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Genio y figura. Fortes sigue siendo tan indomable y rebelde como en sus años juveniles aunque con algunas canas más. /LUCÍA RIVAS
«Con García Montero sólo me he enfrentado por razones intelectuales»
josé antonio fortes, profesor de literatura de la ugr

«Con García Montero sólo me he enfrentado por razones intelectuales»

Vivo día a día luchando contra el servilismo intelectual", dice Fortes en sus primeras declaraciones, tras la condena a García Montero

VICTORIA FERNÁNDEZ |

Domingo, 7 de diciembre 2008, 14:03

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José Antonio Fortes, 59 años, profesor de Literatura Española en la Universidad de Granada, se ha convertido sin quererlo ni pretenderlo en un personaje público tras la denuncia por injurias presentada contra Luis García Montero y un fallo judicial que le da la razón. Otro David contra otro Goliat. Su nombre ha dejado de estar en el anonimato para muchos, aunque muy pocos lo conocen todavía. ¿Quién es este hombre, este profesor, este trabajador intelectual que se define a sí mismo como un comunista libertario, un marxista gramsciano, que alza su voz contra los intelectuales que se alinean con el poder?

«Fortes es un vitalista afirma un enamorado de la vida, enamorado de su trabajo, enamorado de su mujer y que empieza a vivir ahora y que, ahora, comienza a trabajar».

Me alegra volver a entrevistarlo después de 25 años aunque, entonces, hablábamos de narrativa y, hoy, de prosa jurídica.

A mí también me alegra, y mucho. Han sido unos años de fuertes cambios en la vida, de terribles retrocesos de mentalidad, de bruscos reposicionamientos colectivos, donde cada cual ha buscado su lugar al sol que más calienta. Algunos lo han conseguido con buena remuneración y no sólo económica, sino con lo que podría llamarse capital simbólico (prestigio, poderes, influencias), mientras que otros

¿Se ha llevado históricamente mal con Luis García Montero?

Yo no he tenido conciencia de eso. Sí he sabido que su pensamiento representaba para mí unas posiciones engañosas y contrarias, pero nunca nos hemos enfrentado por cuestiones personales, ni tan siquiera académicas, sino por razones intelectuales que atañen a posiciones de izquierdas.

Y dentro de ese debate de ideas, ¿qué les separan?

Sería muy largo de desarrollar, y aquí no creo que sea tampoco el lugar.

Entonces ¿ya nada es como era?

Así es. Lógicamente. ¡Ha habido tanto entreguismo, tantos saltos atrás, tantos fracasos! Comparando los años 70 y primeros 80 con los tiempos de hoy, el intelectual ha cedido sus posiciones y, bien sumiso, se ha plegado a los requerimientos del poder económico y político. ¡Y el que no se pliega, pues no sale en la foto y punto!

¿No lo dirá por usted, que es de naturaleza rebelde?

Por supuesto que no. Yo no salgo en ninguna foto. Yo vivo día a día luchando con mi pensamiento contra ese servilismo intelectual. Y no escribo, ni pienso ni hablo nada que no vaya encaminado a desnudar esa relación, a ponerla al descubierto. Aquí y ahora, no hay nadie famoso que no sirva al poder.

Por cierto, ¿qué poema de García Montero le gusta más?

Pues no lo sé, porque la poesía que hace no me interesa para nada.

¿Se ha sentido muy solo en este proceso?

No. Un comunista jamás está solo. Yo me he sentido completamente acompañado por un grupo de amigos, no de copas ni de prebendas, sino camaradas del pensamiento político y del pensamiento literario. Hemos formado lo que podríamos llamar un sujeto colectivo. Yo he sido el nombre que, por razones determinadas, ha salido a la palestra, pero nunca me he sentido yo individuo, sino una persona colectivamente unida a un grupo de gente incluso anónima, antiguos y auténticos alumnos, otros con nombre y apellidos que estaban conmigo, estábamos todos juntos.

Pues no lo parecía.

Pero ha existido. De no haber sido así, no habría podido sobrevivir al aniquilamiento por tierra, mar y aire al que me ha sometido el poder mediático de la prensa, la radio y la televisión, especialmente desde el grupo Prisa a través de El País y la cadena Cuatro. Pero no me han hundido porque tengo la fuerza de mis ideas sólidas y contrastadas, como las personas que están conmigo. Personas que han intervenido siempre con razones y nunca con el insulto, la injuria o la difamación.

