Tesoros dormidos bajo el mar

Las costas de Granada guardan un rico patrimonio arqueológico subacuático, pero no hay planes para investigarlo

INÉS GALLASTEGUIGRANADA
Tesoros dormidos bajo el mar

Las guerras, los abordajes piratas y las tempestades del pasado dejaron un reguero de barcos hundidos en nuestras costas. Y en ellos, muertos, joyas, enseres y armas, pero también respuestas. Los yacimientos arqueológicos subacuáticos conservan durante siglos, en agua salada, detalles sobre la forma de vivir y morir de nuestros antepasados romanos, fenicios, árabes o cristianos. La costa de Granada, relativamente breve, es rica en restos de naufragios, con el desastre de la flota de Armada Española de 1562, con 25 navíos hundidos, como principal enigma. La mayor parte del litoral granadino disfruta de cierto grado de protección frente a las obras de construcción, el expolio y los 'piratas' modernos, los cazatesoros. Sin embargo, no hay planes para investigar más a fondo esos restos en un futuro próximo.

El Centro de Arqueología Subacuática (CAS), dependiente de Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico de la Junta de Andalucía, fue creado en 1997 en Cádiz con el objetivo de prestar atención a los yacimientos arqueológicos más desconocidos: los sumergidos. «Desde siempre la arqueología subacuática se ha vinculado al hallazgo casual, al tesoro y a la piratería -explica Carmen García Rivera, jefa del CAS-. Pero la información que dan estos yacimientos es tan valiosa como la de los terrestres. La diferencia es que requiere técnicas diferentes, una titulación específica en buceo y un instrumental complejo».

Esa es la razón por la que en Granada apenas hay arqueólogos subacuáticos. «En la Universidad de Granada no ha habido tradición, ni tampoco tenemos los medios», explica Francisco Contreras, director del departamento de Prehistoria y Arqueología. Solo ahora una investigadora ha enfocado su tesis doctoral sobre piezas de época fenicia procedentes de naufragios: ha sido enviada al Centro de Arqueología Subacuática de Gerona, el más importante de España junto a los de Cartagena y Cádiz.

El primer proyecto del CAS, aún abierto, fue la elaboración de una carta arqueológica que recogiera toda la información sobre patrimonio submarino realizada hasta entonces, de cara a proteger las zonas más interesantes y, a partir de ahí, diseñar estrategias futuras de investigación.

Como resultado de aquellos trabajos, el CAS delimitó y la Dirección General de Bienes Culturales inscribió en el Catálogo General del Patrimonio Histórico 56 zonas arqueológicas -donde hay constancia de la presencia de pecios- en las costas andaluzas. Además, declaró otras 42 zonas de servidumbre arqueológica, más amplias, en las que se supone que hay yacimientos -por referencias documentales y orales- pero no hay pruebas materiales.

La protección jurídica de la que gozan estas zonas implica que cualquier proyecto de obra -construcción de nuevos puertos, dragados para recuperar la canal de navegación o arrecifes artificiales- debe ser revisado por la Consejería de Cultura, que, en caso de necesidad, establecerá las cautelas arqueológicas adecuadas. También supone que ningún particular ni empresa privada puede extraer y llevarse restos de esas zonas.

En Granada, la Junta declaró en 2009 zona de servidumbre arqueológica la comprendida entre Cerro Gordo y el Cabo Sacratif e incluyó como zonas arqueológicas Cerro Gordo y la Punta de la Mona.

Lourdes Márquez, documentalista del CAS, realizó hace unos meses un informe sobre el patrimonio arqueológico subacuático de Granada en el que recordaba que, durante la antigüedad, nuestra costa era la confluencia de las rutas de navegación oriente-occidente y por ella pasaban naves griegas, fenicias y púnicas. En la época romana hizo acto de presencia la piratería, pero las mismas rutas se mantuvieron hasta el periodo nazarí y tras la dominación cristiana, cuando la zona se volvió insegura a causa de los saqueos y sublevaciones, lo que dio lugar a la construcción de un sistema de vigilancia y defensa formado por torres costeras.

La isla de Salobreña

Tampoco el litoral era, desde un punto de vista físico, igual que ahora. En primer lugar, se trataba de un mar rico en fauna y flora, frente a la degradación actual, y la línea de la costa se dibujaba muy distinta: Almuñécar era una península entre los ríos Verde y Seco y el Peñón de Salobreña, una isla, pero la colmatación causada por el Guadalfeo 'rellenó' el paisaje.

En la Punta de la Mona, y en concreto en la Cueva del Jarro, se sospecha de la presencia de uno o varios pecios por el hallazgo en los años 70 y 80 de numerosas ánforas romanas y púnicas, pero el «hallazgo más espectacular» fue una coraza de bronce griega o fenicia que reproduce un torso desnudo. Sin embargo, en las prospecciones realizadas por el CAS en febrero del año 2000 constataron «la inexistencia a nivel superficial de restos arqueológicos, quizás debido al continuo expolio de yacimiento».

