Barras y estrellas

Nos vamos de ronda por los cafés que han pasado con letras de oro a la historia del cine. Algunos están 'abiertos hasta el amanecer' y sin la existencia de otros, Sam jamás la hubiera tocado otra vez

JESÚS LENS| GRANADA
EL BAR COYOTE. Las camareras eran la gran atracción de este local de copas./
EL BAR COYOTE. Las camareras eran la gran atracción de este local de copas.

'Bares. Qué lugares tan gratos para conversar. ¡No hay como el calor del amor en un bar!'

Sirva el célebre estribillo de la canción de Gabinete Caligari para introducir un tema que, posiblemente, hará las delicias de las personas amantes de la buena vida: los bares y el cine. O más concretamente, un repaso por algunos de los cafés y garitos que, por sus especiales características o por las historias que dentro de ellos se desarrollaron, han pasado con letras de oro a la historia del cine.

Vamos a empezar por uno muy desmadrado, en el que nada es lo que parece. La teta enroscada, situado en México, muy cerca de la frontera con los Estados Unidos. En él se habían citado Seth y su hermano Richard con su contacto, ya que estaba 'Abierto hasta el amanecer'. Pero en el camino se habían visto obligados a secuestrar a los integrantes de la familia Fuller. Todos juntos entran en un rudo bar de camioneros y moteros, que hace prever emociones fuertes. Mientras Tito y la Tarántula cantan su hipnótica 'Cucarachas enojadas', los hombres beben duro, whisky y tequila, mientras sensuales señoritas se contonean sobre la barra, ligeras de ropa. George Clooney, entusiasmado, abre los brazos y exclama: '¡Este sitio me gusta!'.

Y a todos. Sobre todo cuando hace su aparición en escena la exuberante Satánico Pandemónium, a la que Salma Hayek prestó su insinuante cuerpo, y comienza a bailar frente al enfermizo personaje interpretado por Quentin Tarantino. Después, la locura. Porque si hasta ese momento la película de Robert Rodríguez, se habría podido adscribir al género negro, a partir de ese punto toma un rumbo muy diferente.

El productor de tamaña locura no es otro que Quentin Tarantino, quien, como director de sus propias películas, ha sabido reflejar como nadie el espíritu y la esencia de los bares en pantalla. En 'Reservoir dogs', en la célebre charla de la cafetería con que se abría la película y la discusión a cuenta de las propinas y las camareras, Tarantino ya dejó buena muestra de la veneración, el respeto y el cariño que tiene por los bares. Pero su canto de amor más personal y decidido a los mismos lo tenemos en 'Death proof', su más reciente película, cuya primera mitad transcurre en un bar al que podríamos definir como la quintaesencia de los locales con sabor: el Guero's Taco Bar. Larga barra de madera con banquetas. Mesas y sillas al otro lado, con sus botes de ketchup y mostaza flanqueando los menús. Jukebox musical y decenas de pósters, carteles luminosos, banderas, fotografías... un local con rancia y larga historia a sus espaldas en que cuatro chicas alegres van a celebrar una fiesta privada y que existe, de verdad, en Austin (Texas), real como la vida misma.

En la misma onda de bares para gente dura y violenta podríamos catalogar el Ladie's de 'Sin city', por ejemplo, pero es hora de cambiar de registro, aunque sigamos en los polvorientos paisajes norteamericanos.

Desierto de Mojave. Ruta 66. Una turista alemana tiene una discusión con su marido. Se baja del coche y entra en un garito muy especial: el Bagdad Café que dio título a una singular película de Percy Adlon, en que se contaba la peculiar relación que en dicho local se establecía entre diferentes personajes, a cada uno más singular que el anterior, de una vieja estrella de Hollywood caída en el olvido a un famoso tatuador. Un canto a la tolerancia, al son de la memorable canción 'Calling you'.

El bar de todos los bares

Podríamos seguir recorriendo los Estados Unidos de local en local, de los famosos 'Bar Coyote' o 'Estudio 54' neoyorquinos a los distintos garitos en que Tom Cruise servía su famoso 'Cocktail', cuando todavía era simpático gamberra y amoral, antes de caer rendido a la Cienciología. Pero es conveniente cambiar de latitudes y marcharnos al mismísimo Marruecos en que estuvo radicado, posiblemente, el bar más famoso de la historia del cine: el Rick's Café Americano, en el corazón de Casablanca: «De todos los garitos de todas las ciudades de todo el mundo, ella entra en el mío».

Pocas veces un bar ha tenido tanta simbología y ha concentrado en su interior un microcosmos tan abigarrado de personas: traficantes, exiliados, colaboracionistas, resistentes, buscavidas, perdedores, policías, ladrones... y en medio de todos ellos, imperturbable, majestuoso... Rick.

