El infarto cerebral actúa como un detonador del alzheimer

F. APEZTEGUIA

Ictus y alzheimer no son la misma enfermedad, pero cada vez existen más evidencias de que viajan juntas. El profesor Vladimir Hachinski, probablemente el neurólogo más reconocido del mundo por haber sido, entre otras cosas, el impulsor internacional de las unidades de ictus, ha asegurado que el derrame y el infarto cerebral actúan como un «gran detonador del alzheimer». Cada vez existen mayores evidencias de que pequeños accidentes cerebrovasculares que pasan desapercibidos para el paciente favorecen la aparición de demencias.

La relación entre ambos males parece tan estrecha que los especialistas están convencidos de que es posible retrasar la aparición de la patología neurodegenerativa mediante la adopción de las mismas medidas que sirven para prevenir el infarto cerebral. Es decir, que dieta sana y ejercicio no sólo evitan la formación de los trombos que colapsan las arterias del cerebro, sino que además garantizan un buen funcionamiento de las neuronas. Ese es el mensaje que Vladimir Hachinski ha trasladado a los profesionales que asistieron a su conferencia magistral titulada 'Ictus o enfermedad de alzheimer, ¿Coinciden o conspiran en el cerebro?'

Pérdida de concentración

«Las dos lesiones pueden darse en un mismo paciente. Sus efectos dañinos no representan, sin embargo, la suma de ambas de patologías, sino que se multiplican», explicó el experto a IDEAL. Según dijo, «el tipo más común de ictus» son los llamados silentes. No dan síntomas que puedan alertar al paciente ni manifestaciones clínicas que pueda ver el médico con un reconocimiento tradicional. Sin embargo, si se examina a uno de estos enfermos, se descubre que su función ejecutiva comienza a fallar. Tienen dificultades de concentración, para planificar, organizar sus propias finanzas. «A éso generalmente no se le presta atención, porque uno dice '¿qué esperas, con la edad que tiene el pobre viejo?'. En realidad, son los efectos de pequeños ictus, que es importante identificar», valoró.

Hachinski asegura que si se logra demorar la aparición del alzheimer cinco años, su incidencia en la población se reducirá a la mitad. «Aunque sólo se retrase un año, la prevalencia caería un 5%». Las consecuencias de algo así para la salud de los afectados serían, obviamente, muy buenas. Aunque no lograran vivir más años, que no sería el objetivo, ganarían en calidad de vida, porque su deterioro cognitivo no sería tan grande.

«Hay ejemplos de que todo esto es posible», aseguró el experto. Y puso un ejemplo, «Hace unos años, el fallo de corazón ocurría de media a los 57 años; ahora a los 76.