Zancadas contra el tiempo

Manuel Legaza Gómez, el abuelo de la 'media', completa con soltura el recorrido a sus 73 años y reconoce que «si no corro me da el mono»

M. PEDREIRA
Pundonor. Manuel Legaza Gómez mira al objetivo mientras se esfuerza durante el recorrido de ayer. :: A. AGUILAR/
Pundonor. Manuel Legaza Gómez mira al objetivo mientras se esfuerza durante el recorrido de ayer. :: A. AGUILAR

En 1936, un atleta negro llamado Jesse Owens irritó al führer al ganar delante de sus narices cuatro medallas de oro en los Juegos de Berlín, unas olimpiadas con las que Hitler pretendía demostrar al mundo la superioridad de la raza aria y que a la postre sólo sirvieron para encumbrar al portento de Alabama. Ese año de triste recuerdo para España vio la luz en Maracena otro atleta. Se llamaba Manuel (por entonces, Manolito) y aunque entonces no lo sabía, aunque iba a tardar más de cuatro décadas en darse cuenta, en sus piernas y en su corazón latía también un atleta de pura raza. Don Manuel no ha ganado medallas olímpicas, ni siquiera ha atravesado nunca una meta en primera posición, sin embargo, cada carrera suya es una gesta, una hazaña, una proeza digna de mérito y glosa.

Manuel Legaza Gómez, dorsal 1115, una hora cincuenta y cinco minutos en meta, ejerció ayer de abuelo del medio maratón de Granada. A sus 73 años fue el atleta inscrito de mayor edad, un suceso que se repite en casi todas las pruebas en las que participa. Que no son pocas. No es necesario traspasar con creces la edad de la jubilación o llevar el DNI la marca de un septuagenario para ser y actuar y vivir como un viejo. A partir de los cuarenta, la natural decadencia física se acentúa en quienes no practican deporte con asiduidad (la mayoría de la población) y sólo con tenacidad y fuerza de voluntad se puede engañar al tiempo que nos gasta. Pero si toparse con atletas de cuarenta y cincuenta años es más o menos habitual, encontrarse con corredores con más de sesenta empieza a ser difícil y no digamos ya con 73, una auténtica rareza en una prueba como la de ayer, larga y exigente.

Presidente del Maracena

A Manolo Legaza no le asustan los retos. No se arredró cuando, tras presidir en dos ciclos el Maracena, lo llamaron para dirigirlo en una tercera etapa e impedir la desaparición de un club que se moría. El fútbol es la otra pasión de este hombre enjuto, de frente despejada, sonrisa fácil y cuyo cuerpo es un manojo de fibras musculares a flor de piel. Ninguno de sus cuatro hijos ha heredado su pasión deportiva y la esperanza reside en los nietos, que juegan al fútbol en categorías inferiores de varios equipos. Sólo el tiempo dirá si su afición deportiva es tan consistente como la de su abuelo. Manolo también jugó al fútbol en su juventud pero lo dejó para casarse, formar una familia y criarla con la ayuda de su mujer y de la tienda de tejidos (Inma Moda) que regentó en su pueblo durante décadas.

Un buen día de hace 32 años, por las venas de este abuelo empezó a correr un virus divino, un veneno que desgasta zapatillas, destila litros de sudor y regala íntimas satisfacciones capaces de restañar en un rato las heridas que causa, que de todo hay. «Tenía un primo barbero que hacía sus pinitos y me dijo que me fuera con él. Desde entonces no ha parado de correr. Ahora paso más de una semana sin hacerlo y lo echo de menos. Es como si tuviera mono», explica.

El martes, al tajo

Por eso, por esa adicción que es tan difícil explicar para quienes nunca han devorado a zancadas un camino polvoriento, Manuel sólo descansará hoy y mañana volverá a calzarse las zapatillas. «El martes hemos quedado un grupo a las siete de la mañana. De Maracena vamos hasta la avenida Joaquina Eguaras y después atravesamos la Gran Vía, Reyes Católicos y otras calles hasta regresar a Maracena», relata.

En sus piernas tiene media docena de maratones, incontables 'medias' y pruebas míticas como la Subida al Veleta, cubierta en seis horas en 1992. Copas y medallas abarrotan las vitrinas de su casa y asegura que desde que empezó en las carreras populares, como veterano de la categoría A, «ya me he recorrido todo el abecedario», bromea (ahora es veterano G).

«Corro porque me siento bien. A los de 60 años los veo con bastón y barrigón y no quiero estar así. Los de mi edad se quedan en el sofá. Yo salgo a correr», sentencia. «He sido siempre muy inquieto. Mi familia me apoya y mi mujer me 'deja' que haga lo que quiera. A veces le da miedo de que me pase algo, pero después está encantada y viene con mis hijos y mis nietos a verme en las carreras», comenta.

A Manolo Legaza le reconforta eso de ser el abuelo del medio maratón de Granada, sobre todo cuando media hora después de llegar a la meta todavía hay corredores acercándose al complejo deportivo Núñez Blanca, atletas que podrían ser sus nietos. «El tiempo no está mal para mi edad. He corrido muy a gusto y he terminado muy bien», precisa. «Mientras pueda, seguiré corriendo. Cuando la edad no me lo permita, andaré. Cualquier cosa menos estar parado», concluye.

El día en que don Manuel sólo pueda caminar se antoja lejano. De momento, mientras el eco lejano de Owens le recuerda que es posible vencer al déspota con unas humildes zapatillas, Manolo se empeña en derrotar a zancadas a ese otro tirano llamado tiempo.