Charlie, el hombre tranquilo

CARLOS HERNÁNDEZ LAURA UBAGO| ILUSTRACIÓN: TEXTO:
Charlie, el hombre tranquilo

Es verano y Carlos Rojas García toma una copa en un chiringuito junto al mar. También fuma a pequeñas caladas, cosa que le gusta hacer cuando está relajado. De repente un hombre joven de edad indefinida abre aceleradamente hueco entre la multitud y se para frente a él. Le abraza sin dar explicaciones y luego aclara que le debe mucho. Es un vecino agradecido que no se separará del alcalde de Motril en toda la noche. No le importa resultar pesado, tiene una deuda pendiente y está dispuesto a agasajarlo hasta el empacho.

Carlos es un hombre calmado. Jamás pega una voz, ni desfigura su cara por los nervios ni se muerde los labios. No resopla ni suspira. Aguanta tranquilo ante todo. Como si se hubiese atiborrado a 'lexatines', como si jugase a congelar las escenas para tomarse su tiempo antes de hablar.

La calma chicha del alcalde de Motril y parlamentario andaluz del Partido Popular, es un arma de doble filo. Hay a quien le aporta paz y hay a quien le estresa. Que se tira a una piscina y sale seco es evidente. Una de las mayores crisis de su pueblo la saldó gracias a una torta de aceite. Era el tiempo en el que una culebra apodada La Señora vivía en el tejado de 'Los Pisillos', unas viviendas sociales habitadas por castizos personajes que estaban hasta el moño de aguantar a la bicha. Una tarde potente sol, hartos de la situación, montaron barricadas con contenedores de basura y pusieron a prueba los nervios de la Policía. Querían hablar con el alcalde y sus bocas casi echaban espumarajos al nombrarlo. Sobre todo la de una vecina, portavoz de todo el cotarro, llamada Dulce. Dulce ese día estaba agria porque Carlos no apareció.

Al día siguiente, con su aspecto pulcro y la mejor de sus sonrisas Rojas hizo su aparición en el barrio. Su mirada amansó de tal forma a las 'fieras' que Dulce, la vecina guerrillera, le ofreció al alcalde degustar juntos una torta de aceite que portaba bajo el sobaco y que chorreaba su esencia porque ya era época de calores. Y se hizo la paz.

Carlos, Charlie para los que lo conocen de verdad, nació en Motril el 23 de septiembre de 1970. Es el pequeño de cinco hermanos -Paloma, Miguel, Ricardo y Pepe- que llegaron al mundo en apenas seis años. Su padre, uno de los más prestigiosos abogados de la Costa que aún ejerce, le inyectó la sabia de las leyes a cuatro de sus hijos, entre ellos al menor. Carlos, apasionado del inglés y medio bilingüe se encargó un tiempo de llevar el bufete de Almuñécar para entenderse con los guiris. La política ya le llamaba a voces. Cuando era un niño guapo -ahora ya es un hombre atractivo- se enganchó a las Nuevas Generaciones del PP. Se afilió en 1991 y su padrino fue Juan de Dios Martínez Soriano que además, más tarde, le presentó a su sobrina Fátima Churruca, una chica de Bilbao espabilada e inteligente, con la que Carlos se casó en tierras vascas.

Rojas se hizo con la presidencia del PP de Motril en cuanto se presentó. Es parlamentario andaluz desde hace 9 años y logró por primera vez la alcaldía motrileña en 2003. Una moción de censura 16 meses más tarde, lo convirtió en una víctima arropada por todos los que lo consideraron injusto. Dicen que el haber sufrido esta faena le ha podido ayudar a hacerse con la alcaldía en los comicios de 2007.

Aunque él mismo explica que el poder de la imagen para un político dura poco, ésta sigue siendo la gran baza de Rojas. Alto, altísimo, trajeado, sensible y agradable sabe mirar a los ojos y escuchar. Aunque jamás baja la guardia -no dice palabrotas ni se le va la lengua en ningún momento- cuando se pone pantalones vaqueros su figura se suaviza y se convierte en un imán para las mujeres. Cuentan los que trabajan con él, que algunas señoras -de todas las edades- que entran enfurecidas a la alcaldía, salen después tranquilas, ajenas a sus problemas y hasta alabando el trasero del alcalde.

Carlos tiene, a veces, días complicados. Como el martes pasado que tuvo que capear un pleno abucheado por los músicos de la banda municipal que va a desaparecer, por las trabajadores de Limdeco (empresa pública de limpieza) y por algunos trabajadores del Ayuntamiento que quieren mejoras salariales. Alguien le gritó «parlamentario analfabeto» y Rojas aguantó el tipo.

Cuando hay conflictos echa a pelear a Pepe García Fuentes, concejal de Interior y Economía capaz de decir a la cara lo que Carlos no quiere soltar. «Se moja hasta el tuétano. Lo que pasa es que odia la polémica y siempre huye de ella. Le gusta más construir que discutir. Es muy tranquilo y dialogante», dicen sus amigos sobre su calma.

De él destacan que es ecuánime, muy exigente consigo mismo y con los que le rodean. Valora por encima de todo la lealtad y la discreción. Confía en su equipo y no duda en informarlos de todo lo que se cuece en el Ayuntamiento. Allí llega muy temprano y se va tarde. No sale a desayunar pero si para unos minutos para llevar a su hija Camila, de 5 años, al colegio.

Carlos es un apasionado del deporte. Le encanta hacer footing por la playa, recorrer rutas cercanas a Motril con su mountain bike y jugar al baloncesto. A Rojas le relaja trotar escuchando la radio al más puro estilo americano. Le gusta tanto todo lo que sabe a EE. UU. que en sus pasadas vacaciones viajó hasta allí para vivir de cerca la victoria de Obama.

Aunque localizar algún defecto de Carlos preguntándole a sus allegados es difícil, sí tiene una debilidad reconocida: los aviones. A Rojas le da miedo volar pero tiene que hacerlo con mucha frecuencia. Paradójicamente, se afana por encontrar vuelos baratos viaje por trabajo o por placer. Tiene mil anécdotas acontecidas en un aeroplano que una vez pasadas cuenta más tranquilo. Es su talón de Aquiles.

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