de finalizar el examen del teléfono que utilizaba la niña y no había encontrado nada raro..., pero entones saltó una alarma dentro de su cabeza: sus ojos acababan de toparse con un 'avatar' -la foto que acompaña al perfil de whatsapp- que le dio mala espina. Nunca antes lo había visto. Quizá por eso se preocupó. O igual fue porque la imagen era inocente, inocua..., un balón y nada más. «Yo qué se, sería ese sexto sentido que dicen que tenemos, pero aquello no me gustó», recuerda.

No le falló el olfato. Estaba a punto de entrar en una pesadilla. «Enseguida me di cuenta de que había conversaciones, o mejor dicho, partes de conversaciones que habían sido borradas. Y en la última, mi hija decía algo así como 'Déjame en paz, tío 'pesao'» detalla el inicio de una investigación que, aunque ella aún no lo sabía, iba a conducirla hasta un ciberdepredador sexual.

Lo siguiente que hizo Leire fue llamar al número de teléfono que aparecía en el contacto sospechoso. «Me cogió un adulto que hablaba raro y me alarmé todavía más. Tenía acento extranjero y era evidente que no era granadino ni andaluz. Le dije que me había equivocado y colgué. Para tranquilizarme, pensé que igual ese hombre era el padre de un niño y que ese niño era el que se hablaba con mi hija. No quería ni pensar que fuera un pederasta o algo así», indica. Pero lo cierto es que ese temor ya había anidado en ella. Por eso, esperó un tiempo prudencial y volvió a telefonear. Tenía la esperanza de escuchar una voz infantil. pero no, respondió la misma persona de antes.

En cuanto su hija llego a casa, Leire le pidió explicaciones: «'¿Qué está pasando aquí?', le dije intentando que no se sintiera culpable, porque, evidentemente, ella no tenía culpa de nada. Esto es muy importante, porque si reciben una bronca igual se cierran y no dicen nada», aconseja.

Poco a poco, la chiquilla fue sincerándose y Leire asumió ya sin excusas que estaba ante un ciberacosador. Pero no esquivó el problema y se propuso hacer todo lo posible para facilitar la captura del cazador. En este sentido, animó a su hija a que se comunicase con él. «Le mandó un mensaje hablando de los deberes escolares», rememora Leire. Instantes después, llegaba al móvil una fotografía de un hombre desnudo. «Así de golpe, sin más ni más. Me quedé helada. Todavía me pongo a temblar cuando lo recuerdo», describe.

Sin embargo, se sobrepuso y le pidió a su hija que solicitara al acosador una foto en la que se le viera la cara. «Le puso que a lo mejor era feo y por eso no quería enseñar el rostro». El depredador reclamó a cambio una instantánea de unas bragas. Y la tuvo, pero seguía sin mostrar sus facciones, que era lo que pretendía Leire para poder denunciarlo sin dejar ningún cabo suelto.

Nada. El sujeto no mordía el anzuelo..., pero envió más instantáneas y esa fue su perdición. En una de ellas, enseñaba un objeto singular, especial, raro... De inmediato, Leire imprimió todo para tener pruebas documentales de lo ocurrido y fue «corriendo» al cuartel de la Guardia Civil de su localidad, ubicada en el área metropolitana de la capital.

Los agentes del instituto armado, que ya estaban trabajando en el caso, se pusieron manos a la obra y, un par de semanas después, el sospechoso era detenido en una ciudad del norte de España.