La solidaridad maquiavélica

El centro de la ciudad está repleto de captadores de socios de oenegés de toda índole, un trabajo que apela a la manipulación emocional

JOSÉ E. CABRERO (@JECABRERO)GRANADA
Captadores de socios en Puerta Real :: ideal.es/
Captadores de socios en Puerta Real :: ideal.es

En los últimos cinco minutos tres personas me han preguntado si tengo cinco minutos. No he andado mucho, el tiempo exacto en atravesar Puentezuelas, Puerta Real, Alhóndiga y Mesones. A todos les he dicho que no, de manera automática, casi maleducada. Intento mantener la sonrisa y ser cortés, pero no puedo. Supongo que es lo normal cuando escuchas la pregunta todos los días, de caras diferentes que visten camisetas diferentes, pero la misma pregunta: ¿Tiene cinco minutos?

Creo en la solidaridad. Creo que se puede contagiar un espíritu distinto, de ayuda a los más necesitados en pos de un desarrollo real contra la hambruna, la desolación o la soledad. Pero es una creencia que implica voluntariedad. No creo en la solidaridad como negocio y, perdonen la posible torpeza en mis palabras, creo que estamos perdiendo el norte -y, de paso, el sur-.

El centro de Granada (y de todas las grandes ciudades) está tomado por un ejército de captadores de socios de oenegés y asociaciones solidarias de toda índole. En mi ignorancia supina, hasta hace relativamente poco creía que todos esos jóvenes que pedían ayuda, que buscaban nuevos miembros para la causa, eran voluntarios. Gente que quiere un mundo distinto y emplea su tiempo para echar una mano. Solidarios, a fin de cuentas, en busca del contagio. Pero no. Como les digo, hace poco descubrí que (casi) ninguna de esas personas emplea su tiempo por convicción, sino por obligación. Por una prima mayor. Por trabajo.

Tres personas distintas han terminado contándome la misma historia. Más o menos, parecida a ésta que les traslado con literalidad: He tenido que dejar el trabajo. Iba de puerta en puerta pidiendo socios para la ONG y no podía más. Me sentía mal. Me enseñaron un discurso emotivo, para tocar la fibra sensible del posible cliente y hacer que soltara la pasta. Manipulaba sus emociones, les hablaba de sus hijos y les decía que imaginaran que su hijo no tuviera para comer. Pero lo peor es que, al final, todo eso no importa, porque los que terminan haciéndose socios de la ONG son los que menos tienen, los que se ve que más les cuesta llegar a fin de mes. Los ricos, los que tienen entradas vistosas y puertas relucientes, no sueltan un duro.

Tras escuchar la historia, me interese por el tema y conocí a una joven que se dedica a captar socios en la calle, en el centro de Granada, pidiendo cinco minutos cada cinco minutos. La misma idea: Sé lo que tengo que decir para hacer sentir al otro culpable, que quiera hacerse socio y me dé sus datos personales y bancarios. Es así, es un trabajo. Pero por lo menos, el fin merece la pena.

Tengo que hacer la pregunta: ¿El fin justifica los medios? ¿Es coherente una entidad que pide socios voluntarios mediante captadores que cobran primas cada vez que superan un número mínimo de contratos al mes? ¿Es comprensible la solidaridad maquiavélica? ¿Es aceptable?