Un 19% de españoles tiene genes judíos

Un estudio científico refleja que los habitantes de la Península Ibérica conservan en su ADN el rastro de la presencia hebrea y musulmana

VIOLETA MOLINA| LONDRES
HUELLA. Sinagoga de Santa María de la Luz, en Toledo. / REUTERS/
HUELLA. Sinagoga de Santa María de la Luz, en Toledo. / REUTERS

El 19% de los habitantes de la Península Ibérica presenta características genéticas heredadas de ancestros judíos sefarditas, según un estudio en el que ha participado la unidad de Biología Evolutiva de la Universitat Pompeu Fabra (UPF), en colaboración con científicos de la Universidad de Leicester. La investigación fue publicada ayer en la revista 'American Journal of Human Genetics'.

La investigación revela que la convivencia, las migraciones, las conversiones y las invasiones que tuvieron lugar en la Península durante la Edad Media quedaron registradas en el genoma de sus habitantes, que ha ido pasando de generación en generación.

Gracias al mestizaje pacífico, pero también a los matrimonios entre conversos y la población cristiana en tiempos de intolerancia, la transmisión de los genes del cromosoma Y constituye una prueba de la diversidad que existió en la Península en el pasado. Para llegar a esta conclusión, los científicos, liderados por el británico Mark Jobling, llevaron a cabo un análisis del cromosoma Y -únicamente presente en los hombres- de 1.140 individuos de la Península Ibérica y las Islas Baleares.

La investigadora de la Unidad de Biología Evolutiva de la Universidad Pompeu Fabra Elena Bosch indicó que las muestras analizadas se compararon con las de judíos sefarditas y de individuos del norte de África, que tienen la ventaja de ser muy diferentes a las poblaciones receptoras originarias de la Península Ibérica, por lo que su distinción es sencilla. El equipo científico descubrió que el 19,8% de los hombres presentaba características genéticas atribuibles a los judíos sefarditas y un 10,6% a los norteafricanos.

La investigación se centró en el análisis del cromosoma Y porque no se recombina en la reproducción, lo que hace que sólo las mutaciones lo modifiquen, por lo que los científicos pueden determinar su orden de aparición.

Desde el siglo VIII

El doctor de la Pompeu Fabra Francesc Calafell apuntó que se estudiaron dos tipos de marcadores genéticos del cromosoma Y: unos muy estables que apenas varían cuando pasan de padres a hijos y otros, llamados microsatélites, que evolucionan mucho más rápido debido a mutaciones, que utilizaron como relojes.

Gracias a estos últimos, los investigadores llegaron a la conclusión de que los linajes norteafricanos empezaron a incluirse en el genoma de la población peninsular a partir del siglo VIII. Aunque los investigadores no son capaces de establecer el tiempo concreto en el que estos cromosomas entraron en las poblaciones ibéricas -por ejemplo, no pueden diferenciar entre las primeras oleadas musulmanas del siglo VIII y las posteriores invasiones de almohades y almorávides-, sí pudieron descartar que el ADN africano encontrado fuera originario de los cromagnones que llegaron por Gibraltar durante la prehistoria.

Calafell indicó que la herencia genética del cromosoma Y no es visible, ya que dicho cromosoma contiene muy poca información y los marcadores estudiados no determinan ninguna diferencia en el físico de los humanos. Para el científico catalán, la importancia de esta investigación, que comenzó en el año 2000, reside en la constatación de que la historia peninsular está recogida en los genes de sus habitantes.

Además, los científicos encontraron hallazgos sorprendentes, como que la presencia de genes norteafricanos es mayor en la mitad occidental -León, Valladolid, Ávila, por ejemplo- de la Península que en la oriental - como en Granada-. Esto no concuerda con la distribución geográfica que esperaban por la colonización a partir del 711 ni por la expulsión en el siglo XV, por lo que lo atribuyen a un alto nivel de conversión religiosa, forzosa o voluntaria, que en última instancia condujo a la integración de sus descendientes. Calafell también apunta a las deportaciones de moriscos desde las Alpujarras granadinas a ciudades de Castilla y León en el siglo XVI. Al final, la genética no sólo resultará efectiva para comprender y curar enfermedades, sino también para descubrir los orígenes y rescatar partes perdidas de la Historia.