Mariano Fortuny, el artista total

Sus vestidos de seda plisada Delphos, una segunda piel revolucionaria en medio de la encorsetada moda de principios del siglo XX, siguen viéndose hoy en las alfombras rojas en los cuerpos de modelos y 'celebrities'

INÉS GALLASTEGUIGRANADA
Mariano Fortuny, en su mesa de trabajo en la biblioteca del Palazzo Orfei, en torno a 1940./
Mariano Fortuny, en su mesa de trabajo en la biblioteca del Palazzo Orfei, en torno a 1940.

Pintor, grabador, fotógrafo, escenógrafo, experto en iluminación teatral, diseñador de lámparas y muebles, creador de telas y trajes e inventor. Todo eso era Mariano Fortuny (1871-1949), un genio de vida apasionante y apasionada, granadino de nacimiento pero más admirado y reconocido en Italia, Francia o Estados Unidos que en su propio país. Sus vestidos de seda plisada Delphos, una segunda piel revolucionaria en medio de la encorsetada moda de principios del siglo XX, siguen viéndose hoy en las alfombras rojas en los cuerpos de modelos y 'celebrities'.

El galerista e historiador del arte Guillermo de Osma acaba de rescatar en un libro, 'Mariano Fortuny, arte, ciencia y diseño', la figura enigmática de este artista. Se trata de una bella edición de Ollero y Ramos que revisa y mejora el texto que escribió en 1980 en inglés. Entonces lo impulsó a investigar y difundir la figura de Fortuny el hallazgo de unos grabados de tema wagneriano de Fortuny en la Calcografía Nacional y el descubrimiento de que el personaje era casi un desconocido en España.

Más de treinta años después, la figura de Fortuny ha sido rescatada del olvido a través de exposiciones, publicaciones, homenajes y desfiles de moda, como la pasarela que se desarrolla cada año en Granada. Sin embargo, el libro de De Osma desvela aspectos menos conocidos del creador, a través de un texto ameno y bien documentado y una excelente colección de fotografías y reproducciones de cuadros en color. «Incluso en vida, Fortuny fue considerado una especie de enigma y muchos de sus secretos, sin duda, murieron con él. Se habló de él como 'un mago', 'un alquimista', 'un soñador', 'un hombre del Renacimiento', 'un genial hijo de Venecia'... pero nunca hubo un verdadero intento de justificar esas descripciones», recuerda el biógrafo en el prefacio. Fortuny era un mago, sí, pero no como fruto de un 'abracadabra', sino resultado de su talento natural y de horas, días, años de estudio y trabajo incansable.

Mariano Fortuny y Madrazo nació en Granada casi por casualidad. Su padre, Mariano Fortuny y Marsal, catalán, era un artista de prestigio internacional y su madre, Cecilia de Madrazo, hija y hermana de pintores. El matrimonio y su primera hija, María Luisa, vivían entre Roma y Londres, pero al estallar la guerra francoprusiana se instalaron en Granada, en la fonda de los Siete Suelos (hoy Hotel Washington Irving). El padre, apasionado del orientalismo, se sentía feliz pintando al aire libre, alejado de los compromisos que le imponía su fama. Allí nació Mariano hijo. Pero solo un año después, al estallar la tercera Guerra Carlista, regresaron a Roma. Tras la inesperada muerte del padre, la viuda y sus dos hijos, con una fortuna de la época, se trasladaron a París y, a partir de los 18 años, a Venecia, donde el joven Mariano fue educado en los secretos del dibujo, la pintura y el grabado.

Fascinado por la ciencia

Su pintura, «el aspecto menos sobresaliente de su trabajo», es sin embargo clave para comprender sus otras facetas. Al mismo tiempo que se formaba como artista, Fortuny estaba fascinado con la ciencia y la técnica. Era un artista total, al que le gustaba ser protagonista de todo el proceso, desde la preparación de los materiales hasta el último detalle: «Se convirtió en pintor autosuficiente: él fabricaba sus propios colores y pigmentos, estampaba sus grabados, inventó su propio papel fotográfico, diseñaba lámparas y muebles para su casa, construía teatros y escenarios, desarrolló maquinaria para la impresión de sus tejidos, confeccionaba sus trajes y encuadernaba sus libros».

