«Creo que hay una conexión entre el flamenco y los mayores»

Iván Centenillo lee IDEAL a algunos de los mayores de la residencia en la que trabaja./
Iván Centenillo lee IDEAL a algunos de los mayores de la residencia en la que trabaja.

Iván Centenillo, cantaor y trabajador social

RAFAEL LAMELAS

Iván Centenillo es, ante todo, una persona inquieta, que a nada dice que no. Desde niño le gustaba la música, pero no fue hasta los 17 años cuando decidió empezar a formarse como cantaor. Desde entonces arrancó un ritmo frenético, entre tablaos, instruyéndose hasta capacitarse para formar incluso a otras personas sobre el flamenco. En paralelo, le brotó de manera natural las ganas de ayudar a los más mayores. Para ello también se preparó y ahora tiene dos trabajos, dos vidas. Una transcurre en una residencia; la otra, entre palmas. A veces, se cruzan.

Su vida ha dado muchos tumbos hasta llegar al momento actual.

Cuando terminé la Selectividad, me planteé estudiar Periodismo, pero como siempre me ha costado mucho romper con Granada y esta carrera no se podía cursar aquí por la vía pública, me quedé. Lo mismo me pasó con Arte Dramático. Estoy muy aferrado a la tierra. Entonces entré a trabajar en una editorial como comercial durante tres años. La venta puerta a puerta se fue haciendo compleja durante lo más crudo de la crisis y me ocupaba todo el día. Yo ya estaba ligado al flamenco pero esta exigencia no me permitía trabajar en tablaos. Cuando me marché de la editorial sí me involucré más con el cante. Como tenía tiempo libre por la mañana, sopesé hacer alguna carrera, para no perder el tiempo. Una amiga mía estaba estudiando Trabajo Social. Me gustó y me matriculé.

Así empezó el camino hacia otra profesión distinta.

Hice las prácticas en Peligros, con mayores. Ya tenía un vínculo con ellos porque me habían llamado en días significados para hacer unos cantes. Hablé con la directora y le pregunté si tenía inconveniente en que las prácticas se concertarán allí. Tenía muchas ventajas, pues me pillaba cerca de casa, les conocía y tenía buen trato. Así empezó todo.

¿Cómo irrumpe el flamenco en su vida?

Desde pequeño me gustaba la música, pero el flamenco fue con 17 años. Relativamente tarde, si nos ponemos en comparativa con otros artistas de la tierra que arrancan de niños, por tradición familiar. Yo tengo antecedentes musicales, pero en el flamenco, ninguno. Mi padre tocaba la batería en los 70. Me formé con Juan Pinilla, Curro Albayzín, Curro Andrés... Toda una generación de maestros granadinos. Me presenté a algunos concursos de flamenco, obtuve algunas distinciones, hasta ya conseguir algunos premios.

¿Qué premios han sido?

Conseguí el primer puesto en el concurso de Los Montes, el Desencaja (organizado por el IAJ) y la Brújula del Canto: un premio online en el que presenté algunos temas de mi disco.

¿Sólo canta flamenco?

Ahora estoy probando otras cosas dentro de un nuevo proyecto de fusión: lo hemos intentado con el flamenco-copla, versiones de Lucía, otros temas conocidos..., pero con el registro del flamenco siempre.

¿Ha llegado a vivir solo del flamenco?

Hasta ahora sí. Lo que pasa es que cuando ya te formas en una carrera universitaria parece que se te abre más el abanico de posibilidades. Quizás con el tiempo lo que haga es filtrar para no hacer todas las actuaciones, que antes era mi único método de subsistencia, y se las delegue a un compañero.

Si entra por la mañana a trabajar en la residencia, ¿a qué hora termina en el tablao?

Sobre la medianoche. A veces, un poco más tarde. No me queda mucho margen para dormir. Además, soy de esas personas que ya está despierta cuando va a sonar la alarma. Parece que mi cuerpo lo intuye. Cuando es fin de semana, no hay tanto problema.

¿El cante es una cuestión de técnica, de corazón o de experiencia?

Lo importante en el flamenco es la afición; lo demás se aprende todo. No hay ningún secreto en el cante, aunque digan que con esto tienes que nacer. Obviamente necesitas tener oído y unas cualidades, como una voz que te responda. Pero el ritmo, los palos... Todo se aprende. El 50% del flamenco es improvisación, no hay partitura ni nada. Hay una estructura que todos conocemos y sobre ella actuamos. El tablao te hace crecer artísticamente porque es tan completo que cubres todo: técnica, respiración... También sucede que te estanques por hacer siempre lo mismo. Por ello hay que estudiar también otros cantes y a otros cantaores.

¿De dónde saca el tiempo?

Me agobio mucho, pero al final lo saco todo adelante. Antes de los coros ya había dado clase en la Escuela Municipal de Granada. También en la Corrala de Santiago en la UGR, participando en un grupo de estudios flamencos con otros catedráticos, a través de Juan Pinilla. Hicimos una peña universitaria de la que soy presidente. Todo es organización, desde por la mañana. Y a veces volverte loco, porque con frecuencia llevas un estrés de vida con el que pienso que no debería de coger tantas cosas, o que hay gente a la que le debería decir que no. Pero me llama la gente y yo quiero estar bien con todo el mundo. O quizás es que mi personalidad es así, de esa manera. Tengo suerte, porque al final lo saco.

¿También compone?

Alguna cosa he hecho. Por ejemplo, el himno del equipo de mi pueblo, el Vandalia de Peligros.

¿A dónde van sus metas?

La verdad es que ahora me dedico a vivir el presente. No me cierro a nada, porque tengo muchísimas propuestas, que estudio. En el futuro me gustaría afianzarme en la residencia y crecer en la música.

¿Los abuelitos le siguen pidiendo que cante?

Sí, claro. A veces los disfrazo. Yo creo que disfrutan. Hay 30 residentes y unos 20 están bastante mal, por algunas enfermedades. Es duro, pero dentro de mi carrera me ha llamado siempre la atención porque creo que hay una conexión entre el flamenco y los mayores tras haber ido a muchas residencias a cantar.