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ALMERÍA - JAÉN - GRANADA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

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Manuel Sánchez es un ermitaño de la sierra de Dúrcal que lleva 30 años ayudando a jóvenes a salir de la drogadicción
22.08.09 -

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La vida de Manuel Vílchez es un modelo de existencia entregada a los demás. Es la historia del buen samaritano del siglo XXI. Manuel es un archiconocido ermitaño que vive en la sierra de Dúrcal, donde tiene un centro de rehabilitación de toxicómanos. Más de 400 personas adictas a alguna droga, sobre todo al cannabis y la heroína, han pasado por 'su sierra' para probar el método de desintoxicación: 'ora et labora', que practica Manuel. El sanador cree firmemente que con un estilo de vida saludable, basado en una alimentación vegetariana y el trabajo físico diario, se consigue predisponer el cuerpo para superar la abstinencia.
«Vencer el deseo físico es más fácil que superar la adicción psicológíca. Cuando ya se consigue un cuerpo más sano, llega el camino de controlar el espíritu», afirma Vílchez que propone el control de la mente a través del diálogo interior con uno mismo. «Este lugar es ideal para la meditación, estamos alejados de la contaminación acústica y medioambiental, necesarias para oír y sentir nuestra voz interior», asegura el sanador.
La terapia que realiza Manuel con sus visitantes, que acceden de manera voluntaria y no pagan nada por hospedarse allí, consiste en la creencia de que el cuerpo es débil y cae fácilmente en las tentaciones que la vida alberga. «El ser humano es vanidoso, practicamos un consumismo desorbitado del que somos esclavos, porque no nos podemos resistir», predica Manuel, quien dice que cuando deseamos algo y no podemos conseguirlo entramos en un estado de añoranza que nos lleva a una ansiedad emocional y, después, a la depresión.
Manuel enseña con el ejemplo y, por eso, no tiene televisión. «No me hace falta, sé como está el mundo a través de las historias que me vienen aquí», declara.
Al amanecer
Historias como las de Ignacio y Miguel Ángel, asturiano y granadino, respectivamente. Miguel no salía de su cama, estaba deprimido a causa del consumo del cannabis y tampoco creía que trasladándose a la sierra fuera a desengancharse. No obstante, afirma llevar en Dúrcal tres semanas y «me encuentro mejor. Trabajo diariamente y lo mejor de todo es que he recuperado el hábito de tocar la guitarra», nos dice el granadino mientras limpia el huerto de broza.
El asturiano apareció en la sierra gracias al 'boca a boca'. «A la casa han llegado personas de toda España que fueron informados por otros que ya estuvieron aquí», dice Manuel, que presume de que nunca se ha publicitado. «No tenemos capacidad para alojar a mucha gente, dos o tres personas para un largo periodo de tiempo, ya que no recibimos ingresos. Nuestro método está en tener sólo lo necesario, por eso nos alimentamos prácticamente del huerto», asegura. Además, trabaja con el centro Hogar 20 que «a veces me mandan a alguno que allí no consigue curarse y aquí sí lo consigue».
El día en la sierra empieza a las 5.30 de la mañana en la ermita. Todo permanece en silencio, no hay luz porque aún no ha amanecido y los que acuden permanecen en oración sentados en los bancos de madera. Nadie habla, todo el mundo está solo con su mente, podemos aventurar, que haciendo un esfuerzo por pasar otro día más cerca de la vida.
Continuamos con los rezos de 'maitines' y 'laúdes'. «Es sorprendente cuando hago esto porque sé que en todos los monasterios cristianos del mundo leen los mismos textos que vamos a iniciar ahora», dice Sara, una seglar que acaba de salir de un convento de clausura. «Necesitaba tiempo y espacio para meditar y este lugar me parece el idóneo para ello», continúa.
Al cortijo de Manuel acuden religiosos y religiosas en busca de la 'sabiduría' que tiene este hombre de barba larga y blanca, como símbolo de su estilo de vida monacal. El día a día, tanto de Vílchez como de los que se están hospedados en el cortijo es el mismo. La meditación se reparte entre las primeras horas de la mañana y las últimas, antes de la puesta de sol. Las labores del huerto, la limpieza del cortijo y ermita comienzan después del desayuno, que empieza a las ocho horas, y acaban antes de las dos de la tarde, hora en la que se almuerza.
«Hoy he hecho cocido, con los garbanzos que aún quedan de la temporada pasada», dice Angustias, hermana de Manuel. Ella se encarga de preparar las comidas y de la conservación y almacenamiento de las existencias. «Esta mañana, Sara me ha ayudado y hemos limpiado el almacén, que falta le hacía», continúa Angustias.
Vivir con lo mínimo
Que Manuel viva en la sierra no es debido al centro, más bien sería al contrario. «Yo vivo aquí con lo básico porque creo que la felicidad reside en no necesitar nada y en vivir en armonía con la naturaleza. He encontrado mi solución para ser feliz», manifiesta este eremita que asegura que puede ver algo en el interior de las personas para guiarles en su camino pues «todos tenemos una misión en la vida y hay que descubrirla».
Cuando Manuel termina de pronunciar estas palabras ha caído la noche, justo después de asistir a una maravillosa puesta de sol. Al ritmo de las últimas luces bajo la montaña, cada uno se retira a descansar a sus habitaciones. Son cerca de las diez de la noche, hay luna llena. Un grillo, como único ruido, pone la banda sonora al término de un día en la sierra donde, con toda esta paz, es fácil dormir.
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