«Era un adicto, pero nunca jugué colocado porque temía sufrir un infarto»

El medallista olímpico en Atlanta y Barcelona visitó Granada para plantear al juez Calatayud un plan de ayuda a jóvenes conflictivos

CARLOS MORÁN| GRANADA
García Aguado reflexiona sobre el otro yo que le bajó a los infiernos. / IDEAL/
García Aguado reflexiona sobre el otro yo que le bajó a los infiernos. / IDEAL

Pedro García Aguado ('Toto') alcanzó las más altas cumbres en su carrera deportiva a la vez que tocaba fondo. En la cima y en el abismo al mismo tiempo. En su cuello, robusto como el de cualquier jugador de waterpolo de elite, no cabían más medallas, pero su vida estaba vacía. Cuando bajaba de lo más alto del podio, volvía al precipicio de la cocaína, el alcohol y las juergas desenfrenadas. Dentro de la piscina era un dios; fuera, se ahogaba.

Campeón olímpico en Atlanta y subcampeón en Barcelona -son sus títulos más deslumbrantes-, 'Toto' estuvo hace unos días en Granada con Emilio Calatayud, titular del Juzgado de Menores 1, para estudiar la posibilidad de colaborar en un proyecto para ayudar a jóvenes conflictivos. «Me encanta la manera de entender la ley y de aplicarla que tiene Emilio Calatayud. Y su buen juicio, je, je... nunca mejor dicho», explica Pedro. A sus 41 años, 'Toto' ya no es un adicto borracho de gloria. Limpio desde hace tiempo, ahora es, entre otras cosas, terapeuta experto en drogodependencias.

Simpático y grandullón, en esta entrevista habla de sus paseos por el lado salvaje, de la salida del túnel y de la muerte de su amigo Jesús Rollán, el gran portero de la tantas veces laureada selección española de Waterpolo. 'Toto' compartió con él el cielo de los éxitos y el infierno de las adicciones. Rollán, un joven de una simpatía que cautivó a toda España, no sobrevivió para contarlo. Pedro García Aguado, sí.

-Una curiosidad, ¿de dónde viene lo de 'Toto'?

-Es un apodo que me puso mi familia. Tengo un primo que se llama Alberto, somos de la misma edad y, cuando éramos pequeños, yo no sabía pronunciar su nombre completo, sólo decía la última sílaba. To... to... to. Y así me quedé: 'Toto'.

-¿Cómo se da uno cuenta de que ha tocado fondo, de que si no para ya no habrá más mañanas para dejar la coca y el alcohol?

-Tocar fondo definitivamente es el resultado de sumar todos aquellos días en los que me había prometido a mí mismo que no volvería a consumir, que no volvería a emborracharme, que controlaría, que lo dejaría, que no faltaría nunca más a mis responsabilidades... y no lo conseguía, sino que cada vez iba a peor. La enfermedad de la adicción es la enfermedad del autoengaño. Por eso, todos los adictos vamos tocando fondo muchas veces, pero siempre conseguimos minimizar lo ocurrido para así no tomar la decisión de abandonar el consumo... Pero llega un día en que el resultado de esa suma es tan elevado que no queda otra opción. Siempre digo que lo que nos obliga a los adictos a dejar de consumir son las consecuencias de nuestro consumo. El consumo, del todo incontrolado, es el que va destrozando nuestra vida y las de los que nos rodean.

-¿Pero hay una sola forma de tocar fondo o cada cual tiene la suya?

-Es un momento mágico y muy duro al mismo tiempo; es aquel momento en el que, por milésimas de segundo, te haces cargo de tu realidad, esa realidad que tienes producto del consumo, ese consumo que empezó como diversión y acabó convirtiéndose en necesidad para paliar el malestar, el dolor, para evadirte y no asumir ninguna responsabilidad. En mi caso fue un 3 de abril del 2003. Llegaba a casa después de tres días de estar desaparecido, consumiendo alcohol y otras drogas, perdido en casas de gente que ni siquiera conocía. Había faltado a los que fueron mis últimos entrenamientos con la selección de waterpolo. Estábamos preparando el Mundial de Barcelona. Llegué a casa. Vivía con mi madre después de mi segunda separación (menos mal que me separé) con 34 años. En aquel preciso instante, me di cuenta que no tenía nada. Lo había perdido todo: no tenía trabajo para poder mantener a mis hijas, dos separaciones y muchas deudas. Estaba hundido, no sólo en lo material, también en lo personal. Hundido y con un sentimiento de culpa enorme.

-¿Qué signos indican que ya es inaplazable la decisión de pedir ayuda?

