«Cuando abrí la oficina de Buenos Aires se pensaban que era la secretaria»

Televisión Española manda a casa a la decana de los corresponsales en el extranjero: «Es una jubilación de lujo para comprar silencios»

OSKAR L. BELATEGUI
Rosa María Calaf descansa estos días junto a su familia en Barcelona. / VICENS GIMÉNEZ/
Rosa María Calaf descansa estos días junto a su familia en Barcelona. / VICENS GIMÉNEZ

Rosa María Calaf descansa estos días en Barcelona junto a su madre. Su casa de Tarragona -parafraseando a Hemingway- la tiene «para volver, no para estar». La decana de los corresponsales españoles en el extranjero dice adiós a su pesar después de 38 años en Televisión Española. Un expediente de regulación de empleo «que olvida que el periodismo no se maneja sólo con números» ha retirado a la responsable de corresponsalías en ocho países. Un huracán de rigor y credibilidad recién llegado de Mindanao, donde firmó su último reportaje. «He cedido los trastos en Pekín. No tengo ni móvil».

-¿Qué sintió cuando se apagó la cámara?

-Nada en especial. Lo notaré a partir de ahora, cuando me levante y no tenga nada que hacer por primera vez en mi vida. No iré al colegio, ni a la universidad, ni a la tele... Me hace gracia pensar que me tengo que organizar otra vida.

-¿Entiende por qué la jubilan?

-En absoluto. No estoy de acuerdo con la filosofía de este expediente de regulación de empleo (ERE). No por mí, que me falta muy poco para jubilarme de verdad -tengo 63 años y medio-, sino por compañeros de cincuenta y tantos a los que les queda mucho por hacer. Es una malversación de fondos públicos, porque se prescinde de la memoria y la experiencia. De acuerdo en que necesitábamos una reestructuración y que había que cambiar muchos usos y costumbres. Pero el criterio de enviar a casa a los mayores de 50 años...

-Son unos privilegiados: se van con el 80% del sueldo desde los 52 a los 65 años.

-De acuerdo, pero prefiero cobrar por trabajar, no por no trabajar. Las condiciones son muy buenas, probablemente para evitar protestas. Es una forma de comprar determinados silencios. Yo prefiero no tener una jubilación de lujo.

-Usted sale muy cara.

-La experiencia y el conocimiento no pueden pagarse igual que la juventud. Los vinos añejos son siempre más caros.

-¿Ha encontrado el calor de su empresa en la despedida?

-Sí. La actual dirección me ha tratado muy bien. Me repescó el año pasado para las Olimpiadas. Cuando envié esta última crónica, todos los del Telediario se pusieron al teléfono. Lo agradecí profundamente, aunque no conocía a ninguno de ellos. Ya no queda nadie de mi época. Me llamó el director de Informativos y el presidente me envió un correo. No me quejo; algún compañero sólo ha recibido un papel antes de irse.

-El corresponsal debe de sentirse solo...

-Sí. Nunca te enteras de lo que pasa en la empresa. TVE ha sido mi casa; hablar con los compañeros de Madrid era como hacerlo con la familia. Ahora las cosas son distintas, pero hace treinta años, cuando conseguías contactar por teléfono era un triunfo. No he trabajado en ningún otro sitio. Tengo esa sensación casi japonesa de lealtad a la empresa, como si fuera una prolongación de mí misma.

Adicta al trabajo

-¿Tiene la sensación de haberse ido a tiempo, tal como está la profesión? Regulaciones de empleo, precariedad laboral, depreciación social de la figura del periodista...

-Sí. Me ayuda a apreciar más el estar de salida. Es inquietante y descorazonador lo que está pasando con la profesión. Me voy en un momento en que las cosas no son como yo creo que deberían ser. Tengo el privilegio de haber vivido la etapa dorada del periodismo, y ahora quiero devolver lo que he recibido, quizás en la universidad. Vosotros los jóvenes lo tenéis difícil, pero es una profesión por la que merece la pena luchar.

-¿Ha sido una adicta al trabajo?

-No. Puedo parar y disfruto de otras cosas, aunque reconozco que hasta mi ocio está relacionado con mi trabajo: lecturas, viajes... Me es difícil delimitar dónde empieza mi vida y dónde mi trabajo. Disfruto tanto cenando con unos amigos como grabando en Filipinas.

-No me la imagino sentada en un parque leyendo el periódico.

-No sé estar parada. Bajaré el ritmo. Tengo muchísimas ofertas, pero algunas son incompatibles con el ERE. Quiero acabar con este ritmo estresante. No engañarme y ponerme doscientos compromisos para no darme cuenta de que ya no tengo nada que hacer.