Foros, declaraciones, artículos, manifiestos, adhesiones por Internet han creado estado de opinión sobre uno de los protagonistas (García Montero) pero no del otro (usted) a quien casi nadie conoce.

Bueno, esta campaña de manipulación y desprestigio ha sido y es totalmente lógica. Cuando se pone en marcha una maquinaria de poder, ésta cumple sus objetivos de clase y tritura al contrincante o incluso al contrario, a quien no esté alineado a su servicio. Y esto no es ni bueno ni malo. Es lógico, porque el sistema, su pensamiento único y sus agentes, no pueden permitir disfunciones ni rebeliones, ni disidencias ni posiciones contrarias, ni heterodoxias. Nada de nada.

¿Ha leído lo que dijo recientemente en Granada Manuel Chaves, presidente de la Junta de Andalucía, en un acto público?

La verdad es que no. ¿Qué dijo?

Esto: «No quisiera terminar esta intervención sin hacer una mención dirigida a un ciudadano ilustre de esta provincia, el profesor y poeta Luis García Montero. Respetando todas las decisiones judiciales, quisiera manifestar mi apoyo a su labor como profesor de Literatura y mi reconocimiento como gran poeta y literato. Personalmente comprendo su decisión de pedir la excedencia en su labor docente, pero también le animo a que piense que esta decisión supone a mi entender una pérdida de talento para la Universidad de Granada...».

¿...?

Creo que tal vez a don Manuel Chaves le falte conocimiento de los hechos. No saber de qué va la historia. Y no es culpa suya, claro, sino de las funciones que cumple. En cualquier caso y al margen de las personas, la relación poder político-poder intelectual es una relación de sumisión muy necesaria para el sistema capitalista, que nunca se puede producir cuando el intelectual se rebela, la transgrede o disiente. El sistema, a través de sus representantes políticos, culturales o sociales, da dinero y prestigio a aquellos intelectuales que les sirven y, a la inversa: el intelectual gana más gloria y fama cuanta más eficacia rinde su servicio al poder económico y político. Este servilismo es histórico y no exclusivo de la postmodernidad de finales de los 80, que ha dado tan buenos frutos ¡y los que nos espera!

¿Qué ha aprendido de los hechos en que se ha visto envuelto?

¿Sabe qué? Que me he vuelto mayor. Que he madurado. Que el silencio me ha hecho más sabio, más prudente, más radical, más fuerte, más contundente, más riguroso y más preciso. Creo que estoy en el mejor momento intelectual de mi vida. Nunca me he encontrado más lúcido y decidido. Ni más feliz.

Hablar sin saber

¿Tiene la sensación de haber sido machacado públicamente?

Si, claro. Sin embargo, a los pocos días de iniciarse la ceremonia de la confusión con el artículo en El País (octubre 2006), era todo tan grotesco, el juicio intelectual y político al que sometían, la manipulación, las injurias que, de inmediato, fui consciente de algo obvio: que la persona vituperada no era yo. Estaban hablando de un Fortes que yo no conocía. Ni yo había dicho las palabras que me atribuían, ni actuaba como decían, ni soy un dogmático, ni un sectario, ni un revisionista y yo me preguntaba: ¿Pero qué dicen? ¿de quién hablan? Hablaban de alguien que no era yo, para nada. Por tanto, en esa ajenidad que me producía el personaje al que estaban manipulando, yo me he sentido fuerte y seguro.

¿Se puede hablar de un antes y un después de estos hechos?

Por supuesto. Porque trasciende lo personal. Ha sido un acontecimiento muy positivo que pasará a la historia, porque ha puesto en cuestión el papel que tiene el intelectual en la sociedad de hoy.

¿La Universidad ha sido neutral en este asunto?

La verdad es que yo me he encontrado en la Universidad con grandes trabajadores intelectuales que han sabido ver dónde estaban las razones; otros, sin embargo, no las han visto. Pero me quedo con lo positivo. El posicionamiento de quienes ostentan en la actualidad el poder administrativo, es algo secundario para mí, porque la gestión administrativa del poder se recambia; hoy están unos y, mañana, otros. Lo que valen son las ideas y la creación de un espacio abierto universitario donde debatir, no donde insultar o manipular.

Ha pensado alguna vez en dejar las aulas universitarias?