Con un físico imponente -medía 1,82 y tenía los ojos azules-, Mariano Fortuny mantuvo siempre una estrecha relación con su madre y su hermana, en cuyos salones del Palacio Martinengo de Venecia discurría una interesante vida social. Pero el comienzo de su periodo mas creativo coincidió con su traslado al Palazzo Pesaro degli Orfei, ubicado en el distrito de San Marcos, en 1899. Al principio alquiló un estudio en la buhardilla, mientras el resto del edificio estaba ocupado por otras familias, pero poco a poco lo fue comprando hasta ocuparlo por completo.

El paulatino abandono del hogar materno coincidió con el inicio de su relación con Henriette Negrin, una divorciada francesa que no gustaba a Cecilia de Madrazo y con la que, tras convivir durante dos décadas, se casaría en 1924. No tuvieron hijos. Henriette fue, además de su pareja hasta la muerte, una colaboradora competente en la que Fortuny delegaba gran parte del trabajo con telas y vestidos.

Su amistad con el literato Gabriele D'Annunzio, además de granjearle relaciones con otros intelectuales y artistas afincados en Venecia, le descubrió el mundo de la escenografía teatral, uno de los campos en los que tuvo una aportación más destacada. Tras un viaje a Bayreuth, la iluminación teatral le apasionó -«¿Conoce usted algún misterio más bello que la electricidad?», escribió- hasta el punto de que inventó una estructura que cubría el fondo de la escena como una bóveda celeste donde se proyectaba una luz difusa coloreada y graduada. Fabricó, patentó e instaló en diferentes teatros este revolucionario sistema de iluminación, conocido como la cúpula Fortuny.

El vestuario teatral abrió un nuevo campo de interés para su insaciable curiosidad e inventiva. Mariano Fortuny padre ya era aficionado a las telas y tenía una preciosa colección que su viuda conservó -en su mayoría- y que, con el tiempo, pasaría al hijo, que la enriqueció. Su presentación en sociedad como creador de telas y trajes tuvo lugar en 1906 en un espectáculo promovido por la condesa de Bearn en el que las bailarinas de la Ópera de París llevan los velos Knossos de Fortuny: se trata de sus primeros experimentos con seda estampada. Son una mezcla de toga y sari de más de 4 metros de largo por 1 de ancho con dibujos geométricos, soles, estrellas, plantas y animales inspirados en el arte minoico.

A raíz del éxito del vestido Delphos y tras su mala experiencia en la instalación de sus cúpulas para teatros con AEG, Fortuny decidió llevar las riendas de todo el proceso. Fundó su propio taller textil de telas y trajes, primero en el propio Palazzo Orfei y, a partir de 1920, en una fábrica en la isla de Giudecca. También tenía tiendas propias y representantes en todo el mundo. Fueron de gran ayuda en la difusión publicitaria sus admiradores famosos, como el dramaturgo y político Gabriele D'Annunzio, la bailarina Isadora Duncan, la actriz Sarah Bernhardt o el novelista Marcel Proust, que a lo largo de 'En busca del tiempo perdido' vestía a su heroína Albertine con una sensual túnica Delphos.

Tras la Primera Guerra Mundial, cambiaron las formas de producción: la factoría se traslada del taller a la fábrica y, aunque en los vestidos sigue empleándose la seda y el terciopelo, los tejidos decorativos se realizan en algodón. Los años treinta fueron difíciles para Fortuny. Suscribió un acuerdo con una decoradora norteamericana, Elsie McNeill, que se convirtió en su socia, amiga y continuadora de su labor hasta 1994.

En 1933 empezó a trabajar en la escenografía de 'La vida breve' de Manuel de Falla, en la que rinde un sentido homenaje a su ciudad natal. Sus exposiciones de pintura en los años siguientes tuvieron éxito de crítica, pero apenas ventas.

La Segunda Guerra Mundial empeoró aún más las cosas. A las dificultades económicas se sumaron la prohibición de importar seda japonesa y terciopelo, y la carestía del algodón. El bloqueo a Italia por parte de los aliados obligó a cerrar la fábrica.

Mariano Fortuny y Madrazo murió en 1949. Su mujer, Henriette, ofreció el Palazzo Orfei al Estado español a cambio de que lo transformara en un centro cultural. El régimen de Franco rechazó la oferta, que, en cambio, el Ayuntamiento de la ciudad de los canales aceptó entusiasmado. Hoy todo el mundo lo conoce como el Palazzo Fortuny.