El informe alude también a referencias orales de diferentes hallazgos de ánforas en otras zonas de la costa de Granada: frente al Peñón de Salobreña, en la playa del Tesorillo, en La Herradura y en la playa de las Azucenas de Motril. Por desgracia, la mayoría de estas piezas han acabado en manos de particulares.

El informe del CAS se detiene en el naufragio de la Armada Española liderada por Juan de Mendoza en La Herradura el 19 de octubre de 1562. No deja de ser misterioso que, pese a la magnitud de la tragedia, en la que se hundieron 25 galeras y murieron unas 5.000 personas en la parte este de la bahía, junto a la Punta de la Mona, no queden apenas rastros materiales de las consecuencias de aquella brutal tormenta. Hay testimonios orales de que se extrajeron «yelmos, arcabuces, vasijas y otros restos», pero la información no pudo ser confirmada. «Ninguna de las inmersiones realizadas en el área ha dado como resultado el hallazgo de materiales arqueológicos datables en el siglo XVI», subraya Márquez.

«La zona de La Herradura -explica Carmen García Rivera- requeriría la realización de proyectos de investigación extensivos con uso de nuevas tecnologías, como el multihaz y el sónar de barrido lateral, que ofrecen una especie de radiografía del fondo marino. Hasta hace relativamente poco quien prospectaba eran los arqueólogos buceando y barrían zonas muy pequeñas».

Aunque existen numerosos testimonios documentales de lo ocurrido en la bahía -no en vano, hubo cerca de 2.000 supervivientes y tres galeras lograron salvarse de la tormenta- nunca se ha localizado el lugar exacto donde reposan los 25 pecios. Puede ser porque el mismo viento que destrozó los navíos al golpearlos contra las rocas facilitó que se los tragara el mar a cierta distancia de la costa, o porque después de 450 años los restos se han mimetizado con el fondo. Así lo apunta Lourdes Márquez: «Por ejemplo, cuando un cañón de hierro se sumerge, se oxida y va creando unas concreciones de organismos vivos, algas, moluscos... que hacen difícil su detección».

«Yo también me pregunto por qué no hay ni rastro del naufragio», asegura Eduardo Cabrera, arqueólogo del Ayuntamiento de Almuñécar. El especialista recuerda que con la madera de los barcos «se construyó la primera ermita de La Herradura», pero, salvo algunas piezas detectables «a primera vista» en las playas, no se tiene noticia de nada más. «Los barcos iban cargados de oro y de material bélico porque iban a abastecer a la flota de Orán y a pagar a los soldados allí», recuerda.

La batalla de Trafalgar

Cabrera explica que tanto en el Museo Arqueológico de la ciudad costera -en la Cueva de Siete Palacios- como en el de Granada -cerrado por obras desde 2010- se encuentran piezas procedentes de los fondos marinos. En su mayoría, asegura, se trata de piezas entregadas por buceadores. «En los años 60, 70 y 80 hubo mucho expolio», reconoce. Como ejemplo, recuerda que del naufragio de La Herradura apenas hay hallazgos materiales, pero sí se sabe que en casas y colecciones privadas hay «espadas, dagas o cascos» que fueron encontrados en las playas, a poca profundidad, y que nunca han sido objeto de investigación científica.

Desgraciadamente, los dos especialistas con los que cuenta ahora mismo el Ayuntamiento de Almuñécar tienen suficiente trabajo haciendo el inventario de todas las piezas halladas en los yacimientos de la localidad sexitana. «No se había hecho nada en 30 años», justifica Cabrera.

En todo caso, el arqueólogo advierte que, si no hay medios para afrontar prospecciones y excavaciones, es más inteligente proteger las zonas arqueológicas y esperar tiempos mejores. Las posibilidades de expolio y piratería ahora son bajas, asegura, porque la zona es vigilada a diario por las patrulleras de la Guardia Civil que controlan la prohibición de la pesca de arrastre y la inmigración ilegal.

Carmen García Rivera reconoce que, hasta ahora, el CAS se ha dedicado a «conocer, proteger y conservar más que a investigar», aunque ha habido excepciones, como el Proyecto Trafalgar, en el que se han localizado los pecios de los navíos de la flota francoespañola 'Bucentaure' y 'Fougueux'.

«En este momento es difícil llevar adelante proyectos de envergadura en el campo de la investigación y mientras no tengamos garantías de que vamos a poder investigar de una manera científica y garantizar que los materiales que recuperemos se conserven -porque son bienes de dominio público-, no es conveniente iniciar un proyecto», asegura la directora del CAS.

A los pecios les toca, pues, seguir durmiendo bajo el mar.