Jamás. En la Universidad de Granada me he hecho como intelectual. Y la Universidad es lo que es hoy, gracias también a mi trabajo y al de otros muchos y magníficos profesores. No sólo hay uno y el resto, como algunos hemos llegado a saludarnos con ironía entre nosotros, «el mediocre profesor de esta mediocre Universidad saluda...». No. Pero, en fin, son los daños colaterales de esta guerra sucia que algunos han montado.

¿Un comunista libertario con grandes maestros de derechas?

¡Sí, claro! ¿Por qué no? Le puedo hablar de don Emilio Orozco o de don Antonio Gallego Morell. Ellos me enseñaron a valorar las fuentes de información en la investigación de la literatura.

¿Y también de izquierdas?

Por supuesto. En Granada, mi gran maestro todavía hoy es Juan Carlos Rodríguez, aunque como buen alumno que soy, puedo y debo disentir de él y opinar de manera distinta a la suya.

¿Le tientan los cargos?

No ¡qué va! Son puestos administrativos que no me dicen nada dentro de mis planteamientos intelectuales. En los años 70 pensábamos que el mundo podía transformarse y dirigí durante varios cursos el Aula de Narrativa de la Universidad de Granada. Pero comencé a perder energía intelectual al dedicarla a tareas administrativas y me quité de en medio.

¿Ha sentido alguna vez envidia del poder, la fama, el dinero?

En absoluto. Si no, estaría de promotor cultural o inmobiliario. No. Yo sólo quiero investigar, escribir y pensar de una manera radical y libre. Cómo ha de entenderse el trabajo intelectual: dudando, discutiendo, criticando, debatiendo, oponiéndonos al servilismo, no dejándome asimilar por el sistema ni venderme a él. Hay un verso de Javier Egea que nos dice: «Estoy solo / pero no me vendo». Hoy, en 2008, diríamos: No estoy solo y no me vendo. Somos muchos.

Dicen que todos tenemos un precio. ¿Cuál sería el suyo?

Ya lo he dicho. Yo no tengo precio y no me vendo por nada.

¿Qué va a hacer con los tres mil euros de la indemnización?

Pues, creo que comprar unas cortinas para la buhardilla donde trabajo y una alfombra para tener los pies calentitos. Y, por supuesto, invitarla a usted a este café.

¿Y a unas copas?

No, yo no, porque hace catorce años que no pruebo ni una gota de alcohol (hasta el olor de las sin me pone malo el cuerpo). La verdad es que dejar su ingesta, como la del café, fue un proceso de reordenación mental, de barrido de telarañas, un paso clave en mi vida para ser capaz de romper con las relaciones familiaristas que me ataban e iniciar una nueva etapa, fundamental para mí, en la que me encuentro, al lado de una mujer bonita a la que amo y que siempre va conmigo; codo con codo somos mucho más que dos.

¿Admira a alguien?

Sí, a todas las personas íntegras, que no se hayan vendido, que se mantengan vivos de pie y no de rodillas. Y a todos los que piensan.

Dice usted que no sabe lo que es ser marxista en un mundo como el actual, de capitalismo salvaje, pero sí sabe pensar en marxismo.

Así es. El marxismo me ha enseñado a pensar y a vivir a través de ese pensamiento, a ser antidogmático, desacralizante, a rebelarme contra cualquier principio de fe, a cuestionarlo todo, a dudar y dudar continuamente. Y nada más contrario al mundo capitalista, que no te deja existir si no acatas sus normas, si no cumples sus leyes de mercado, si no te transformas en mercancía.

Sin disciplina

Es curioso que nunca militara en ningún partido.

Nunca. En los años 70, en que la transformación de todo parecía posible, muchos empezamos nuestras relaciones con el Partido Comunista. Yo asistí a algunas reuniones y mítines; pero cuando comprobé la ineficacia de la dirección de los intelectuales en la organización de masas, la aporía de los mitineros intelectuales, llegué a la conclusión de que no podría encuadrarme en ninguna disciplina de partido.

¿Cómo interpreta la dimisión de Álvaro Salvador de la Academia de las Buenas de Letras de Granada?

No me importa para nada el asunto. Ellos se lo guisan, ellos se lo comen.

¿Hasta dónde llegará este culebrón?

Esto no ha sido ningún culebrón, sino un intento de aniquilar al contrario, al que piensa, al que disiente y cuestiona los integrismos intelectuales. Se han usado armas de destrucción masiva. Gracias que el sistema democrático todavía deja quiebras por donde escapar. Gracias que no estamos bajo una dictadura y todavía sobrevivimos.

mvfernandez@ideal.es

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