El comandante Strasser le pregunta: «¿Nacionalidad?» Y Bogart responde: «Borracho». Rick. Prototipo del hombre de acción, duro, aparentemente cínico, pero dotado de un gran corazón. Rick, el colega que todos querríamos tener. Rick, del que su futuro amigo, el coronel Renoir, llega a decir: «Es un hombre del que, si yo fuera mujer, me enamoraría».

Rick's, el bar en que se canta la Marsellesa y se vence moralmente a los alemanes y en cuya mesa de juego, una mujer desesperada encuentra el pasaporte para la libertad. Un espacio indudablemente mágico.

Peleas, amores y whisky

Pero sigamos viajando. Y tras pasar por el parisino bar de 'Amelie' en la calle Lepic y por las salas de fiesta romanas de Via Veneto en 'La Dolce Vita' hablemos de Cohan, el pub del pueblecito irlandés de Innisfree al que vuelve John Wayne, convertido en 'El hombre tranquilo'. Un bar en el que se juntan los hombres para beber cerveza Guiness, negra y espesa como el petróleo, para cantar canciones tradicionales y chocar los cinco con los bravos hombres del lugar. Y como la cosa le fue bien, su director, John Ford, decidió trasladar a buena parte del equipo a los Mares del Sur y filmar otra alegre, feliz, optimista, luminosa y bienhumorada película, 'La taberna del irlandés', nuevamente con un John Wayne en estado de gracia al que, en esta ocasión, era Lee Marvin quien daba la réplica amistosa. Peleas a puñetazo limpio, amores... y mucho whisky.

En el Berlín de los años 30, mientras los nazis iban haciéndose con el poder, había un 'Cabaret' llamado el Kit Kat Club en que actuaba Sally Bowles, a la que Liza Minelli ponía su personalísimo rostro y acusada personalidad. Y en él se dan una serie de encuentros y desencuentros que sirven para poner de manifiesto las contradicciones de la Alemania que estaba por llegar, con las consecuencias que todos conocemos.

Pero los bares no son algo exclusivo del mundo contemporáneo. ¿Cuál era el lugar de reunión para habitantes ociosos, charlatanes y curiosos, grandes y pequeños, refugio de montaraces y trotamundos y para los viajeros de toda la Tierra Media? Sí. Un bar. La famosa Posada del Poney Pisador en que Frodo, Merry y Pipin toman unas copas de más y provocan un lío de padre y muy señor mío al dejar caer el Anillo en mitad de una actuación musical improvisada. Menos mal que, esa misma noche, Aragon salva la vida de Frodo...

Por cierto, ¿se imaginan un western sin saloon? Impensable. No es posible concebir el universo del Far West sin un buen bar en que los aguerridos vaqueros pudieran calmar la sed, mientras una chica canta y baila, emperifollada de plumas al son de la música interpretada por un asustadizo rompeteclas que desafina bajo el célebre cartel de 'No disparen sobre el pianista'. Porque un saloon es un lugar de esparcimiento, pero también es un sitio peligroso en que, bien empapados en whisky, los pistoleros no tardan en desenfundar. De los centenares de bares que jalonan la historia del western, cabe destacar dos. En 'El hombre que mató a Liberty Valance', al personaje interpretado por el cándido James Stewart le colocan un delantal y lo ponen a servir gruesos filetes a los vaqueros. Mientras, Lee Marvin y John Wayne se retan y dirimen sus diferencias como auténticos tipos duros: desafiándose, retándose, amenazándose. Sin embargo, al final ya sabemos quién hace carrera política y se queda con la chica: el improvisado y torpe camarero.

En 'Johnny Guitar', las auténticas protagonistas son dos mujeres. Por una parte, Vienna, una mujer fuerte e independiente que ha construido un bar con sus manos, tablón a tablón, ganándose duramente la vida para poder juntar el dinero que necesitaba para levantarlo. Por otra, Emma Small, envidiosa y malintencionada, que disfrutará como una auténtica arpía cuando consigue incendiar Vienna's, acabando con el sueño de su rival. El bar como símbolo de poder, de estabilidad y de civilización. Un pueblo del Oeste no era tal hasta que un saloon abría sus puertas abatibles.

Tabernas futuristas

¿Y en el futuro? ¿Habrá bares y tabernas? Y de haberlos... ¿cómo serán? Quizá como los que nos mostraba 'Blade Runner': el Dimitri's, en que una replicante baila con una serpiente enroscada al cuello o tan abigarrados como el local en que Deckard se come unos tallarines chinos, al principio de la película, una especie de McDonald's especializado en pasta oriental... O, con suerte, las generaciones futuras podrán solazarse en locales tan divertidos y primitivamente sofisticados como la cantina en que Obi Wan y Luke Skywalker encuentran a Chwbacca y a Han Solo y en la que el maestro Jedi hace uso de su espada láser mientras mutantes de todas las galaxias y sistemas solares se toman unas copas al son de una banda de jazz tan posmoderna como peculiar.