El legado de Antonio

El legado de Antonio

Jiménez Torrecillas nos ha enseñado que el buen hacer en la vida y en la profesión son posibles, y que con ello podemos y debemos redimirnos y salvarnos de la mediocridad opresiva que nos rodea

EDUARDO ZURITAGRANADA

Es difícil superar el gran golpe moral de perder a un colega y amigo como Antonio Jiménez Torrecillas. Hay acontecimientos a los que no se encuentra adecuada explicación por más que se quiera uno resignar ante los caprichosos trazos del destino y su injusto reparto de fortuna.

Que Antonio era un arquitecto excelso y que nos ha dejado grandes muestras de su Arquitectura con una mayúscula para nada impostada- es evidente. De la grandeza de su trayectoria profesional han dado cumplida cuenta dos artículos maravillosos de mis colegas Elisa Valero, en la edición del miércoles de Ideal, y Ricardo Hernández, en la del periódico Granada Hoy de la misma fecha. No cabe añadir más a dos anotaciones tan hermosas y brillantes. La calidad, ternura y hondura de ambas reflexiones merecen una relectura que aconsejo encarecidamente.

Permítanme que mi reflexión sobre Antonio se oriente desde una visión más personal. Que utilice mis experiencias compartidas con él, limitadas en número pero siempre intensas en emociones, para evocar su figura y reivindicar su legado. Necesito escribir de él, de lo que me ha dado, como a tantos otros.

Conocí a Antonio en el colegio que compartimos, los Maristas de Granada, aunque lo hiciéramos en cursos diferentes, dado que él era un año mayor que yo. Los encuentros deportivos entre clases permitieron enfrentarnos en aquel campo de tierra en el que nos divertíamos practicando fútbol. Era Antonio un estilista en este deporte, sutil como luego lo sería ejerciendo su profesión, lábil con su complexión delgada pero amante de ganar el espacio con regates certeros y pases profundos.

Él ya atisbó entonces mi tremenda afición por este deporte, y mi acérrimo seguimiento del club de la ciudad. Con el tiempo siempre gustaría de estar en contacto con las noticias del Granada a mi través, conocedor de mi inquebrantable seguimiento del mismo en los años aciagos de las divisiones inferiores donde sólo unos poquitos continuábamos con la lealtad inquebrantable a la causa rojiblanca. Estoy seguro que admiraba sinceramente esa fidelidad, pues él siempre la profesó en actitudes vitales y estéticas que mantuvo con acierto y brillantez.

Durante la carrera tuvimos un contacto esporádico, pues el transcurso de los estudios de arquitectura nos llevaron por caminos siempre separados aunque cercanos en el tiempo. Fue con el ejercicio profesional donde se acentuaron los contactos y se empezaron a definir afinidades y campos comunes de discusión y entendimiento.

Los encuentros con Antonio siempre fueron fructíferos. Admirador de sus obras y de su valiente actitud de toma de riesgos desde la sensibilidad, de apuesta inquebrantable por la poética de lo vernáculo desde el lenguaje de la contemporaneidad, la que pone en valor lo mejor de la tradición en la arquitectura, compartí con él conversaciones y experiencias. Yo siempre permanecía atento a la enseñanza que se derivaba de sus obras, desde las que Antonio fue cada vez hablando más claro y más fuerte, dirigiéndose con amabilidad a todos aquellos que querían escucharle, aunque algunos se empeñaran en permanecer sordos.

La actitud creativa en la proyección arquitectónica siempre conlleva grandes riesgos. Aunque Antonio hacía parecer fácil lo difícil, sencillo lo complejo, la hondura y honestidad de su obra no siempre fue bien comprendida en esta ciudad. Esos momentos también fueron compartidos, y nos unieron definitivamente en una amistad que se profundizó a partir de experiencias comunes en cuanto a la recepción de críticas acervas provenientes de conspicuos representantes locales de asociaciones civiles e instituciones. En esos amargos momentos donde la incomprensión de algunos atosiga al proyectista, y el silencio de muchos produce un vacío pesante, el apoyo mutuo estableció lazos definitivos de cariño entre ambos.

Antonio siempre actuó en dichos momentos con la elegancia y dignidad que se reflejan en sus obras de madurez, de las que el Centro Guerrero y la Muralla Nazarí son espléndidos ejemplos. Ni una sola palabra aciaga le escuché contra sus detractores, especialmente activos en el caso de la intervención en la Muralla. A Antonio le bastaba para replicarles mostrar sus obras. El reconocimiento de sus compañeros y de la crítica nacional e internacional para los dos mencionados proyectos constituyó la mejor y más definitiva de sus réplicas y el gran punto de inflexión para una producción cada vez más rica y valorada que sólo la enfermedad ha sido capaz de detener.

Amante del ciclismo, con una figura espigada y delgada propia para dicho deporte, la bicicleta fue compañera de algunas de sus aventuras por los paisajes granadinos que tanto amaba, de las que me daba también buena cuenta. De esos paseos en bici y de su buen dominio de la fotografía de derivaba su delicada y culta visión de la Vega de Granada, que constituyó una fuente de inspiración para sus obras y un tema de preocupación común que también nos uniría aún de manera más perdurable, siendo el propio Antonio el animador de la profundización de mis investigaciones en dicha materia.

Sus últimos años, con una actitud de lucha valiente y optimista ante el terrible mal que le sobrevino, fueron la última gran lección de Antonio para mí. Siempre atento a los demás, en nuestras conversaciones telefónicas y breves encuentros se preocupaba por el devenir de mi trabajo de tesis, y sobre las preocupaciones que palpitaban en la profesión y en la ciudad. Hace pocas fechas me encargaba llevar un presente a un amigo y colega común con motivo del enlace matrimonial de éste cuando ya las fuerzas le daban para muy poco. Pero Antonio se daba siempre a los demás, y supo hacerlo hasta el último momento, viviendo siempre con la intensidad que sólo un gran hombre puede hacer todos los minutos de su generosa vida.

Recordaré a Antonio como el hombre triunfador, ganador con esfuerzo y amabilidad de todas sus carreras. Como el gran ciclista que en cada puerto de montaña demarró con fuerza y estilo dejando con sus obras a una gran minutada al pelotón de los mediocres que no querían que se escapara. Porque él era el líder, el que merecía el maillot de campeón, el que triunfaba desde el respeto a todos, incluso a los gregarios y los malos corredores.

Antonio nos ha enseñado que el buen hacer en la vida y en la profesión son posibles, y que con ello podemos y debemos redimirnos y salvarnos de la mediocridad opresiva que nos rodea. Capaz de crear obras de arquitectura que forman ya parte del patrimonio edilicio de su ciudad, lo hizo con la amabilidad y la sonrisa que él llevaba de serie, trascendiendo lo meramente local para hacerlo universal, superando siempre los estrechos límites del páramo cultural en que ha decaído la Granada de sus amores desde hace ya demasiados años.

Ese es el legado de Antonio, su gran lección, la esperanza que su paso por nuestras vidas nos deja, la de que siempre desde la sabiduría, la amabilidad y, sobre todo, desde la poesía, es posible encontrar una oportunidad para la verdadera creación arquitectónica, como la que él supo producir para hacer mejor nuestras vidas, para llenar de vibrantes texturas y colores una ciudad que otros miserables se empeñan en hacernos gris.

¡Un abracico, Antonio!

Eduardo Zurita Povedano.

Arquitecto.

Profesor de Construcciones Arquitectónicas de la Escuela de Arquitectura de Granada.

Amigo de Antonio Jiménez Torrecillas.