-Uno mismo sabe que le pasa algo, pero siempre encuentra la justificación para seguir haciéndolo: me han echado del trabajo; estoy triste; mi mujer me ha dejado; mis amigos me dan de lado; el profesor me tiene manía y por eso no apruebo... El signo más evidente es cuando te ves a ti mismo justificando lo injustificable. En muchos casos, son los demás los que te tienen que hacer entrar en realidad. Como te he dicho es la enfermedad del autoengaño. En mi caso, fue la propia realidad la que me hizo ver mi desastre.

-¿Qué siente ahora cuando entra en una piscina?

-Uff!! Depende del día, pero si te digo la verdad, no voy mucho. He colaborado con la selección española en algunas ocasiones y, aunque la experiencia ha sido formidable en cuanto a resultado y compromiso, no me siento muy cómodo en algunas ocasiones.

-¿Y cómo se sentía en los tiempos de vino y rosas cuando saltaba a la pileta?

-En aquellos tiempos me sentía respetado, poderoso, invencible, pero era sólo una coraza para que no se me notara la enorme inseguridad personal y mi falta de autoestima. Como era bueno jugando, esa falta de seguridad la suplía en el agua con mucho talento. Pero luego, en la soledad de mi cuarto, me volvía a encontrar con ese 'Toto' muerto de miedo y cargado de dolor.

-¿Jugaba colocado?

-Cuando era juvenil, alguna vez empalmé la noche con el partido de la mañana, pero sólo había tomado alcohol. Nunca jugué bajo los efectos de ningún estimulante. Me daba miedo que me diera un ataque al corazón, temía sufrir un infarto. Siempre fui honesto en lo que se refiere a mis capacidades. Nunca tomé nada para mejorar mi rendimiento, excepto suplementos vitamínicos permitidos.

-¿Qué hizo después de colgarse el oro olímpico en Atlanta?

-Mi única inquietud en aquel preciso instante era cuándo nos iríamos a cenar, porque sabía que en la cena habría vino y hacía más de dos meses que no tomaba nada. Tenía prisa por celebrar en vez de disfrutar de aquellos momentos. Triste, pero así fue.

-Por cierto, ¿dónde tiene la medalla?

-En alguna caja en el trastero de la casa de mi madre. Durante mi recuperación me dijeron los terapeutas que me apartase de todo lo relacionado con mi deporte y los éxitos. Me dijeron que todo eso podía hacerme recaer, ya que «la recuperación consiste en un cambio profundo de hábitos y, sobre todo, dejar de creerte que eres diferente del resto. Da igual de donde vengas, lo que hayas hecho en tu vida: hicieras lo que hicieras, siempre acababas tomando». Eso me dijeron y, como yo no quería recaer, les hice caso y guardé todo mi pasado en cajas que, al día de hoy, después de seis años, no he abierto.

-¿Por qué cree que Jesús Rollán no pudo seguir adelante?

-Fue la suma de muchas enfermedades juntas, una de ellas le llevó a tomar la decisión de quitarse la vida. La decisión de quitarse la vida siempre es una decisión repentina y exagerada que, en este caso concreto, Jesús, de no haber estado enfermo, hubiera tenido la capacidad para meditarla y por consiguiente la hubiera descartado.

-¿El deporte es una droga?

-Practicar deporte hace que el organismo segregue endorfinas. Éstas proporcionan sensación de placer y uno puede llegar a engancharse en la búsqueda continua de esa sensación, pero hacer deporte no daña las neuronas como lo hacen el alcohol y las otras drogas. No se produce una neuroadaptación como con las sustancias psicoactivas.

-¿Qué le diría a un chaval que ahora mismo está probando la 'coca' por primera vez?

-Le diría que cómo tenga predisposición-factores que ni siquiera conoce- generará dependencia. Y lo que ahora le parece divertido, lo que ahora le hace sentir ese consumo: qué extrovertido soy, qué energía, qué gracioso soy dentro del grupo, soy el que más liga. todo eso, termina convirtiéndose en una gran mentira de la que, en ocasiones, es imposible salir. Es entonces cuando sólo hay tres finales: la muerte, el manicomio, la cárcel.

-Sabe, yo creo que hace falta más valor para asumir nuestras derrotas que para ganar la gloria olímpica.

-El fracaso me ha enseñado lo que el éxito no pudo enseñarme. El fracaso me ha enseñado a superarme en los momentos difíciles y a no dejar que esa sensación de derrota se instaure para siempre. Me ha convertido en un ser de vuelo superior -sin drogas- y que tengo la misión de ayudar a cuantas más personas mejor. Por un lado, a prevenir que se produzcan más casos de adicción y por otro, a ayudar a aquellos que, como yo, han enfermado.

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