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ALMERÍA - JAÉN - GRANADA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

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Píñar rememora la figura de su último alcalde republicano,fusilado a los 43 años, con asistencia de ocho de sus nueve hijos

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Rafael, Francisca, Emilio, Josefa, Ascensión, Antonia, María y Consuelo no pudieron contener la emoción en el homenaje que el viernes se le rindió a su padre en Píñar. Se llamaba Rafael Expósito Jiménez, era alcalde republicano y fue fusilado el 12 de enero de 1940, víctima de la represión franquista.
El acto reunió a los ocho hijos vivos de Expósito que asistieron, junto a unos trescientos vecinos del pueblo, al cambio de nombre de la plaza en la que descubrieron un monolito que recuerda la figura del regidor, cuyos restos se encuentran en paradero desconocido.
Allí estaban, entre otros, la presidenta en funciones de la Diputación Provincial, Juana María Rodríguez Mesa, el vicepresidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, Rafael Gil Bracero, y varios alcaldes de la comarca. Juntos participaron en un homenaje a «un buen hombre, un trabajador, alcalde demócrata de los pies a la cabeza, y con las manos limpias de sangre», como lo recordó la alcaldesa de Píñar, Inmaculada Oria.
La iniciativa del cambio de denominación de la Plaza del Ayuntamiento partió de un vecino de la localidad que presentó al pleno un escrito, acompañado por 420 firmas, aludiendo a la Ley de la Memoria Histórica para renombrar la plaza y homenajear a Rafael Expósito Jiménez.
Aunque han pasado 69 años, muchos no olvidan las importantes obras que realizó en el pueblo, como la urbanización de la plaza del Ayuntamiento -que ahora lleva su nombre- la carretera que une la localidad con la estación de tren, de vital importancia en las décadas posteriores a la Guerra Civil, la mejora de la red de puentes sobre el río Píñar y la ejecución de obras de abastecimiento de agua. Según la actual primera edil, fue «un alcalde equitativo, servicial y con las manos limpias». Unas manos, como la de su hija Consuelo, la más pequeña, que recibió y conservará en nombre de todos sus hermanos una placa en recuerdo a su padre.
Los hijos de Rafael no conservan, sin embargo, ni una sola imagen suya; todas las fotos, todos los documentos familiares, se los quemaron. Sí poseen unas cartas que les escribió desde la cárcel, unas letras que no les llegaron por correo, sino que el carcelero guardó y les entregó tras su muerte. En la última misiva les contaba que lo iban a matar por sus ideales y, junto a ella, les mandaba unos pantalones para que los pudiera aprovechar su hijo Rafael, que tenía entonces 17 años. A él, al mayor de sus vástagos, le pedía que cuidara de los más pequeños, entre ellos Consuelo, que nació cuando él estaba preso.
Rafael Expósito hijo recuerda en unas pequeñas memorias la noche del 39 en la que, estando la familia en el cortijo del Ventorrillo, salió a la puerta y vio la silueta de un hombre acercarse: era su padre, que venía a despedirse de su familia. Cogió una manta y partió a Granada, andando, para entregarse a las autoridades, pasando antes por Cogollos para despedirse también de su familia allí residente.
El que fuera alcalde de Píñar se entregaba voluntario aconsejado por un vecino, que le aseguró que, procediendo de tal forma, «no le pasaría nada». Durante la guerra, Rafael escondió y mantuvo a salvo en cuevas a vecinos del bando contrario; uno de ellos, el que le aconsejó después que se entregara.
El mismo lugar
Rafael fue condenado a la pena capital y fusilado, probablemente, en las tapias del cementerio de Granada. Tenía 43 años. Hasta entonces había vivido en el Ventorrillo, haciendo pozos y sacando agua.
Los hijos más pequeños no recuerdan cómo era su padre. Sí rememoran, no obstante, lo duro que fue para la familia salir adelante tras su desaparición. Los dejaron sin nada; se tuvieron que poner a trabajar desde niños -ellas sirviendo y, ellos, en el campo- a veces por una hogaza de pan.
Ahora, sesenta y nueve años después de su muerte, sí tienen un lugar al que llevar flores, un sitio público que él mismo urbanizó.
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