Mujeres como Dios manda

El dominico y teólogo Emilio García Estébanez culpa a las Sagradas Escrituras de «defender y promover el mal de la violencia de género» en el libro 'Contra Eva'

JUAN LUIS TAPIA| GRANADA
Alberto Durero plasmó la escena del ofrecimiento de la manzana por parte de Eva a Adán./ IDEAL/
Alberto Durero plasmó la escena del ofrecimiento de la manzana por parte de Eva a Adán./ IDEAL

«La mujer debe estar sujeta a su marido»; «en el plan divino desde la creación, la mujer es inferior al hombre»; «la existencia del macho es natural, la de la hembra es accidental»; «ligera es toda maldad comparada con la maldad de la mujer». Estas y otras muchas frases han sido entresacadas de textos bíblicos en relación a la figura de las féminas por el teólogo Emilio García Estébanez, quien acaba de publicar 'Contra Eva' (Ed. Melusina).

La mujer bíblica, empezando por Eva, la esposa de Adán, aquella sacada de una de sus costillas, es la primera gran pecadora, el símbolo del mal y de la tentación. El relato del Génesis, la historia sobre cómo la mujer es la culpable de todos los males, de que no estemos disfrutando del Paraíso, es el que da la 'puntilla' al mundo femenino, un estereotipo cultural que se mantiene en algunos foros actuales, especialmente entre los antifeministas. En la historia de Adán y Eva hay tres argumentos que son destacados para nutrir toda teoría de misoginia. «El primero es sobre el conocimiento del bien y del mal, que les está prohibido; la mujer, no obstante, desea ese conocimiento y está dispuesta a conseguirlo desobedeciendo la prohibición divina», explica García Estébanez.

Los tres males

«El segundo es la mención de la desnudez como el primer mal que perciben al abrirse sus ojos, lo que desliza hacia el terreno de la sexualidad la índole del pecado cometido», indica también el teólogo. El tercero es el trato y familiaridad entre el demonio y Eva. «Según esta exposición, el conocimiento, el sexo y el demonio son los tres grandes enemigos del hombre, las tres fuentes de los males que asolan a la humanidad, y a los tres los vincula la antropología bíblica con la mujer», concluye el dominico.

San Pablo es el más activista represor de la mujer, quien excluye a las féminas de la participación activa en las asambleas de los fieles. «Recuerda, además, que el silencio de la mujer es también un castigo por haberse dejado seducir, seducción que es siempre posible de nuevo, por lo que hay que vigilarla estrechamente», dijo Pablo.

Aquello de 'calladita estás más guapa' también es defendido por los textos bíblicos y algunos de los apóstoles, entre ellos, una vez más, San Pablo, quien dijo: «Como en todas las iglesias de los santos, las mujeres cállense en las asambleas, porque no les toca a ellas hablar, sino vivir sujetas, como manda la Ley». Según el autor de 'Contra Eva', «el texto citado fundamenta la orden de que se callen en que la Ley manda que las mujeres estén sujetas a sus maridos». ¿Porqué el varón tiene autoridad sobre su mujer y ésta debe estarle sujeta? La razón que da San Pablo es porque el varón es imagen y gloria de Dios, mientras la mujer es la gloria del varón. Una vez más, y esa es la visión que refleja 'Contra Eva', «la mujer no es creada por razón de sí misma sino por razón del varón, para completarle en sus necesidades, de todo tipo, incluidas las psicológicas y físicas».

No son de fiar

Y tampoco deben ir sueltas por ahí, porque las mujeres deben estar vigiladas y ser castigadas. «A la mujer no se la puede dejar sola, el varón debe vigilarla estrechamente», porque la seducción de Eva no hubiera ocurrido si no se hubiera apartado de Adán y andado sola por el Paraíso. Una conclusión bíblica: las mujeres no son de fiar, porque Eva no guardó lealtad a Dios y tampoco a su marido.

En cuanto al matrimonio, lo pone bastante claro: «La sujeción de la mujer al marido es la materia o estado necesario de cosas para que el sacramento del matrimonio pueda cumplirse y ser eficaz, lo mismo que la enfermedad es la condición necesaria para que el sacramento de la extremaunción tenga sentido y eficacia».

Las mujeres deben llevar velo y en esta circunstancia insiste especialmente San Juan Crisóstomo, porque «la mujer es la gloria del varón, mientras que el varón es imagen y gloria de Dios», y esto significa, siempre según el apóstol, que la mujer está sujeta al varón y el velo es la señal de esa sujeción; con el velo sobre su cabeza, la mujer señaliza la autoridad del marido sobre ella. Por supuesto, nada de maquillajes y demás productos embellecedores para las mujeres, ya que «la ciencia de los afeites y adornos femeninos fue entregada a las mujeres por los ángeles malvados con el propósito de extraviar a los hombres, de ahí su prohibición».