Arte jondo ablancas y negras

El piano flamenco de Dorantes emociona a un Palacio de Carlos V donde volvió a repetir, tras el año pasado, el cantaor onubense Arcángel juntoa la sorpresa deMarina Heredia

JOSÉ MANUEL ROJASGRANADA
Dorantes mira a los músicos que lo acompañan durante el concierto de anoche en el Palacio de Carlos V. :: GONZÁLEZ MOLERO/
Dorantes mira a los músicos que lo acompañan durante el concierto de anoche en el Palacio de Carlos V. :: GONZÁLEZ MOLERO

¿Aperturismo cargado de pureza? Es difícil de explicar lo que está haciendo Dorantes desde el piano flamenco pero sí bastante sencillo de afirmar que transmite emotividad a cualquier aficionado a la música, más allá de que sepa distinguir una caña de unas alegrías. Su concepto de estar sin recargar y de conjuntar instrumentos sin la necesidad de sobresalir hacen de este sevillano un músico difícil de catalogar dentro del universo concertista de teclas blancas y negras.

Sin Muros, su último trabajo discográfico, recoge todas estas premisas con el apoyo de algunas de las mejores gargantas actuales. Para la noche de ayer, contó con la colaboración de Arcángel. Un regalo de lujo para una velada que empezó con la bambera Atardecer. Sin duda, una introducción perfecta para un viaje musical que nos llevó por sonidos de diferentes culturas siempre con el flamenco como nexo de unión inequívoco.

Ecos de Oriente y Occidente presentes en una pieza libre como es Ante el espejo o que se intuyen en Errante, un título por tangos que parece hacer referencia a las idas y venidas del pueblo gitano por el mundo. Hasta el momento, lo vivido instrumentalmente era lejano, como un viaje transoceánico, siendo la camaradería de Marina Heredia fuera de programa con Dorantes por granaína y media lo que volvería a recordar el trabajo de otros genios cercanos geográficamente hablando pero lejanos con respecto sus niveles de jondura.

Tía Marina Habichuela y Tomás Pavón sonaron a gloria en la voz de la cantaora granadina, que volvería a poner más adelante otra pincelada vocal por alegrías. Pero los verdaderos protagonistas, junto al pianista, eran unos músicos que portaban bandoneones, guitarras o violines. Todos con la misión de arropar y de destacar individualmente en momentos puntuales. Todos formando parte de una democracia sonora en beneficio de un glorioso resultado final.

Elegantes percusiones de Javi Ruibal y toque rítmico y personalísimo de Javier Moreno. Todo en beneficio de una segunda generación de verdadero nuevo flamenco. Este es el sello de Dorantes y así lo siguió desgranando en un recital que tenía muy satisfecho al respetable que asistió al Palacio de Carlos V por el reflejo de sus rostros.

El programa, a partir de ahora, ya únicamente serviría para abanicarse debido a que los cambios fueron continuos en su orden. Dorantes nos perdió en un universo entre el tango, la bulería, el jazz y la música contemporánea. Un combinado que mareó a las mentes más asiduas a la pureza que no volverían a incorporarse de lleno a esta comunión creativa hasta que Arcángel salió al centro con dos letras por seguirilla junto a todo el conjunto musical y volvió a callar las bocas de todos aquellos que únicamente lo consideran un intérprete de fandangos un palo que haría en un mano a mano junto a su amigo Marina Heredia en el fin de fiestas.

Dorantes le devolvió el favor al cantaor onubense haciendo unos aires de guajira de su Calle perdía para después junto a los suyos, dejar un crescendo bulero y su mítico Orobroy, la pieza que lo presentó al mundo del duende y que hoy, más allá que como un soniquete comercial, ha quedado como una nueva forma de entender el piano flamenco. Otra forma válida más allá de términos y épocas