-Seguirá viajando.

-Por supuesto. La desventaja de improvisar tu vida es que nunca apareces, siempre cancelas las citas; la ventaja, que tienes amigos por todo el mundo. Me apetece volver a Argentina, a Chile...

-¿Se acostumbra uno a jugarse el tipo?

-Nunca le he dado una importancia excesiva, porque forma parte del oficio. Es como el policía o el bombero, como cualquier profesión de riesgo. '¡Qué valiente!' 'No, si paso un miedo horrible'. Lo hago porque quiero. Me molesta que se ensalce a los periodistas cuando tienen problemas en conflictos. Lo intolerable es la situación de precariedad absoluta en la que trabajan compañeros. Hablo de responsabilidad empresarial, de seguros.

-Hay muchos Cousos por el mundo.

-Sí. Sufren unas condiciones tremendas porque creen que, o trabajan así, o no lo hacen.

-¿Dónde ha sentido más peligro?

-En los conflictos donde las fronteras y los frentes son difusos. En los últimos tiempos, por el afán de dar repercusión a cualquier cosa que le pasa a un reportero, éste se ha convertido en objetivo. El contendiente sabe que, si quiere llamar la atención, debe atacar a un periodista antes que a un cooperante. Lo de ser neutral ha desaparecido, ahora van a por ti.

-¿Por ejemplo?

-En Timor Oriental corrimos serio peligro hasta que nos evacuaron. Mataron a un compañero del 'Financial Times', pero podía haber sido cualquiera de nosotros. Ahora en Mindanao no he podido ir a ciertas zonas porque ponía en peligro a mis contactos. Ellos me dijeron que valíamos tanto dinero que existía un 99% de posibilidades de no salir de allí.

Con Paul Newman

-¿Ha sido una mujer en un mundo de hombres?

-Hace años. Ahora casi hay más mujeres que hombres. Recuerdo cuando abrí la oficina de Buenos Aires. Los proveedores esperaban al director, se pensaban que yo era la secretaria. Ser mujer no me ha impedido realizar mi trabajo, salvo casos puntuales en países islámicos. Aun así, me ponía el chador o hablaba a través de otra persona, como en el Irán de Jomeini.

-¿Es cierta esa imagen del corresponsal crápula, sin sentimientos?

-Hay que bajarse del mito. Sobre todo en televisión, donde trabajas un montón de horas. Pasamos miedo y nos afecta lo que vemos. A mí, cada vez me cuesta más soportar el dolor y la injusticia. Me doy cuenta de que llevo treinta años diciendo lo mismo. Las cosas no cambian, no aprendemos nada. Me cuesta no tomar partido en derechos humanos básicos. Tengo que distanciarme, porque antes de periodista soy persona. Hay fotógrafos que han acabado suicidándose porque no han aguantado tanto dolor e impotencia.

-No tiene hijos.

-Es una opción personal. No he renunciado a nada, nunca quise una familia tradicional con hijos. Tengo a mi madre, a mi hermano y a cinco o seis amigos buenos que, aunque no los vea en dos años, ahí están. Todas mis parejas han sido comprensivas, seguimos manteniendo una extraordinaria relación de amistad. Han sido personas alternativas, con las que acabé teniendo una relación casi inexistente en el espacio y en el tiempo. Y, claro, se daña el cariño. Es muy difícil encontrar a alguien que entienda este tipo de vida.

-La asociamos con conflictos armados, con dolor y miseria, pero también ha cubierto los Oscar.

-Siempre digo que soy corresponsal a secas y, a veces, estoy en la guerra. Me encanta la geopolítica, pero también disfruto de la frivolidad. Verme en la alfombra roja fue un sueño. Aprendes de la gente que vive permanentemente en la injusticia, porque la pobreza y la miseria no ocurren sólo después de una catástrofe. Me marca conocer a Xanana Gusmao, el líder de Timor, pero también a Paul Newman, ja, ja.

-Ha vivido la Historia en directo.

-Muchísimas veces. Sientes la incredulidad de verte allí, la fortuna de verlo en primera persona y la angustia de contarlo.

-¿Un recuerdo imborrable?

-El tsunami en Indonesia. He vivido terremotos y atentados, pero no de esas proporciones increíbles. Kilómetros de devastación, sin supervivientes... Fue espeluznante, tengo historias e imágenes imborrables, a cada cual más trágica. Y de difícil solución en el futuro. Porque en los conflictos tú te vas, pero ellos se quedan. El drama desaparece de la pantalla, no de la vida de las gentes. Y cuando regresas compruebas que no ha cambiado nada, que lo único que tenían, el tejido social, se ha roto.